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TEMAS DE LA SEMANA

Trastornos cognitivos: los misteriosos caminos de la memoria

Mantenerse activo y huir de la soledad es la fórmula para que los mayores mantengan el cerebro joven

Por Fernando Molero
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Olvidos tenemos todos. ¿Quién no se olvidó alguna vez donde dejó las llaves? ¿Quién no tuvo que volver en alguna oportunidad a su casa a buscar los anteojos que quedaron sobre la mesa de luz? ¿A quién no le ocurre de vez en cuando olvidarse de ir a buscar a los chicos al colegio? ¿Ah, no? ¿Eso no? Es que hay olvidos y olvidos, claro. Los hay mundanos y esporádicos, pero hay otros que afectan nuestro desempeño cotidiano y que pueden acarrearnos consecuencias más o menos serias. No todos los olvidos son iguales. Diario Z entrevistó a la doctora María Laura Garau, médica neuróloga responsable del área de trastornos cognitivos del hospital Fernández, para conversar sobre los misterios de la memoria.

«Todos en algún momento nos olvidamos de algo. El problema surge cuando los olvidos son más consistentes en el tiempo y se reiteran constantemente. Cuando empiezan a interferir en lo que hacemos todos los días se torna recomendable hacer una consulta con un especialista», nos dice María Laura, que atiende decenas de casos cotidianamente.

No todos los olvidos implican necesariamente que exista una enfermedad. Hay personas que son muy meticulosas y que quizá consultan por olvidos que no son significativos. O gente con antecedentes de enfermedades familiares como el Mal de Alzheimer, que están más alertas a cualquier manifestación.
Primero, hay que tener en cuenta que la mayoría de los problemas de memoria tienen que ver con hechos recientes porque la inmediata es la memoria más lábil. Cuando uno toma contacto con algo nuevo, ocurre una serie de cambios eléctricos y químicos en el cerebro. Cuando eso está destinado a almacenarse, a esos cambios siguen cambios en la textura del cerebro: las células nerviosas emiten nuevas prolongaciones, se establecen nuevos contactos entre neuronas que hacen que se fije el conocimiento y quede disponible. Toda esa actividad, eléctrica primero y química después, es la más lábil. «Cualquier cosa que interfiera en ese momento puede hacer que ese contenido no se fije y no quede almacenado. Por eso, la mayoría de nuestros olvidos tienen que ver con las cosas recientes, porque lo viejo está ya consolidado y establecido», explica la especialista.

¿Y qué ocurre cuando lo que falla no es la memoria RAM sino alguno de los archivos del disco rígido? «Cuando se producen lagunas sobre hechos puntuales muy remotos, si no medió -por ejemplo- un accidente con traumatismo de cráneo severo, en general uno tiende a abordarlo más por el lado emocional que por el del daño biológico».

Hay una gama muy amplia de razones por las cuales puede estar fallando la memoria. Pueden ser desde casos de ansiedad hasta Alzheimer, pasando por déficit de vitaminas, anemia o problemas de tiroides. «Lo que hacemos los médicos es evaluar todas las posibilidades y armar una especie de rompecabezas mediante análisis de sangre, test, pruebas de desempeño, imágenes del cerebro, evaluamos la parte emocional. Reunimos todos esos elementos para poder hacer un diagnóstico.»

Los años no vienen solos
¿Cómo interviene la cuestión de la edad? «El principal factor de riesgo para la memoria es cumplir años, pero eso obviamente no es algo que podamos controlar», dice la doctora y este cronista asiente.

Se producen cambios fisiológicos que son normales, como las arrugas. Lo que ocurre es que a mayor edad, cambia la manera en la que uno procesa la información. Por lo tanto, no quiere decir que una persona mayor que tenga alguna dificultad esté enferma. La memoria visual se conserva, la memoria de procedimientos también. La memoria semántica -la que tiene que ver con el conocimiento de lo que nos rodea- también se conserva. «Lo que cambia con la edad es la velocidad de procesamiento de la información, que se vuelve más lenta, y hay más problema con la interferencia, no se pueden hacer varias cosas a la vez.»

¿Cómo podemos prevenir los problemas de memoria? En primer lugar, tenemos que controlar los factores de riesgo como la presión, el colesterol y la diabetes, que a la larga pueden favorecerlos. Una buena alimentación, que incluya Omega 3 y otros antioxidantes ayudan a la protección del tejido cerebral.
Sin embargo, esto no es todo. «Está estudiado que un bajo nivel de instrucción también es un factor de riesgo -continúa María Laura-, porque una baja estimulación conlleva un menor desarrollo de las conexiones neuronales. Cuanta mayor actividad intelectual realiza una persona, mayor cantidad de ramificaciones y conexiones tiene en su cerebro y, por lo tanto, tiene más herramientas para defenderse de un daño. Hace muchos años que se abandonó el concepto de que el cerebro es algo estático. El cerebro tiene plasticidad. En esto se basa todo lo que tiene que ver con la estimulación cognitiva».

¿En qué consiste esa estimulación? No hay un único ejercicio y hay que adaptarlos a los gustos de la persona. «En estos momentos, se está trabajando mucho con el ajedrez, y es muy interesante, porque intervienen una serie de mecanismos, de circuitos y de actividades cerebrales que van desde lo visual hasta la planificación, el razonamiento, la anticipación y la memoria, que lo hacen un ejercicio muy completo. ¡Pero hay gente a la que no le gusta el ajedrez! No tiene por qué ser un castigo: el dominó o la escoba del 15 también ayudan a ejercitar el razonamiento; el aeromodelismo, por ejemplo, colabora con el manejo del espacio. Incluso variar el recorrido que uno hace todos los días para ir o volver del trabajo, también es un estímulo. En todo esto intervienen distintos circuitos y funciones cerebrales, así que todo ayuda. Lo mismo vale para la instrucción. Nunca es tarde para iniciarse en el estudio. Lo que se recomienda es que siempre haya novedades para el cerebro», responde Garau.

De lo que no hay que olvidarse, entonces, es de ejercitar el cerebro. Por las dudas, anótelo en su agenda.

 

DZ/sc

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