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TEMAS DE LA SEMANA

Victoria Morán, tangos como niños olvidados

Una cantora luminosa con un repertorio alejado de los temas más trajinados.

Por Diego Manso
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moran

Ya pasaron dos décadas desde que Victoria Morán irrumpió en la escena tanguera. Su nuevo disco, Por el camino, llega quince años después de aquel de su debut, tiempo suficiente para apreciar el crecimiento de una de las personalidades más luminosas que ha dado el género en la última época. Gardeliana por elección y, por lo tanto, heredera directa de la gran Nelly Omar, su repertorio actualiza el rótulo de “cantora nacional” en tiempos de devaneos for export y obviedad interpretativa. Tanto merece Victoria ocupar un lugar central entre las cantantes de hoy, que por fin, a fuerza de trabajo e independencia, los astros parecen alinearse a su favor. En octubre se estrenará en el Malba un documental de Juan Villegas que rescata su figura, mientras sus presentaciones en Los Chisperos (Carlos Calvo 240) concitan cada vez más interés. No hay que hacer otra cosa que escucharla para entender cómo Victoria trasunta en su voz lo hondo de la cultura popular a este lado del Sur.

¿Cuál es el origen de tu vocación?
Mis viejos cantaban juntos a dúo. Mi viejo es cantor y guitarrero, toca todos los fines de semana en algún lugar, mi hermana canta en un coro gospel y mi tía canta boleros. El bichito de la música siempre estuvo presente, pero sólo yo me dedico de manera profesional. Los primeros lugares en los que cantó mi papá son también los primeros en los que canté yo, las fiestas patronales de San Gabriel, en el barrio de Villa Mitre, en Berazategui. Tengo un origen más de peña y del paño del folklore.

¿Y el tango cómo te llega?
Por mis abuelos, sobre todo por mi abuela Victoria, de quien tomé el nombre para cantar. Ella murió a mis 17 y al año siguiente yo participé en un certamen de solistas en Villa Urquiza. Ahí me exigían un seudónimo. Pensamos mucho con mi vieja qué nombre ponerme, así que tomé el de mi abuela y el apellido del personaje de Ángela Molina en Las cosas del querer, que era “la Pepa Morán”. Es un homenaje a esa raíz española lejana que hay en mi familia. Ésa fue una etapa de mucha inconsciencia, casi como un juego. Eso me dio una cierta naturalidad y sencillez, porque era una piba y nunca intenté ser otra cosa. Era una señora grande que cantaba “Vamos, vamos, zaino viejo”, pero en el cuerpo de una piba.

Pero rompiste con la raíz folklórica.
Empecé a estudiar piano a los 14 años porque en mi casa había una guitarra. Creo que había algo de rebelde, quería contradecir. Descubrí a Gardel escuchando a Larrea, en el campo donde pasaba las vacaciones con mis abuelos. Había un combinado Ken Brown donde mi abuelo ponía discos y la radio todo el día. Si tengo que decirte por qué el tango y no el folklore, más allá de esa rebeldía, es porque era tan feliz en esas vacaciones, me sentía tan libre en el campo. El tema está ligado a un recuerdo feliz.

¿Eso sigue así?
Ahora apareció la melancolía en muchas cosas; cuanto más pasa el tiempo aparece la evocación y eso no siempre es alegría. Aunque ahora no soy melancólica, cuando empecé era una adolescente de manual.

Vos entrás al tango por la puerta que hay que entrar, que es Gardel.
Primero Gardel, después Nelly Omar y luego Ignacio Corsini, que me partió la cabeza. Descubro a Nelly por el programa de Dolina. Ahí pasan el vals “Parece mentira” (Manzi y Canaro), me siento en la cama y digo: “¿qué es esto?”. Entendí que en Nelly había un repertorio que me caía como anillo al dedo. Imaginate que yo no tenía una base de tango, no sabía qué era conocido y qué no, podía incluso ver “Malena” (Manzi y Demare) como un hallazgo.

Eso está buenísimo.
Tenía años de Grandes valores encima. Como cantaban siempre lo mismo, sabía que había unos veinte tangos y nada más que esos. En cambio, cuando escuchaba los casetes de Nelly o Corsini, esos tangos no estaban y empecé a quedarme con ellos. Era muy ortodoxa cuando era piba.

A lo mejor era al revés de ortodoxa. Grandes valores son los cantantes alambicados, orquestaciones muy marcadas…
Sí. El tango puesto al servicio del show, mucho brillo y gomina, composiciones de dudosa poesía, dudosa música y una puesta en escena patética. Yo nunca hice nada que no me gustara.

¿Cómo describirías Por el camino, tu nuevo disco?
Es un proyecto a pulmón, independiente. Estuvimos con mi marido en la producción y resultó un hijo para nosotros. Fue un proceso largo, muy gratificante. Pasaron quince años sin grabar y hubo mucho repertorio que descartar. Por ejemplo, “Pobre corazón” (González Castillo y Bahr) es un tango que tiene una sola grabación antes que la mía, del Trío Irusta Fugazzot Demare. Yo siento que tengo una misión en la vida, siento que rescato a los tangos como si fuesen niños olvidados.

DZ/sc

 

Fuente Redacción Z
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