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Tango a ciegas: aprender a bailar en la oscuridad

Clases de tango en la más absoluta oscuridad: una experiencia sensorial.

Por Diego Braude
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Para los bailarines Giuliana Fernández y Pablo Ugolini fueron meses de entrenamiento, en 2008, hasta que desarrollaron un método para dar clases de tango a oscuras. Hoy se acercan desde novicios totales hasta milongueros o incluso profesionales que buscan una experiencia sensorial distinta.

Es miércoles primaveral por la tarde. Pasadas las 19 en Zelaya 3006, la gente va llegando para tomar la práctica de Tango a Ciegas. Una fotógrafa que está dando sus primeros pasos en la danza le cuenta a una mujer no vidente –que ya es habitué – que eligió hacerlo directamente en estas clases. Charlan las dos con otra mujer, de Estonia, que está de paso por Buenos Aires: vino para estudiar tango. En la otra punta, una pareja ríe y se prepara. Se va sumando más gente hasta que Giuliana anuncia el comienzo de la clase.

Antes de ingresar a la pista, se explican algunas reglas básicas. En fila y tomados por los hombros, se entra a la sala a oscuras. Si alguien se siente incómodo, alcanza con llamar a los profesores, que indicarán alguna de las cinco salidas de la pista.

Fernández y Ugolini probaron sobre sí mismos los ejercicios que implementan en cada encuentro. Y poco a poco encontraron cómo “diseñar la sala, cómo limitar y poner cada cosa en su lugar. Todo tiene un por qué para que la persona pueda ingresar y manejarse libremente”.

La preparación los modificó también a ellos, comenzaron a vivenciar otro acercamiento sensorial al tango. “Yo sé que bailando en la oscuridad, bailar caminando, cambia la cosa. La visual a veces me lleva a eludir problemas que existen y se te van a presentar en la oscuridad”, dice Ugolini, que también participa de las obras que se presentan en el Teatro Ciego. Si en cualquier clase de tango lo primero que se suele decir al principiante es no te mires los pies, acá no queda otra que sentir el propio cuerpo y el del otro. Hay risas, hay contacto, hay un hallazgo distinto a cada paso; es permitirse sentir y jugar. Al final de la clase, el espacio empieza a cobrar coherencia. Vuelve la luz poco a poco, y ahí se cae en la cuenta de cuán familiar se había ido tornando la oscuridad y las voces de los demás, sus pasos, su presencia. Como en un gran abrazo tanguero.

 Tango ciego. Zelaya 3006. Miércoles 19 hs. Clases de tango a oscuras. No hace falta saber bailar.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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