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TEMAS DE LA SEMANA

Suplemento Mujeres Z: El alma de la fiesta

Por necesidad, Nora Suberviola y Dinora Villanes empezaron su emprendimiento y una nueva vida.

Por Lucila Rolon
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El catálogo de disfraces parece un álbum familiar: sobrinas vestidas de princesas; hijos, de animalitos; un primo de ocho años posa como bombero. También aparecen los chicos de los empleados, caracterizados como murgueros, piratas, mini odaliscas y faraones egipcios. En esta empresa todo huele a clima familiar. Al menos así funciona hasta ahora.

Candela Disfraces nació en 2003 «por necesidad», según dicen sus mentoras. Nora Suberviola (51) y Dinora Villanes (54) todavía no pueden creerlo: nunca se habían imaginado dueñas de un emprendimiento. Pero hace ocho años, cuando la crisis de 2001 desplegaba su costado más crudo sobre los bolsillos de sus familias, se animaron. Juntaron los ahorros que tenían, 10 mil pesos, coraje, y se dispusieron a cambiar sus vidas.

«Empezamos con muy poco, pero no teníamos más. Era comprar la tela, armar el disfraz, venderlo, esperar a cobrar para volver a invertir de a poquito y, en lugar de un rollo, comprar dos.» Nora es profesora de Educación Física (lo dice y suelta la carcajada): «Lo mío era la docencia, estar todo el día con chicos en una pileta de natación. No sabía nada de comprar ni de vender, mucho menos de costura. Pero quería salir adelante y pensé que uno siempre puede aprender.» Dinora se sentía igual. Pero cuando la fábrica en la que trabajaba cayó a los pies de la crisis y cerró, no lo dudó: las dos familias necesitaban nuevos recursos y ellas los consiguieron.

Dinora bosquejaba disfraces desde antes, siempre le gustó el mundo del arte. Solía pintar cuadros y diseñar indumentaria, especialmente, vestuario. A los trabajos que presentaba en los cursos del Teatro Colón se les sumaban algunas prendas que hacía para su hija: «Le hacía los trajes que usaba en los actos, a ella y también a algunas amiguitas». Por eso, junto a Nora y sus maridos pensaron que podían avanzar por ese camino. Entonces armaron su guarida, su centro de cómputos y, en un garaje del barrio de Olivos, empezaron a escribir una nueva
historia.

«Éramos las dos para todo», dicen. Y todo significa salir a buscar los materiales, hacer los trajes, salir a venderlos, entregarlos y cobrarlos. Después volver por más tela, cortar nuevos modelos, y volver a repetir toda la ronda.

Parece que un disfraz no llevara gran trabajo pero cada modelo tiene muchos detalles: combinación de géneros, cortes, elásticos, lentejuelas. Además tiene que tener un diseño que lo haga apto para cualquiera porque no hay distintos talles: «Las blusas, por ejemplo, tienen elásticos en las mangas para que puedan usarlos chicas con distintos cuerpos. Nada tiene cierre», cuentan a dúo.

Recién a los dos años del inicio el negocio empezó a funcionar de verdad: habían aprendido mucho. «Yo no me animaba a pedir descuento a los proveedores. O pensaba que si alguien me decía ‘este ruedo está largo’ me iba a dar vuelta para salir volando», recuerda Dinora.

Después de algunas batallas ganadas, lograron aceitar la producción de trajes clásicos (princesas, payasos, piratas) y lanzaron disfraces de Halloween (brujas, vampiros, esqueletos) que las sorprendieron por la gran salida que tuvieron. Cuando empezaron a armar el proyecto distinguieron como fechas fuertes el Día del niño, Navidad y Reyes. «Pero ahora son fuertes las fechas patrias y Halloween. Además, la gente hace fiestas de disfraces por todo y se disfrazan los chicos y los grandes», dicen las dos socias, que actualmente tienen treinta modelos con monjas, policías, gladiadores, cleopatras, entre otros, y tienen las licencias de El Zorro y Bakugan.

Tienen también una anécdota inolvidable: «Ya teníamos repartidor, y lo mandamos a entregar trajes de bomberos. Volvió al rato, con los disfraces en la mano. Cuando llegó el negocio se había incendiado ¡y él llegaba con disfraces de bomberos para nenes! No se animó a entregarlos.»

Ahora están de estreno, acaban de mudarse a un nuevo galpón. Atrás quedaron el garaje fundacional y el depósito de Munro que una vez se inundó. Nora se ve bien en su escritorio, con la notebook encendida. Dinora entre papeles, reglas, y muchos lápices pensando diseños nuevos. Hablan entusiasmadas de su transformación como emprendedora y todavía hay tardes en las que las dos se miran y se preguntan: «¿Cómo llegamos hasta acá?».

 

Dos aprendizajes
Trabajo en serie. Cuando arrancaron, Dinora diseñó cinco modelos para una tanda de 200 unidades. Estaba acostumbrada a hacer uno, para su hija. «Eso era fácil, el asunto fue aprender a diseñar en serie, llevar la idea a producción, mantener el costo, el estilo, calcular la cantidad de tela», explica.
Ahorro de recursos. Para hacer el reparto, trazaban una ruta y, mapa en mano, para no perderse en barrios desconocidos, iban dejando disfraces en casas de cotillón y en jugueterías. Una bajaba a entregar y la otra esperaba en el auto, para hacer más rápido.

Dos errores
En su búsqueda de materiales buenos y originales, y ante la necesidad de reemplazar materiales que ya no se importan, intentaron fabricar sus propias telas por sugerencia de alguien que les aconsejó dónde y cómo hacerlo. Pero el desconocimiento les jugó una mala pasada y las estafaron.
Una vez se les inundó el taller y se mojaron cientos de metros entre cinta, puntilla y rollos de tela. Perdieron mucho, pero aprendieron: ahora no tienen ningún material en el piso sino sobre muebles y tarimas.

 

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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