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TEMAS DE LA SEMANA

Tendencias: El ocaso de los fichines y el neón

Flippers, arcades y simuladores Daytona resisten con dificultad en algunos locales porteños.

Por Natalia Gelos
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Cada vez les cuesta más pasar de nivel. En Buenos Aires, los locales de videojuegos que tuvieron sus años de gloria hace dos décadas asisten hoy a un final anunciado. Los pocos que oponen resistencia incorporaron juegos en red, conexión a internet pero, aun así no logran atraer a las nuevas generaciones.

Estos pocos finalistas mantienen la estructura de fondo extenso e hileras de arcades (las maquinitas con palanca y botones), flippers y simuladores del tipo Daytona USA, pero el paisaje ha cambiado: el bullicio de antaño ha mutado y pequeños grupos o solitarios resaltan en los grandes locales semivacíos. Nicolás, el dueño de Dinos, un clásico de Rivadavia al 7300, reconoce: «Hace treinta años que estoy en el rubro. El local siempre estuvo en esta cuadra. No se trata de que no vienen porque no nos conocen. No hay interés».

Ir a las maquinitas solía ser la mejor salida: los ruidos estridentes, las luces de neón multicolores, los fichines de a millones, la excitación en el ambiente, viciado de humedad, el fatídico sonido del «game over» o el esperanzado de la ficha al caer dentro de la máquina. Fue un paisaje que marcó a las generaciones pre-playstation, wii y todas sus formas de entretenimiento en casa.

La calle Lavalle era por excelencia la zona de los videojuegos. Pero con el correr de los años, sobre todo en la última década, comenzaron a desaparecer. Cerraron los grandes locales como el Play Land de la avenida Cabildo esquina Monroe, que un día de septiembre de 2008 anunció que a las ocho de la noche desenchufaría sus máquinas. Otros que bajaron sus persianas fueron el Magic Play de Lavalle y el último Sacoa porteño, que cerró en 2009 aunque en el resto del país goza de buena salud, como el de Mar del Plata.

Hoy, algunos de los que aguantan son Dinos, Playout, también en Rivadavia el 7300, uno frente a Plaza Italia y uno solo de los tantos que hubo en Lavalle. La ficha cuesta $1,50. También hay maquinitas en los patios de juegos de los shoppings, pero estas últimas se confunden en la oferta variada del centro de compras.

Dos chicos rodean a otro frente a un juego de Street Fighter. El muchacho del centro es el que, concentrado, mueve la palanca. Hace trucos. Se lo ve diestro en ese juego de peleas callejeras. Los otros dos lo observan. Son las tres de la tarde y uno de ellos, Diego, dice que están «pasando el rato», pero enseguida vuelve la vista hacia el juego de su compañero. El dueño de Dinos explica que el público se divide entre mayores de dieciocho años y menores. Los más chicos no se interesan por las maquinitas. Prefieren los juegos en red y con aire resignado dice: «Ya ni quedan importadores de máquinas. Y los juegos son imposibles de comprar. En Estados Unidos y en Japón se siguen creando nuevos, pero salen alrededor de 16.000 dólares y para nosotros es imposible pagarlos».
Para sobrevivir tienen varios obstáculos, pero, sobre todo, son las consolas hogareñas las que asestaron el golpe más letal.

«En la Costa funcionan porque la gente de vacaciones tiene tiempo de ir a pasear con sus hijos a los fichines, pero acá no hay tiempo y la gente prefiere tener a sus hijos en la casa. Aunque en el local tenemos seguridad y controlamos todo lo que pasa, las casas de videojuegos siempre tuvieron mala fama», dice Nicolás. Pese a que es difícil, han recurrido a trucos para jugar una partida más: incorporaron juegos en red, internet, incluyeron los juegos de moda, como el Pump It Up, en el que el participante sigue una coreografía parado en un piso con censores. Para jugar a este o a otro clásico como el Daytona, varios fanáticos nostálgicos se contactan en foros y arreglan fechas de encuentro para jugar en grupo. Dinos es, por lo general, uno de los más visitados.

Como objetos de decoración vintage, los arcades se consiguen hoy en Mercadolibre. Los venden a cuatro mil pesos; todo un lujo con reminiscencias ochentosas de esos años dorados de los videojuegos en la Ciudad.

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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