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TEMAS DE LA SEMANA

Mercados municipales: viejos locales, rubros nuevos

Los antecesores de los supermercados sobreviven en distintos barrios. Algunos mantienen su clientela  tradicional de alimentos, en otros, los comerciantes diversificaron su oferta para subsistir.

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el progreso

Piden fiado y se enojan cuando les quiero cobrar”, dice, medio en broma, medio en serio, un puestero del mercado 5 Esquinas del más que coqueto Barrio Norte porteño. ¿Piden fiado, acá? “No sabés cómo”, asegura el vendedor. Entre chismes y productos frescos, el mercado se fue haciendo parte insustituible del barrio, tal como pasó con los otros de Buenos Aires. Tuvieron su gran explosión en los años 40 y 50 y desde fines de la década de 1980 comenzaron a decaer.

¿Por qué murieron los que murieron? “En la época de Menem la gente empezó a utilizar los supermercados cada vez más. Además, tal vez los puesteros no supieron encontrarle la vuelta a lo que pedía el público. Y no hay que olvidarse del tema precio: los grandes súper podían conseguir mejor precio por cantidad. Una pena”, analiza Julio Emir Kader, peluquero y presidente del consejo de administración de (lo que queda) del Mercado Uriarte de Palermo.

Y lo cierto es que no todo eran rosas en los mercados comunitarios, municipales o barriales. Más bien todo lo contrario. “Yo me acuerdo que el mercado Cristal tenía un olor espantoso”, dice Pilar, vecina de Pompeya, a quien de chica la llevaban de compras al enorme local de la avenida Sáenz y Perito Moreno, hoy un shopping de puertas abiertas y escaleras mecánicas que llegan a la vereda.

Sea por esa falta de salubridad o cambios en las costumbres, muchos terminaron transformados en garajes, canchas de fútbol 5 o fueron demolidos. La gente del centro recordará el Mercado Nuevo Modelo (hoy complejo La Plaza) de Paraná y Sarmiento; la de Congreso, el viejo mercado de Hipólito Yrigoyen y Virrey Ceballos, donde ahora está La Caja; y el de Parque Patricios (Cachi al 100), que actualmente es una escuela pública.

Un (triste) ejemplo de los que quedaron en pie pero “transformados” es el Mercado Inclán (Inclán, casi Virrey Liners), del bajo Boedo, ahora vuelto garaje. “Hace como veinte años o más que desapareció. Fue una gran pena”, dice Nilda, vecina de enfrente. “Lo mejor del lugar es que había de todo –recuerda– . Pescados, frutas, lo que quisieras. Mucha variedad y calidad. Yo iba desde que tenía 14 años. Es parte de mi historia y de la de mi familia que se perdió”. Nilda señala que son varios los mercados del barrio que fueron desapareciendo con el tiempo: “Ahora la gente prefiere ir a los supermercados. Y eso es un error. Las cosas no son frescas como eran, por ejemplo, en el Inclán”.

Algunos incluso quedaron completamente en el olvido, por lo menos para las nuevas generaciones. Eso parece haber pasado en Almagro con el Mercado Boedo, (Boedo 33). Miguel Ángel, quien atiende uno de los cinco locales que están desplegados donde antes se encontraba la entrada al mercado, dice que “sólo los vecinos viejos a lo mejor se acuerdan de lo que funcionaba acá. A veces pasa gente y le saca fotos a la cúpula. Se quedan un rato enfrente mirando”. Y así es: todo lo que queda del viejo mercado es una cúpula con la leyenda “Mercado Boedo”. El resto es una cancha de fútbol techada y un puñado de locales. Fabio, encargado de la cancha, dice que cuando llegó, hace más de quince años, del mercado ya no quedaba nada: “Vine y esto ya era una canchita. Algunos dicen que cerró a principios de los ochenta”, explica mientras acomoda unos papeles sin ninguna nostalgia.

Otros se transformaron pero continuaron en el rubro. Es el caso de “El Mercado” de Vicente López y Rodríguez Peña. Adentro es un súper y el frente está subdividido en locales. Rodolfo, vecino, y ex cliente, señala que “éste era un hermoso lugar. Vendía todas cosas de primera calidad, de acuerdo a la exigencia de esta zona. Hace como veinte años que se transformó en esto. Por suerte, mantuvieron la fachada. Es lindo pero ya no es lo que era”. Otro caso similar es el del actual súper de French al 2400, Recoleta. “Hace como veinte años que ya no está más”, recuerda Irma, una vecina. “Yo venía a comprar, aunque a lo último ya no estaba tan bien, lo habían dejado caer”.

LOS QUE RESISTEN

Lo cierto es que pocos se salvaron de la decadencia final. Quizá la lealtad de los clientes, los bajos precios o la atención fueron las claves para que resistieran. Uno de ellos es el Mercado San Cristóbal de Independencia y Entre Ríos, fundado en 1945. Hay de todo; carnicerías, pollerías, fiambrerías, un taller de herrería, uno de manicura hasta una especie de casa de antigüedades. “Antes eran sólo lugares que vendían alimentos, pero desde hace unos años hay más cosas de feria americana, hasta te dan masajes con electrodos”, explica Julio, uno de los clientes que recorre el lugar cada mañana. Del esplendor pasado, queda poco. El primer piso (en una época lleno de locales) hoy está cerrado. Muchos puestos tienen todavía los mostradores de mármol y las cámaras frigoríficas de madera, muy bien cuidadas.

En el centro geográfico del mercado se ubica la pollería atendida por Alberto. El hombre está empanando milanesas a la vista de su público, en este caso integrado por tres clientes. “Esto es lo bueno del lugar –explica–. Acá conocemos a la gente y ellos ven el trabajo. Yo hace cuarenta años que estoy acá. Tengo dos metros de raíz.” Blanca –jubilada, en una época también puestera–  señala que “atienden muy bien y la calidad es excelente”. Alberto bromea: “Todos los clientes son a– morosos”.

Hay historias similares en los otros mercados, más allá del barrio. El Mercado San Nicolás de Córdoba al 1750 (casi Callao), por ejemplo, se mantiene con unos puestos de verdulería, una pescadería y carnicerías. Hugo dice que viene al lugar desde hace más de treinta años. “Me acuerdo que Tita Merello, vecina de la zona, era una de las clientas”, dice. En la verdulería hay alrededor de diez personas esperando. Mirna, una del grupo, señala que comprar en el San Nicolás es una tradición de cuarenta años. “Siempre vengo. Es una lástima que anularon la salida a Viamonte. Fue hace tres o cuatro años. No todo es maravilloso pero está muy bien, sobre todo la carnicería.”

TRATO FAMILIAR

Bien lejos de cualquier decadencia, hay unos pocos que no sólo resisten sino que florecen. Uno de ellos es el Mercado del Progreso que se levanta en la esquina de Rivadavia y Del Barco Centenera, cerca de la estación Primera Junta en Caballito. Traspasar su puerta es entrar en un mundo viejo, pero limpio, luminoso, brillante.

El lugar está manejado por una agrupación de más de noventa accionistas, muchos de los cuales tienen la propiedad de los locales. José, dueño de la carnicería ubicada apenas se entra por Centenera, explica que la clientela se mantiene sobre todo por la calidad y la atención personalizada. “Esto no es un supermercado. Acá le ves la cara a la gente. Hay un trato familiar”. Y tal cual lo dice José todos parecen conocerse, los puesteros y los clientes. Matilde, vecina de la cercana Villa Luro, tal vez sea una de las excepciones. “Esta es mi primera vez acá. Vine porque me lo recomendaron. Me dijeron que te preparan unas milanesas fabulosas.”

Entre los puesteros, muchos acostumbrados a notas y entrevistas (lo antiguo se puso de moda hace ya varios años), señalan que una de las razones para que el lugar siga en pie es la llegada de una nueva clientela: “Acá vienen las señoras que hacen las compras pero también hay juventud. Chicas y chicos a los que les interesa la comida gourmet, saben que acá encuentran de todo y con la mejor calidad”, explica José.

Otro de los que siguen con la gloria de los viejos tiempos es el Mercado de San Telmo. Claro que transformado, más turístico. Es una mezcla de los viejos mercados a los que los vecinos van a hacer las compras diarias y un refugio de antigüedades, souvenirs y objetos dedicados a los paseantes del barrio. Entre los clientes hay muchos turistas, que suelen tomar un café en el barcito que queda en el centro. “Me parece encantador. La arquitectura es muy bella”, dice Gabriel, un español acompañado por su primo argentino. El enorme edificio construido en 1897 es el más grande de los que aún resisten.

El Mercado de San Telmo –como el Del Progreso–  son las dos excepciones de un tipo de negocio que parece tener sus días contados. Sin embargo, Kader, del Uriarte, abre una esperanza: “Yo creo que estos establecimientos van a reflotarse. Hoy en día se está empezando a dar más valor a las cosas básicas de la vida y un mercado es algo así. La gente conoce a quien le vende. Sabe de su vida. Este trato humano es fundamental. Lo que se necesita es apoyo oficial. Ofreciendo calidad y servicios la gente va a volver. Todos los que estamos acá queremos que así sea”. Por lo pronto, en el Uriarte sólo quedan algunos locales a la calle y su interior transformado en un depósito a la espera de tiempos mejores. Con tal de volver a ganar clientes, entre los puesteros hay ganas de volver a fiar.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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