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TEMAS DE LA SEMANA

Pasajes Urbanos: un refugio fuera del tiempo

Como arterias que recorren la ciudad para oxigenarla, estas clásicas callecitas cortadas están repletas de leyendas.

Por Dafne Casoy
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Hacia 1880, con la llegada de una fuerte corriente inmigratoria, fue necesario construir más viviendas en la ciudad. Los pasajes en el interior de las manzanas fueron la solución para achicar los lotes y generar más espacio. El resultado: se rompió con la clásica cuadrícula española y se generaron estas callecitas particulares que distinguen a Buenos Aires.

Residenciales, comerciales, techados o a cielo abierto, cada uno de los aproximadamente 500 pasajes porteños tiene su impronta y, además, son escenarios de leyendas curiosas. Como la de Corina Kavanagh. Se dice que una de sus hijas tuvo un romance con uno de los Anchorena, pero la madre patricia, Mercedes Castellanos, se opuso. Entonces, la agraviada mandó a construir el edificio que supo ser el más alto de Latinoamérica con el único propósito de taparle a la ilustre familia la vista desde su casa, el actual Palacio San Martín, hacia la iglesia del Santísimo Sacramento. El pasaje que alberga esta venganza arquitectónica lleva el nombre de la agraviada y está entre las calles San Martín y Florida del barrio de Retiro.

Una historia menos famosa es la del Pasaje Rauch, entre Medrano y Salguero al 800, en Almagro. Federico Rauch fue un militar alemán que participó activamente en la Conquista del Desierto, y cuentan los vecinos que desde hace años todos los días alguien tapa el nombre con un cartel que dice “Pasaje Arbolito”. Arbolito era el apodo con que se conocía al cacique que mató a Rauch.

Con el correr de los años, muchos pasajes residenciales se fueron enrejando para impedir el acceso a los transeúntes. Varios de los más hermosos edificios siguieron esta modalidad y hay que conformarse con espiarlos a través de sus entradas. Como el caso del Pasaje Santamarina, en Monserrat (México 750/ Chacabuco 641), en forma de L, que tiene un edificio de viviendas colectivo, bien mantenido, y da a un patio repleto de plantas. Otro es el General Paz, en Colegiales, con magníficas entradas en forma de arco y puentes que unen ambos lados del edificio.

Los pasajes comerciales se encuentran en su mayoría sobre Avenida de Mayo y conservan una impronta muy del siglo XX. El Roverano está al 500, a dos cuadras de la Casa Rosada, y sus locales son visitados por funcionarios. Hay una peluquería centenaria y un acceso directo al subte A. Sobre Florida está una de las entradas del Pasaje Le Bon Marché, que hoy es el shopping Galerías Pacífico: en convivencia con los locales comerciales y el Centro Cultural Borges, en la cúpula hay espectaculares murales de artistas argentinos.

Será porque tienen algo de escondido y si no se mira con atención es posible pasarlos por alto. O por su aura silenciosa. Todos los barrios porteños tienen sus pasajes, escapes ideales para los peatones que quieren tomar un atajo, hacer un paseo y/o desviarse de la rutina. Son muchos y las historias siguen. Diario Z propone algunos.

Dentro de un cuadro

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El Pasaje Lanín, en Barracas, es una obra de artes plásticas de una cuadra.

Barracas es un barrio de casas bajas, galpones y talleres mecánicos. En el Pasaje Lanín parece que todavía no pasó el tiempo. Caminar por sus 300 metros de empedrado es dejarse llevar por los colores y ver plasmada una idea. El artista plástico Marino Santa María, que nació y creció entre sus calles, intervino las fachadas y, junto a un grupo de colegas y vecinos, pintó y colocó azulejos, vidrios y venecitas en el frente de cuarenta casas. El resultado: un rincón con una fuerte identidad entre Brandsen al 2100 y avenida Suárez.

Viaje en el tiempo

Doblar por el Pasaje Rivarola es esquivar por unos minutos el ruido del Microcentro. Hasta los vehículos aminoran su paso al transitar esta callecita señorial que fue creada a semejanza de un pasaje parisino. Los que están acelerados porque tiene que realizar algún trámite o volver rápido a la oficina y no miran hacia arriba, se pierden de los edificios estilo francés a ambos lados de la calle (todos de la misma altura), el reloj que sobresale desde una fachada y las dos cúpulas que se destacan en las ochavas. Puro aire de época entre Perón y Bartolomé Mitre al 1300.

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El Pasaje Rivarola, en pleno centro de la ciudad.

A sólo dos cuadras, está el emblemático Pasaje La Piedad, el único con forma de U en la Ciudad de Buenos Aires. Es de acceso restringido, o sea que nada más pueden pasar sólo los que viven ahí, pero se lo puede espiar a través de las rejas. Algo que se alcanza a ver, por ejemplo, es un cartel que enuncia: “Salida de Carruajes”, como si el tiempo no hubiera pasado y aún los vecinos fueran los mismos de hace 100 años. Está en Bartolomé Mitre 1525/1563.

Un poco más lejos, ya en Parque Chacabuco, hay otro gran ejemplo de aprovechamiento de espacio de la manzana para viviendas. Con una traza única en su tipo, el Pasaje Butteler tiene forma de X y hasta una plaza en el medio. El terreno para realizar esta obra fue donado por la filántropa Azucena Butteler con la idea de construir viviendas de obreros y su forma particular hace que los espacios comunes sean parte importante de la vida diaria. Queda entre avenida La Plata 2199, avenida Cobo 500, Senillosa 2002 y Zelarrayán al 500.

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El Pasaje Buteler, en Parque Chacabuco: tiene forma de X y una plaza en el medio.

Paseo bucólico

Al caminar hoy por Palermo Viejo, entre turistas que visitan negocios de importantes marcas, el transeúnte jamás se imaginaría que en sus inicios la zona hoy llamada “Soho” también fue pensada como una ciudad de obreros. Las ocho manzanas comprendidas entre Cabrera y Costa Rica, Thames y Gurruchaga, con la Plaza Serrano en el centro, fue un emprendimiento conocido como Villa Alvear.

En 1885 se realizó la apertura de calles y pasajes para achicar los terrenos y lograr la traza de calles que hoy es la zona de moda. Entre el 1400 y el 1800 de Gurruchaga nacen los pasajes Soria, Santa Rosa, Russel y Coronel Cabrera, que con su exuberancia de plantas y zigzagueos embellecen el paseo.

De box y esplendor

El edificio Barolo, en Monserrat, es uno de los más hermosos de Buenos Aires y hasta 1922 fue también el más alto. Sus techos, abovedados y elegantes, son marca de la mejor arquitectura. Hoy funciona como inmueble de oficinas y tiene un faro desde donde se puede ver una muy buena panorámica de la ciudad.

En 1923, el faro fue clave en un día muy especial para los argentinos. En Nueva York se disputaba la pelea por el título de los pesos pesados, y el argentino Luis Ángel Firpo intentaba quedarse con la corona. Esa noche, una multitud se agolpó frente al Barolo, sobre el pasaje, para seguir la transmisión radial.

Si ganaba Firpo, el faro se encendería azul y si lo hacía Jack Dempsey, rojo. En un momento, el argentino tiró al norteamericano, el árbitro empezó la cuenta y justo se cortó la transmisión. El faro se encendió azul y la multitud festejó, pero volvió la radio y al cabo de un momento llegó la decepción. Dempsey volvió y noqueó. El faro cambió a rojo y Firpo igual se ganó el corazón de los argentinos.

El pasaje Barolo comienza en Avenida de Mayo 1370, se inmiscuye en el corazón del edificio y sale por Hipólito Yrigoyen 1373. El acceso a la callecita es público, pero para quien quiera conocer el imponente lugar por dentro hay visitas guiadas.

Fotos: Guille Llamos y Gabriel Palmioli

DZ/JPC

Fuente Redacción Z
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