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Vivir en la calle, una historia de desamparo y solidaridad

El primer día es inolvidable: después se aprende donde comer o bañarse. Cualquier cosa menos ir a un parador, que es como “una comisaría o peor”.

Por Alejandra Hayon
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Cristian Cabral tiene 35 años y una voz suave y pausada. Sonríe seguido, no quiere fotos pero recordar no le molesta. Cada jueves a las nueve de la noche se acerca a la puerta del hospital Ramos Mejía –Urquiza al 600– porque ése es el punto de partida de Sumar Solidario. Es voluntario de esa organización que recorre la ciudad para repartir comida caliente, bebidas y otras donaciones a personas que viven en la calle.

Allí están Carlos, Víctor, María Ester con sus hijas, Belén y Agustina; algunos con sus colchones y mantas preparados para enfrentar otra noche fría a la intemperie y otros que se acercan únicamente para comer algo porque ya tienen lugar en donde dormir.

Hace algunos años, a Cristian le tocó estar del otro lado, el de la calle. “Ese primer día no me lo olvido más, fue mi primer día sin nada”, recuerda. Fueron tres largos años en donde aprendió lo bueno y lo malo de la calle hasta conseguir y sostener con muchísima ayuda un trabajo de bachero en un restaurante.

A fines de 2010, Cristian vino a la ciudad con algunos ahorros y con la esperanza de conseguir algo nuevo para empezar de cero. Si bien sabía lo que era pasar necesidades porque toda su vida había vivido en una villa de La Matanza, nunca se imaginó lo que era la calle. “La primera noche me recosté en un banco sobre la 9 de Julio y me robaron todo. Cómo iba a pensar que estar frente al Obelisco, en plena avenida, podía ser peligroso. Con el tiempo aprendés dónde se puede dormir y dónde no”, dice Cristian.

Ese primer día fue, además, su primer día sin comer y su primer día de caminar sin rumbo. Tres días más tarde llegó a la plaza del Congreso –no recuerda cómo– y un grupo de personas le acercó algo de comida. “El primer bocado después de días sin comer duele mucho, te raspa la garganta y no le sentís el gusto. Te desesperás porque querés comer todo pero no podés moverte.”

Ahí conoció a un grupo de chicos que paraba por el Congreso de la Nación desde hacía tiempo y le ofrecieron sumarse a ellos. “Cuando vivís en la calle tenés que tomar la decisión de estar solo o estar en grupo. Si estás solo te las arreglás solo, nadie se va a meter. Si estás en grupo, el problema de otro también es tu problema. Yo tomé la decisión de estar acompañado. En ese momento me sumé al grupo que mandaba y al que todos querían enfrentar”, cuenta Cristian.

Con el tiempo fue descubriendo lo que él llama “el circuito de la calle”. Lugares en donde desayunar, otros para almorzar y otros para comer a la noche. También fue conociendo dónde podía ir a buscar ropa limpia y cómo podía hacer para bañarse. Todo un mundo de organizaciones, parroquias, comedores y merenderos. “Las canchas de fútbol o clubes de barrio son un buen lugar para usar los vestuarios, hay que mezclarse entre el grupo de gente que entra y después te bañás tranquilo”, se ríe.

El verano se hace más llevadero pero las bajas temperaturas del invierno hacen de la calle un lugar más cruel. Cristian recuerda una noche de julio de 2011, la temperatura era bajo cero y diluviaba como nunca. Alguien le dijo del 108 –la línea gratuita de atención social del Gobierno– y llamó. La camioneta del programa Buenos Aires Presente (BAP) tardó varias horas en llegar y cuando lo hizo le ofreció llevarlo a un parador.

No me arruines la frazada
La mayoría de las personas que están en la calle no quiere ir a los paradores. “Dormir en un parador es como dormir en la comisaría o peor. En los paradores hay mucha droga, te roban todo, te pueden lastimar. Yo no voy a entregar mi vida a los 52 años que tengo”, dice Carlos, que vive en la calle hace más de un año y también se acercó a la recorrida de Sumar Solidario para comer algo caliente.

La única manera de ir a un parador después de las ocho de la noche –cuando cierran las puertas para el ingreso voluntario– es con una derivación del BAP. “Apenas llegás al parador te dan un número y te mandan a ducharte. También te dan una toalla, un juego de sábanas y una frazada. Como yo sólo tenía lo puesto y estaba empapado no me dieron sábanas ni frazada porque me dijeron que las iba a arruinar. Esa noche dormí todo mojado sobre el plástico protector del colchón y sin nada para taparme”, recuerda Cristián de su experiencia en el parador.
Además de los traslados en la noche, están quienes ingresan de manera voluntaria a los paradores a partir de las seis de la tarde. Si lo hacen a diario se les asigna una cama fija y se convierten en habitués. El rechazo generalizado a los paradores, cuentan, tiene que ver con este grupo: los que mandan en el lugar.

“Si sos habitué del parador podés llegar borracho o drogado y entrar y salir las veces que quieras durante la noche mientras que el resto lo tiene prohibido. El parador tiene la misma lógica que la calle, nada más que al interior de cuatro paredes. El grupo que manda impone sus reglas y si bien en el ingreso te revisan para que no entres con nada inflamable ni cortante, casualmente los habitués siempre tienen navajas”, explica Cristian. Con el tiempo descubrió que Puerto Madero es el lugar más tranquilo para dormir una noche entera.

“La calle es lo más bajo que puede caer una persona. No sólo es muy triste y difícil estar en la calle, también es muy peligroso. La cantidad de chicos robados que hay es impresionante”, denuncia Paula Martín, directora de Sumar Solidario. Martín cuenta que las autoridades porteñas no dejan dormir a nadie en plazas ni permiten que armen ranchadas. Cuando detectan que alguien se instaló en una esquina o parque con sus cosas, Espacio Público, la Policía Metropolitana y la empresa de limpieza Cliba se encargan de desarmar el refugio –tal vez son sólo algunas frazadas, cartones y un náilon– y tirar todo a la basura. “Lo hacen a la madrugada cuando nadie ve. La policía te despierta, te saca y te dice que sólo agarres los documentos. Los de espacio público barren todo hacia el cordón y Cliba tira todo a la basura. Si podés pelear un poco tal vez te dejan rescatar las zapatillas”, agrega Cristian.

En esa misma puerta de la biblioteca del Congreso donde hoy Cristian se acerca para dar una mano, conoció a Paula y a tantos otros voluntarios de muchas organizaciones. Ellos lo ayudaron a conseguir su primer trabajo y a sostenerlo. “Es muy duro salir de trabajar y volver a la calle para dormir. Pude hacerlo porque no me dejaron solo”. Desde ese empujón inicial como bachero pasó por muchos puestos adentro de la cocina, siempre en el rubro gastronómico. Hoy es parrillero de un restaurante, alquila un cuarto en una pensión y recuperó el contacto con su familia.

Para colaborar con Sumar Solidario:

sumar solidario

DZ/ah

 

Fuente Redacción Z
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