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Zooterapia: Animales que curan

Una terapia útil para pacientes con las más diversas patologías. Los caballos ayudan a movilizarse; los perros se conectan eficazmente con personas autistas.

Por Natalia Arenas
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zooterapia
El uso de masco­tas como ayu­da terapéutica nació en 1792 en Inglaterra, para tratar a enfermos mentales. En 1867 ya se utilizaban ani­males de compañía en el tratamiento de epilépticos en Alemania. Y en el siglo XX, la Cruz Roja organi­zó, en el Centro para Con­valecientes de la Fuerza Aérea de Nueva York, un programa terapéutico de rehabilitación de los avia­dores con animales.

Equinoterapia, cani­noterapia y delfinoterapia son algunas de las modali­dades de estos tratamien­tos, que tienen como ob­jetivo mejorar la calidad emocional y la seguridad en pacientes que por al­gún motivo perdieron esas motivaciones.

Los animales se utilizan tan­to en pacientes que tienen pato­logías temporales, como en dis­capacitados motores, mentales y sensoriales.

Historias en cuatro patas

“Yo tiraría abajo el obelisco y haría un monumento al caba­llo”, dice María de los Ángeles Kalbermatter, la fundadora de la Asociación Argentina De Activi­dades Ecuestres para Discapaci­tados (Aaaepad), que funciona en el Hipódromo de Palermo.

Desde chica, María fue una loca por los caballos. Siempre pedía uno para su cumpleaños y para las fiestas de Reyes y de Navidad. Pero su familia no te­nía los recursos económicos para comprarlo. Pero el destino o la casualidad (o Dios, según su propia creencia) quiso que, años más adelante, los equinos fue­ran su vida.

De joven, a María le amputa­ron una pierna, por un cáncer en el líquido sinovial. Lejos de que­darse tirada en una cama, María tomó su discapacidad como he­rramienta no sólo para salir ade­lante sino para ayudar a otros. Comenzó a leer e informarse so­bre equinoterapia y, después de haber pasado por una escuela municipal de equitación, decidió fundar su propia asociación.

“Como el caballo camina en diagonales, cuando el jine­te –sea consciente o no, ten­ga o no las piernas– está arriba del caballo, se va a mover de un lado a otro”, explica. El caballo permite hacer “movimientos tri­dimensionales que ningún apa­rato kinésico puede reproducir y son los mismos que realizamos nosotros cuando caminamos. Aunque la persona no cami­ne, pone en funcionamiento su musculatura como si lo hiciera, mejora el equilibrio, la coordina­ción y fortalece sus músculos”, detalla.

Para María, la importancia de la equinoterapia reside, ade­más en una cuestión más pro­funda: “Más allá de que pueden mejorar, vos ponete en el lugar de una criatura que no camina ni va a caminar jamás… son las piernas que la naturaleza no le dio”, expresa.

La Asociación que preside se fundó en 1978 y trabaja con un equipo interdisciplinario, de psi­cólogos, kinesiólogos y terapeu­tas.

Durante 17 años, en el Par­que Julio A. Roca, de Villa Sol­dati, funcionó un servicio de Zooterapia que pertenecía al Gobierno porteño. En 2010, sin embargo, el gobierno de Mauri­cio Macri decidió cerrarlo. Unos 500 niños discapacitados neu­rológicos, motores, sensitivos y sensoriales, adolescentes, adul­tos, niños oncológicos termina­les, adolescentes presos, drogo­dependientes, chicos y adultos de los sectores más pobres que­daron abruptamente sin trata­miento.

Parte de ese equipo se insta­ló en el Cotolengo Don Orione (en Claypole, zona sur del Gran Buenos Aires). “Utilizamos zoo­terapia para los pacientes más complejos o con muchas pro­blemáticas, para quienes las te­rapias convencionales no son efectivas”, detalla Fernando Montero, psicopedagogo de la institución.

En el Don Orione, la modali­dad implementada es con perros adiestrados: son labradores gol­den y terranovas. Trabajan des­de lo conductual y lo emocional con pacientes con retrasos men­tales graves y con autistas.

“Lo que se da es una co­nexión increíble de los pacientes con el perro”, destaca Montero.

El psicopedadogo afirma que hay una fundamentación neu­ropsicológica que explica por qué los seres humanos se co­nectan (mejor) con los caninos. “Hay una conexión más primi­tiva del ser humano que se co­necta con la parte más instintiva del animal”, sintetiza, y ensegui­da aclara: “La verdad es que uno los ve y no hay demasiada ex­plicación científica, es sorpren­dente como con una mirada se conectan rápidamente con el animal”.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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