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Telegrama

La columna de Zabo.

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Mi primer laburo fue en la peluquería de la madre de un amigo. Tenía trece años y en casa no me daban plata para comprar todos los discos que yo quería. Silvia me ofreció ir un rato después del colegio para ayudarla, a Tomi ya no le divertía hacer cosas como servirles el café a las clientas y barrer el pelo del piso. En cambio a mí, hacer esas cosas y que me compraran un disco original a elección por semana me parecía un gol de media cancha.

Otro de esos trabajos que me acuerdo fue para un videoclub, tenía que ir a los edificios a repartir simpáticamente a los encargados promociones y números de socio para que les entregaran a los propietarios en una época donde a mí la simpatía no me sobraba, eran mis tortuosos dieciséis. No duré mucho en ese empleo.

Comencé a laburar con bandas porque necesitaba estar cerca de la escena musical, me propuse aprender a usar la cámara de fotos y los programas de diseño o morir en el intento. Nunca aprendí a hacer bien ninguna de las dos cosas, pero las bandas seguían llamando y hay días en que aún lo hacen. Gracias, pero ya no me da la cara para seguir robando con eso.

Después me dediqué a morir, a tener el piyama puesto tres días y no darme cuenta. Mi vieja se hartó y me mandó a anotarme en un acelerado y a conseguir un trabajo. Recuerdo que hasta me probé en uno de esos call center que le venden boludeces al mercado hispano en Estados Unidos. Me obligaban a hablar como Catherine Fulop y me salía algo más parecido a Anamá Ferreira. Renuncié al tercer día cuando me dí cuenta, horrorizado, de que había atendido mi celular diciendo «aló, muy buenas tardes» sin querer.

Uno necesita pasar por algunos trabajos horribles o que no le interesan ni un poco para entender qué tan importante es ir en busca de uno que sí le interesa y saber apreciarlo cuando aparece. Me fui de ese lugar prometiéndome que jamás iba a volver a aceptar un trabajo que no me guste por más que eso significara tener que empezar a tomar fernet Fernandito en vez de Branca.

Hoy el Z cumple un año. No estoy desde el principio, pero casi. Recuerdo que después de la primera columna que envié estuve esperando un mail que diga «bueno, somos re jodones, ni en pedo escribís en nuestro diario, gil» y un virus adjunto. Pero no.
Lo que sentí al ver que había conseguido el trabajo que no me molesté en soñar porque creí que era imposible para un inútil crónico como yo no tiene palabras.

¿Todavía no encontraste tu trabajo ideal?

Vale la pena seguir buscando si podes darte el lujo. Por algo los telegramas de renuncia son gratis.

 

DZ/sc

Fuente Redacción Z
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