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Mi hijo sólo camina un poco más lento

La obra escrita por el croata Ivor Martinic y dirigida por Guillermo Cacace, propone una experiencia teatral tan emocionante como singular.

Por Paula Sabates
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Mi hijo sólo camina un poco más lento 1

No sólo es el fenómeno teatral más impresionante del teatro off de los últimos años (tiene entradas agotadas hasta 2016, con funciones los sábados y domingos a la mañana y tarde) Mi hijo sólo camina un poco más lento sino, ni más ni menos, un verdadero acontecimiento de vida. Con un texto potente escrito por el croata Ivor Martinic, la puesta en escena a cargo de Guillermo Cacace –uno de los directores con más impronta de la escena porteña– desborda lo estrictamente teatral y sacude al espectador como ocurre en pocas expe­riencias teatrales. Lo arranca de la silla, le toca la fibra más íntima y, sin pedirle per­miso, le grita que el amor es todo lo posi­ble, que sin el amor no hay nada.

Presentada por primera vez en el Fes­tival Internacional de Dramaturgia “Euro­pa + América” realizado en 2014, la obra se centra en la relación de una madre y su hijo, que padece una enfermedad innom­brada que le impide caminar. “El drama hace la pregunta fundamental sobre cómo aceptar al Otro, diferente, al que quere­mos, pero no podemos y no sabemos ayu­dar”, reza el programa de mano. Pero el argumento es lo de menos. O al menos no es en lo que el público se queda pensando cuando termina la función y en la sala es todo llanto, y abrazos, y silencio. Lo poten­te es otra cosa: la presencia de los cuerpos de esos actores, su conjunción, la forma en que chocan unos con otros en un grito desesperado que pide la presencia de otro. Que pide que se acabe la soledad, que se acabe ese sentimiento de ausencia que a uno lo hace solo, sin otro.

Protagonizada por Juan Tupac Soler, Paula Fernández Mbarak, Antonio Bax, Ro­mina Padoan, Elsa Bloise, Luis Blanco, Clari­sa Korovsky, Aldo Alessandrini, Pilar Boyle, Gonzalo San Millán y Juan Andrés Roma­nazzi (que no actúa estrictamente sino que es una especie de narrador en vivo que le habla al espectador mirándolo a los ojos), la puesta en escena es profundamente fí­sica. También original, porque desafía cier­tas convenciones teatrales sobre el tiempo y el espacio y muestra el artificio al espec­tador, que es testigo de cómo se recons­truye el drama. Con el sol de la mañana (al principio la función de los domingos era a las 11) la pieza termina de cerrar. La metá­fora es acertada, porque sólo con luz natu­ral podía escenificarse lo más natural que tiene el ser humano: sus pasiones.

Sábados a las 14 y las 16.30. Domingos a las 11.30 y a las 14. En Estudio Apacheta, Pas­co 623. Reservar con anticipación. Teléfono: 4941-5669. Entrada $120.

Fuente Redacción Z
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