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Urbanismo: El monasterio amenazado

Data de 1745 y la construcción de una torre lindera afectará su estructura.

Por mercedes-solis
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Afuera es caos, es ruido, es el tránsito de autos y colectivos sobre la avenida Córdoba, y el de los peatones sobre Florida, y el de las bolsas y sus dueños que van y vienen por las Galerías Pacífico. Es, en resumen, el microcentro porteño en pleno funcionamiento. Adentro, en cambio, hay silencio, hay cierta lentitud que apacigua, y hasta un poco de verde en medio de tanto gris urbano.
Se trata del Monasterio de Santa Catalina, en la esquina de Viamonte y San Martín. Basta con pasar frente a la puerta de la iglesia que forma parte del mismo complejo e ingresar en el patio central, meollo de los claustros que fueron habitados hasta la década del 70 por monjas, para que el clima se enrarezca, se vuelva amable, invite a que la jornada de idas y venidas por el centro se suspenda por un rato.
Santa Catalina es una de las edificaciones coloniales más antiguas de Buenos Aires: se inauguró en 1745 y funcionó como el primer monasterio de monjas de la ciudad. De la presencia de las religiosas se desprende el nombre que bautizó a la zona: Las Catalinas. Y fue el arquitecto jesuita italiano Andrea Bianchi, a cargo también de la fachada del Cabildo, quien lo diseñó. Muchos años más tarde, en 1910, el también reconocido arquitecto Juan Buschiazzo se ocuparía de modificar el trazado original de la iglesia. Ambos espacios fueron declarados Monumento Histórico Nacional.
Santa Catalina fue ocupada durante la Segunda Invasión Inglesa en 1807, y allí se izó la bandera británica, al igual que en Santo Domingo. Por eso Santiago de Liniers y Martín de Álzaga, protagonistas de la reconquista, tienen una placa que los recuerda en la entrada de una iglesia que se puebla en el horario del almuerzo y al final de la jornada laboral.
Hoy Santa Catalina se mueve al compás del mundo que la rodea. Cuando se reinauguró luego de que las monjas abandonaran el lugar hace varias décadas, se convirtió en un «centro de asistencia espiritual para las personas que trabajan y transitan en el microcentro».
«Cuando Andrea Bianchi llegó a Buenos Aires empezó la arquitectura aquí, dejó de ser un lugar con techos de paja», explicó el arquitecto Germán Carvajal en una visita guiada que la organización no gubernamental Basta de Demoler realizó en Santa Catalina. La ONG se acercó hasta allí y convocó a más de cincuenta personas, porque intenta detener, a través de la vía judicial, la construcción de un edificio de 18 pisos -son unos 60 metros de altura- sobre la calle Reconquista.
«Santa Catalina pierde el cielo» es el lema del reclamo: los posibles derrumbes durante la obra, la sombra que invadirá el patio en el que funciona el jardín interno, la presencia de restos arqueológicos y el peligro de que el sol ya no pueda absorber la humedad que produce una construcción tan antigua son algunas de las preocupaciones manifestadas por los denunciantes. 
«Según la ley 3.943 de 2011, Santa Catalina estaría dentro de la ampliación del Área de Protección Histórica 1 de la Ciudad, pero cuando la Legislatura la aprobó en segunda lectura, misteriosamente se quitó su parcela», sugiere María Carmen Arias Usandivaras, presidenta de Basta de Demoler. Para el arquitecto Eduardo Ellis, que trabajó en la reinauguración del monasterio, «se trata de un oasis de paz, y no podría serlo si estuviera en las sombras». Carvajal aseguró que el aval oficial «se trata de un acto de corrupción innegable, único motivo para que prime el interés privado sobre el público».
Lo cierto es que no hay que profesar ninguna fe para creer en la tranquilidad que invade el cuerpo y la mente cuando se ingresa en el patio interior de Santa Catalina. Y que ese clima, eso intangible que también convierte al edificio en un Monumento Histórico, corra peligro, puede ser un problema para todos los vecinos.

 

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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