Tiempo en Capital Federal

13° Max 6° Min
Despejado
Despejado

Humedad: 57%
Viento: Suroeste 21km/h
  • Sábado 31 de Julio
    Cubierto  13°
  • Domingo 1 de Agosto
    Despejado  13°
  • Lunes 2 de Agosto
    Despejado  13°
Estado del Tránsito y Transporte
Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
Tránsito
Trenes
Vuelos
Cargando ...

TEMAS DE LA SEMANA

Toto Castiñeiras: ‘Cuando veo un drama en escena me causa gracia’

Reportaje al maestro de ceremonias del Cirque du Solei y creador de Finimondo.

Por Cecilia Alemano
Email This Page

Toto Castiñeiras tiene el ceño fruncido, contesta con monosílabos y habla en voz baja. Pero cuando se le pregunta el porqué de su apodo, su expresión, sus palabras y su tono se iluminan de golpe. «¡Ah, nunca nadie se lo cuestiona!», dice, y cuenta que su sobrina, de bebé, llamaba «Toto» a su muñeco, a los dibujos animados, a los perros y a él, su tío Guillermo. Después lo adoptaron sus amigos, su familia y toda la gente que conoció viajando por el mundo como maestro de ceremonias del Cirque du Soleil.

Tiene 36 años y es marplatense, pero con una conexión «natural» con Buenos Aires: «Mis abuelos vivían en Villa del Parque así que ese barrio era mi segundo hogar. De hecho, fue el que elegí cuando vine a vivir acá». Lo del clown empezó cuando vio Los árboles mueren de pie en un teatro muy chiquito de Mar del Plata: «Eva Franco hacía una escena dramática, tirándose en una mesa. Me parecía una cosa exageradamente teatral. Cuando volví a casa le dije a mi familia que quería actuar. El clown era afín con mi forma de humor».

¿Cómo llegaste al Cirque du Soleil?
Medio de casualidad, cuando me vieron trabajar en 1999. Al recibir la propuesta no sabía qué hacer: relacionaba al circo con la acrobacia, y yo estaba lejos de la belleza física. Recién en 2004 hablamos de mi contrato, justo cuando estaba tapado de laburo. Ahora soy como un fan alucinado del circo. Me encanta el circo tradicional, el de familia. En México vi unos cirquitos alucinantes donde todo está a la vista: la cuerda, la gente tirando atrás para que no se caiga… Es como un gran acto de amor. El Cirque du Soleil también es un poco así, por más grande que sea. Hay familias de rusos viajando, mucha cosa atada con alambre y un montón de trabajo sin red. Es una experiencia que tiene que ver con el valor y el trabajo en equipo, que en el teatro -cada vez más egocéntrico- se pierde.

En la presentación de tu espectáculo, Finimondo, decís que un payaso puede mostrar mejor que nadie hasta cuánto se puede amar y odiar. ¿Por qué?

Porque el clown vive un estado desde cero, hasta el límite exacerbado. Un clown que sufre va a jugar a sacrificarse. Pero no se limita a eso, sino que va resucitar entre los muertos, va a subir al cielo y volver… No tiene un límite. Puede desarrollar el amor y el odio hasta el infinito.

¿Por qué elegís el humor para hablar del amor?
En realidad elijo el humor blanco del clown para contar una tragedia. Ya monté versiones de La casa de Bernarda Alba y de Otelo, siempre con estas herramientas. Lo que ocurre entre los opuestos es muy interesante: ¡Sé complementan perfectamente! Cuando veo un drama en escena siempre me causa gracia, y la mayoría de los directores no lo ven así. Yo voy a un velorio y veo un montón de situaciones graciosas. He ido a algunos de gente muy cercana, y el estado de angustia se me empezaba a transformar en otra cosa. (Ríe)

Viajaste durante seis años por el mundo. ¿Qué ciudad te conmovió más?
Me sentí muy cómodo cuando llegué a Barcelona. Tiene arquitectura, mar, barrios divinos, bohemia… Es una ciudad muy cara, pero como uno va con trabajo, no se tiene que preocupar. También Nueva York me alucina. Es el único lugar de Estados Unidos que elegiría para vivir. Con trabajo, eso sí. Lo multicultural, la alegría del neoyorquino de vivir ahí, su ritmo, su arte, lo masivo, los bares…

¿Qué extrañás de Buenos Aires cuando viajás?
A mis amigos, y el saber los códigos. Aunque veo muy malhumorada a la ciudad. Y peligrosa: pasa de todo. A veces puteo con el tráfico, con la locura de la gente y con el apuro, que es contagioso. Acá la gente llega y enseguida se tiene que ir a algún lado. ¡El tiempo vuela! Pero también la veo hermosa a Buenos Aires: su luz, sus calles, sus cúpulas, su lenguaje…

¿Cuál fue el lugar más insólito que visitaste?
Insólito es haber estado en Estados Unidos durante un año y medio. Todo un aprendizaje: Cincinnati, St. Louis… he tenido como siete cartas semanales por acoso sexual, por los juegos que armo con el público. Si no hubiese sido por trabajo, no habría estado ahí. El otro fue Kyoto, donde me hice amigo del mozo de un restaurante de tofu sin hablarnos. Me subió a una moto y me llevó a Ohara, un bosque en una pradera. Caminamos un montón y llegamos a la casa de un escultor de hace 1500 años. Estuve un día contemplando, algo que no hacía hace mucho. Miraba el agua del lago, las hojas verdes y el patio japonés. Esa experiencia me cambió la forma de ver el mundo.

 

Fuente Redacción Z
Email This Page
0 Comentarios
Sé el primero en dejar un comentario!

Deja tu comentario