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Vino, cartas y cantos para los que no están

Día de los Muertos: el altar del Fernández Blanco.

Por Paula Jiménez España
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El Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco en estos días recuerda a un panteón. Un panteón de Oaxaca, Morelia o Patzcuaro, un cementerio de ésos donde cada 2 de noviembre se celebra el ascenso de los espíritus difuntos a la Tierra. Regresan por el más importante de los motivos: visitar a los seres queridos y pasar la noche con ellos. Sobre un altar cubierto de manteles coloridos se colocan alimentos, frutas, licor, agua, cigarrillos, y aquello de lo que el difunto gustaba en vida, así como los retratos de quienes ya no nos acompañan.
Desde hace algunos años, por iniciativa de la embajada de ese país y del Fernández Blanco, los jardines palaciegos de la calle Suipacha al 1400 ofician de escenario para la celebración. Este espacio abierto trae la imagen de los cementerios aztecas, llenos de vegetación y de caminos transitados por multitudes. En este encuentro anual con la muerte, paradójicamente, se hacen presentes los bellos placeres de la vida: comer, beber, reunirse con amigos, bailar, cantar. La joven Angélica Vargas, de Chaloa, México, lleva seis años organizando las actividades del Día de los Muertos en la Argentina y no deja que falte nada: esa noche puede verse un ballet regional de Nayarit (con vestuario del pueblo original, que con su danza ofrenda al dios o al sol, un muñeco de tez oscura que podría simbolizar a un niño o a una momia), un coro de mariachis Torales, el taller de tango y danza latinoamericana del propio museo y la infaltable premiación de Calaveritas.
«Las Calaveritas -explica Silvia, una visitante de Chihuahua- son cartitas que tú le escribes a un difunto o a un vivo poniéndolo en contacto con su muerte. Muchos las escriben en forma de poemas.» Hubo un concurso y la conductora Susana Estrada, también de Chihuahua, es la encargada de leer esta noche las poesías ganadoras. Una está dedicada a Chavela Vargas, otra al escritor Carlos Fuentes y una tercera, de versos ingeniosos y rimados, combina en su homenaje a ambos. Y no es casual la elección, porque la embajada ha decidido que en este Día de los Muertos 2012 recordar especialmente a la cantante y al escritor, por el lado mexicano y al músico Ástor Piazzolla y al dibujante Caloi, por la parte argentina. De hecho, sus cuatro fotos enmarcadas sobre paspartú penden desde lo alto sobre el hermoso altar que Edgar, de la embajada, preparó. Cuenta: «Dentro del museo lo hacemos muy genérico. No son altares de determinada región, sino que tratamos de que estén las ofrendas elementales, más representativas de nuestro país. Nuestra idea es la cultura mexicana al mundo».
El lugar está lleno no sólo de mexicanos sino de argentinos amantes de esta cultura que pueden dejar de lado la connotación oscura que aquí y en casi todo Occidente tiene la muerte. Sentados alrededor de la fuente, en los bancos, sobre los peldaños de mayólica colonial o bajo los árboles, el público se distribuye en los jardines. Muchos comen un delicioso «Pan de muertos» o beben gaseosa o agua. A la gente se la ve feliz. La luna está llena e irradia su energía de plenitud. No falta nada esta noche. Ni nadie. Ni siquiera los que ya no están.

DZ/LR

 

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