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Yo no me quiero casar, ¿y usted?

Vera Killer se hartó de los que se hacen los que no quieren compromiso cuando lo único que hacen es pedir más atención y cuidados. Basta de fobias, histerias, incertezas, ambigüedades y blás.

Por Vera Killer
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Mi amiga L., reina y figura de la noche porteña (y también de la tarde y la mañana), siempre dice: «Yo no quiero un esposo, busco un sponsor». Y nos reímos a carcajadas. Porque aunque suena algo mezquino en apariencia, el chiste tiene su costado amargo. A esta altura, muchos varones siguen creyendo que nosotras queremos casarnos, cazarlos, y entonces huyen despavoridos antes de disfrutar de los lindos revolcones que en realidad estamos buscando.

¿Pero quién se creen que son, chirusos de séptima? Somos nosotras, mayormente, las que no los queremos de maridos. En general son un problema, quejosos, mugrosos, inseguros, competivivos. Toda esa horrorabilidad sale en el proceso de la confianza, y no siempre tenemos ganas de llegar a eso con culaquiera. Sí deseamos un sponsor, claro, y mayormente en revolcones, en mi caso. Pero es como si no quisieran creerlo. ¿Por qué? ¿Se creen mil? Una pareja, un esposo, es un compromiso enorme, a larguísimo plazo, con muchísimo esfuerzo. Un sponsor, en cambio… Oh, no, eso es otra cosa. Y puede ser divertida. Si se relajaran.

El chico con el que no estoy saliendo a veces se porta como un nenito. Ésa es la razón número uno por la cual es el chico con el que NO estoy saliendo. Aunque, claro, algo hacemos. Lo suficiente como para que encuentre modos de torturarme un poco cuando yo, lo único que quiero, es su sponsoreo sexual. Que forniquemos un poco, así hasta agotarnos, y después cada cual a lo suyo.

Acá un ejemplo de su pavada. El otro día me llamó para decirme que tenía un regalo para mí, pero que no iba a poder dármelo porque, y esto lo comenta como al paso, había ido a la guardia por un fuerte dolor de estómago. Yo, chorlita, caigo y le pregunto cómo está, qué dijo el médico, blá. Él, araña que teje, me dice que le recomendaron realizarse unos análisis mientras seguía una dieta, pero que no planea hacerle caso a los profesionales, que está seguro de que se le va a pasar todo con la fuerza de su mente y la decisión de estar bien.

Me preocupo, claro, porque no soy un monstruo. Le digo que no está bien desoír instrucciones médicas y un parloteo que, obvio, en el medio de estar diciendolo me doy cuenta de que soy la mosca en la red. Me cazó, me hizo portarme como una esposa. Maldito. Y entonces él, para colmo, comienza a portarse como un niño. “Me estás retando, no me gusta que me reten, no te hablo más”, dijo. Juro por todas mis hebillas que lo dijo. Incluso pude visualizarlo haciendo pucherito y tirando una patadita al piso.

¿Qué espera ese muchacho? ¿Qué lo busque, que le lleve una sopa, que lo obligue con cariño a ir al médico, que deje de ser su amante y me porte como una madre del siglo XIX? ¿Cuándo hizo él algo así por mí? ¿Acaso le he pedido alguna vez que hiciera algo así por mí? La pregunta más general, en realidad, es: ¿qué pasa que cuando nos relacionamos con alguien sexualmente comienzan a aparecer susceptibilidades ridículas que nunca antes habían estado ahí? Pero en realidad, hilando apenas más fino, la gran duda debería ser: ¿Decir algo que preocupe al otro para después sentirse molesto por esa preocupación es un nuevo tipo de histeria? ¿De esa forma nos estamos seduciendo? Puf.

Las personas grandes que se portan como niños nos acercan al infierno. Las cosas, entre dos adultos, tienen que ser fáciles. Sí o no. Blanco o negro. Sin grises. Lo que no se dice directamente se transforma en un enredo. Se ofende, me ofendo, lo ofendo, me ofende. Basta de chiquilinadas. Porque los niños, si no son hijos, son aterradores. Como Damien (el pequeño anticristo) o El bebé de Rosemary (y el diablo). Sean sponsors, háganle caso a la gran L.

DZ/dp

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