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TEMAS DE LA SEMANA

Lejos del mundo de las Barbies

Cristina Lucchetti enseña a mujeres de varias generaciones a fabricar los juguetes de sus sueños.

Por Mauro Fernández
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Hay oficios vagos, remotos, incomprensibles. Trabajos que no se conciben y que sin embargo existen y dan honra y provecho a quienes lo ejercen. Una de estas menestralías es la de componedor de muñecas», concebía el escritor Roberto Arlt, en su libro Aguafuertes porteñas. El taller de Cristina de Lucchetti sorprendería aún más al escritor, si se tiene en cuenta que en este lugar se crean tanto muñecas antiguas como modernas. Alumnas de diversas edades acuden a sus cursos para cumplir un viejo anhelo: personificar y dar a luz a los juguetes de sus sueños. Son justamente estas dos condiciones las que hacen este taller un lugar único en el país.
Más de 150 muñecas conviven en el taller de Cristina Lucchetti. Dos de ellas se encuentran sentadas en unos sillones antiguos, mientras que el resto se ubica en vitrinas. Tal es el caso de Zelma, una de las muñecas de porcelana más apreciadas por la especialista. Con una altura de 60 centímetros, cuerpo de tela, vestido blanco impecable, pelo rubio y ojos de cristal, Zelma obtuvo el primer premio de un crucero temático de arte (Artmar) que se desarrolló en 2009, uniendo las costas de la Argentina, Uruguay y Brasil.
Otra de las más apreciadas es Silver. No es para menos si se tiene en cuenta que, a partir de su presentación, Lucchetti logró obtener en Estados Unidos el Master Dolls Maker Instructor (1997), otorgado por Doll Artisan Guild, única escuela de reproducción de muñecas con títulos reconocidos por la Universidad de Nueva York. Rubia, de una estatura de 28 centímetros, con un vestido y sombrero beige y un delicado prendedor rosa sobre su cuello, Silver condujo a que Lucchetti se convirtiera hasta el día de hoy en la única persona de Sudamérica en obtener este reconocimiento.
De una toalla roja, Beatriz Kazanetz saca a Susy, una de las 37 muñecas que tiene en su casa. Susy es de vinil y pesa cerca de 5 kilos, es decir, tiene el peso similar al de un bebé al nacer. «Esto es apasionante. Es un hijo que uno tiene», cuenta con emoción, Kazanetz, alumna del taller desde hace 17 años.
Kazanetz está haciendo muñecas de vinil para regalarle a su nieta, ya que éstas son menos frágiles y no requieren tanto trabajo como las de porcelana. Alba Alchurut, en cambio, desde hace un mes está trabajando en pequeñas muñecas de porcelana. Hace nueve años que va al taller e hizo cerca de cuarenta piezas, en su mayoría para regalar. «En esto siempre hay algo nuevo por aprender», narra Alba, que generalmente hace muñecas inspiradas en el Cirque du Soleil.
Como si se tratara de una sala de partos, las alumnas acuden una vez por semana al taller para crear los objetos que siempre soñaron. «Hay señoras que hacen los cursos y tienen 99 años. Generalmente es gente que tuvo una muñeca de porcelana y que a lo mejor la perdió en el transcurso de la vida o que admiraban la de su vecina, pero no la podían tener», cuenta Lucchetti, quien recibe incluso hasta niñas de nueve años que comienzan a fabricar con sus propias manos sus primeros juguetes.
En los cursos, la especialista explica cómo pulir, maquillar y finalmente armar una muñeca de porcelana. La vestimenta, la peluca y el color de ojos corren por cuenta de quien la hace. «Tuve una joven que quería hacer una muñeca dark, con sangre colgándole de la boca, pálida y con el pelo negro», recuerda Luchetti, quien la ayudó para que cumpliera con su objetivo.
«Hacer muñecas es lo más importante que he hecho en mi vida», relata Kazanetz, mientras pinta de forma minuciosa los dedos de una muñeca de vinil. «Mi fascinación sería que mi familia heredara mis muñecas», sintetiza Lucchetti, quien no duda al afirmar que su oficio está en extinción. Una labor que, como concebía Arlt, es una de las más raras que se pueden ejercer en la ciudad.

Más información
www.crisdeluc.com

DZ/LR

 

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