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TEMAS DE LA SEMANA

Últimos días para «Experiencia infinita»

Representaciones y performances de colectivos diversos con sello de este siglo.

Por Julia Villaro
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Una joven nos avisa que “la muestra comienza aquí”. Podría formar parte de alguna de las situaciones propuestas: duda­mos, pero no es una actriz, la chi­ca de blazer azul comparte atuen­do con el resto de los trabajadores del Malba. La muestra comienza ahí, entonces. Y entramos en una sala completamente desmantela­da. Algunos pedazos de náilon so­bre el suelo, algunos tarros de pin­tura blanca, un pintor –“de los de brocha gorda”- haciendo su traba­jo. Ahí, entonces, comienza Expe­riencia infinita.

Ocho situaciones convergen en esta exhibición curada por Agus­tín Pérez Rubio (flamante director creativo del museo); cada una idea­da por ocho artistas y colectivos de artistas de diversas partes del mun­do entre 2000 y 2015. La propues­ta busca dar cuenta de la forma en que el museo se adapta y flexibili­za para seguir prestando espacio a que obras –que ya no son obras, ni objetos, ni siquiera performances– tengan lugar. Ni siquiera performa haber cambiado en el arte de ac­ción entre aquellas obras que co­menzaban a desmaterializarse ha­cia los años 50 y estas experiencias contemporáneas sin principio ni fi­nal, ni espacio de acción delimita­do, cuyo devenir se asemeja (por esa suerte de transcurrir perenne) más al loop infinito de algunas pie­zas de video-arte que al teatro, la danza o la performance “tradicio­nal”. Pero para Experiencia infini­ta la repetición o loop es imposible. En primer lugar, porque no hay en ninguna de las situaciones, como ya dijimos, ni principio ni final. Segundo, todas se basan en la presencia físi­ca y concreta de personas (actores, la tercerización del cuerpo como último bastión de la fusión del arte con el capitalismo) in­terpelando directa o indi­recta mente a los espectadores, factor que siempre acoge sobre sí lo imprevisible.

Se puede pasar más o menos rápido por la sala con los pintores, ignorar la desnudez de sus pare­des blancas a medio ar­mar (la sensación de que llegamos a la muestra una semana antes de que inaugure) el hecho de que esos pintores estarán pintando (y re­pintando por el tiempo que dure la muestra) las paredes de blan­co –blanco sobre blanco, como la emblemática obra de Kasimir Ma­levich, consagración de la abstrac­ción y puntapié inicial de la crisis de representatividad de la que no termina de salir el arte contempo­ráneo–; se puede, sí. Pero alguien va a preguntarnos qué hora es y cómo nos llamamos en la próxima sala –sepan disculpar que les arrui­ne la sorpresa– y cuando acto se­guido escriba en la pared esos da­tos, como quien marca tarjeta al entrar en la oficina, habremos cru­zado definitivamente el umbral que solía separar espectadores y obra, y seremos la muestra. Y eso es sólo el principio. Como en toda expe­riencia, ningún relato le hace ver­dadera justicia: lo más importante es esa sensación que se despierta o no en el espectador. Una sensa­ción fuera de las palabras (y de las teorías) que durará unos segundos y, si estamos demasiado distraídos de nuestro propio cuerpo, habre­mos perdido antes siquiera de po­der advertirla.

Experiencia infinita. Hasta el 8 de junio. Malba. Av. Figueroa Alcorta 3415. Entrada: $60. Miércoles $30.

Fuente Redacción Z
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