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TEMAS DE LA SEMANA

Un juego que derrotó al tiempo

En casa, en el club, en las fiestas de cumpleaños, en la película de Campanella: el juego de los muñecos futbolistas derrotó al tiempo. Hasta tiene su mundial. 

Por Roberto Durán
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Como si fuese esa bella canción de María Elena Walsh. Como si “La cigarra” se aplicara también a los juegos. Como si todo eso pasara, el metegol puede cantar eso de “tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando…”. Como el trompo, las bolitas y la rayuela, el metegol formó parte de los juegos de varias generaciones de chicos. Su supervivencia se verifica fácilmente. Siempre hay un par de mesas cerca de las escuelas para que los chicos jueguen al salir de clase. O en los clubes de barrio. O en algún bolichito. Y junto con los peloteros, es protagonista de los salones que se alquilan para fiestas de cumpleaños. No son pocos los padres, además, que compran un metegol para evitar que sus hijos vivan atrapados por las pantallas de la PC.
deporte olÍmpico.

Será por esa popularidad que el metegol pasó las barreras del mero pasatiempo –y de los juegos electrónicos– y se convirtió en deporte. Desde fines de los 90, existe la Asociación Argentina de Fútbol de Mesa (AAFM), que tiene una selección nacional que disputó mundiales, docentes, ranking de participantes y forma parte de la Federación Internacional de la disciplina. Su presidente, Rafael Colaso, sueña en grande. Dice que el metegol debería ser deporte olímpico “porque tiene todas las cualidades para serlo: entrenamiento, táctica, estrategia, reglas, tiempo de juego, resistencia, juego de equipo y velocidad. Nos parece tan interesante o más que el lanzamiento de bala o de jabalina, que sí son olímpicas”.

Con el estreno de la película Metegol, de Juan José Campanella, se desató nuevamente el boom por el “futbolín”, como le dicen en España. La película de animación 3D superó el millón de espectadores; volvió a los clubes de barrios y los bares que lo tienen se llenan de gente. Hasta los fabricantes dicen que la demanda de mesas aumentó.

“Comenzamos a hacer mesas hace siete años. Los muñecos son fundidos en aluminio y no de plástico, como en otras empresas. Este negocio es muy estacional. De julio a diciembre es la temporada alta y podemos llegar a vender entre 500 y 600 mesas por mes; luego de las fiestas, los números bajan a 250 o 300. Cuando se acerca el Día del Niño, las ventas siempre son buenas. Pero ahora calculo que, a raíz del estreno de la película, las ventas aumentaron entre un 20 y un 25 por ciento, comparando con el mismo período del año anterior”, cuenta Luis Alberto Lirio, de Metegolazo.

La empresa, que tiene como clientes a jugueterías, casas de electrodomésticos y particulares, vende las mesas desde $1.470 a $2.500, de acuerdo con los materiales, el reforzado y la pintura de los jugadores. “Hacemos las formaciones de tres defensores, cuatro en el medio y tres delanteros. Y la más antigua y tradicional, que se usa para torneos, con dos atrás, cinco en el medio y tres atacantes”, explica.

Ubicado en el corazón de Villa Crespo, el Café San Bernardo (Corrientes 5436) vio crecer rápidamente a los aficionados al juego que no permite los molinetes ni el serrucho (golpear la varilla de lado a lado) cuando la pelota la tiene dominada el contrario. La AAFM organiza torneos todos los jueves a la noche. 

Luis Ormeño, uno de los encargados del lugar, dice que el metegol va recuperando espacio en el bar donde también se juega al dominó, cartas, billar y ping pong. “Tenemos tres mesas desde hace unos pocos meses. Se hacen campeonatos y cada vez viene más gente; la mayoría tienen de 20 años para arriba. Están los muchachos de la asociación, todos profesionales, y gente que viene a divertirse y aprender”, cuenta. A diferencia de otros lugares, en San Bernardo no se juega con fichas sino por tiempo. Cuesta $10 los quince minutos, $17 la media hora y $30 la hora. Está abierto de lunes a sábados las 24 horas. 

La mayoría de las mesas de los clubes y bares tienen jugadores pintados con las camisetas de River y Boca o el clásico de Argentina y Brasil. Acorde con el barrio, en San Bernardo hay una mesa con el clásico de la zona: Atlanta-Chacarita.

Amor en los 80
La historia de Colaso con el metegol se remonta a la adolescencia, cuando participó en un megatorneo de 200 jugadores en el Luna Park. Puede hacer un tour de la ciudad, de acuerdo con las mesas históricas donde jugó. “En la mesa de Lavalle y Suipacha se armaban partidos antológicos.” En 1997, fundó con otros amigos la Asociación Argentina de Fútbol de Mesa. Participó de un mundial en Alemania, en el que la selección argentina salió 17ª entre veinte participantes. “Los jugadores éramos Facundo Colaso, Claudio Yanchuk, Daniel Juárez, Marcos Lombardo y yo. Por un gol no pasamos a los octavos de final. Lo juego de toda la vida: comencé en la primaria, seguí en la secundaria y lo hago ahora de grande”, cuenta entusiasta.

Colaso está planeando un tour por todo el país y extender las competencias en América Latina, además de su gran anhelo de hacer del metegol un deporte olímpico. La película de Campanella, dice, marcó un nuevo boom. 

“Se reinstaló el juego. Los fabricantes se hacen los boludos y dicen que no aumentaron tanto la venta de metegoles. Pero yo recibo una cantidad exorbitante de e-mails de gente interesada en jugarlo o en comprar una mesa. Abarca a todas las generaciones, pero más a los de 35 años para arriba. La nueva generación, los de la Play Station y el teléfono táctil, se engancharán hasta ahí nomás… Pero a los otros, los que jugamos en el patio del colegio y en los clubes, les suena una campanita adentro de la cabeza. Se despierta algo. ¡No sabés lo lindo que es el ruido de la pelotita contra la chapa cuando hacés un gol!”.

En barrios. En clubes. En maxiquioscos. En bares anacrónicos y en bares cool. El metegol volvió a surgir entre las cenizas, como en la canción de María Elena Walsh. Eso sí, nadie puede olvidarse: no vale molinete. Y el que pierde paga.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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