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TEMAS DE LA SEMANA

Susana Villalba, poeta en su propia voz

Acaba de ser reeditado Matar un animal, libro de culto de la poesía porteña.

Por Roberto Durán
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En el pequeño mundo de la poesía argentina, la reedición de un libro es casi una rareza. Las editoriales sacan tiradas de apenas 400 o 500 ejemplares. Y muchos de ellos quedan en manos de colegas, amigos y en pequeñas librerías. En ese contexto, Matar un animal, de Susana Villalba, editado en 1995 era una suerte de figurita difícil. El mes pasado, la editorial de poesía Curandera reeditó el libro. Esta vez, con un disco en el que lee sus poemas y participa de una entrevista. Con seis libros publicados, Villalba recibió la Beca Guggenheim 2011, dirige la Casa de la Lectura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y dicta la materia de Poesía en Dramaturgia en el Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA), además de ejercer la crítica teatral y dictar talleres.
¿Te sorprendió lo que pasó con el libro, esa circulación de mano en mano?
El paso de mano en mano es el destino de muchos libros de poesía. Las librerías no te dan bolilla y no ponen los ejemplares en sus estanterías. Uno sabe que edita para estar en cuatro o cinco lugares. Me acuerdo que cuando era muy joven no era fácil encontrar los de Olga Orozco. Era ya una gran poeta y de casualidad te topabas con un ejemplar suyo. Pero eso pasa con toda la poesía. Los poetas nos conocemos más por las lecturas que por los libros.
¿Cómo surgió la idea de acompañar el libro con un disco?
La idea fue de la editorial. Supongo que quisieron escuchar al poeta en su propia voz, algo que a mí también me gusta. Por ejemplo, no me gusta cómo lee el chileno Pablo Neruda, pero sí quiero saber qué ritmo tenía en su cabeza en el momento de la escritura. Al escuchar a un poeta, uno va siguiendo su propia música. A mí los poemas me nacen con un tono en la cabeza. Entonces, el que escucha el disco escucha el tono que tiene para mí el poema.
En Matar un animal hay toda una poética construida alrededor del lenguaje de las armas. ¿Cómo lo trabajaste?
Yo los llamo poemas policiales. En esos años, notaba que adquiría importancia en los diarios y en la tele la figura del asesino y el lenguaje de las armas. Entonces, comencé a meterme en ese mundo, a comprar revistas de armas para meterme en ese mundo un poco psicótico. Pensé que había que quitarles ese lenguaje y traerlo a nuestro lado, como quien desmonta un arma y ve qué hay abajo. Me gustaba jugar con la idea de que el lenguaje es un arma.
Dentro de esos «poemas policiales», hay también una mirada piadosa sobre la figura del asesino.
Sí, es cierto, como si antes que juzgarlos hubiese pensado ¿qué les pasa a estos tipos? Me gustó mucho una explicación que leí del juez Eugenio Zaffaroni, que decía que uno es piadoso porque la otra propuesta posible es pensar que a los tipos hay que reventarlos y pedir la pena de muerte, sin mirar que son un emergente y producto de esta sociedad.
¿Cuál es el estado de salud de la producción poética en la ciudad?
Todo es un tema de difusión. Circulamos entre nosotros y en editoriales pequeñas porque el mercado nos desechó. Eso nos dio una ventaja: nadie te presiona ni te deforma para que hagas otra cosa. En los 90, incluso, se puso de moda un objetivismo, una idea sobre lo que estaba bien y lo que no estaba bien hacer.
Vos hiciste obras de teatro, escribís críticas y das clase de poética en la dramaturgia. ¿Por qué creés que muchas de las obras en cartel exploran el mundo de lo cotidiano pero carecen de una poética?
Como no se difunde, la gente de teatro no conoce mucho de poesía. Hay una cosa de tomar lo ya hecho; todo el teatro de lo cotidiano va emulando a lo que ya se vio en otros lados. Por ejemplo, a Claudio Tolcachir le fue muy bien con La omisión de la familia Coleman y al tiempo surgieron cientos de pequeñas emulaciones a esa obra. Tienen menos lenguaje y en consecuencia menos herramientas.

 

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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