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TEMAS DE LA SEMANA

Soldaditos de plomo: Un pasatiempo en miniatura

En el Antiguo Egipto las miniaturas de guerra engalanaban las tumbas importantes. Hoy, muchos adultos coleccionan ejércitos completos de soldados y armamentos.

Por Ayelén Iñigo
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Es un domingo de llu­via, pero eso no ame­drenta a los turistas que –como todos los domingos– se acercan a la histó­rica feria de San Telmo en busca de un típico fin de semana por­teño. Entre tantas antigüedades, adornos y cuadros, hay dos o tres puestos que llaman la atención de cualquiera que pase por delante: tienen sus estantes repletos de fi­guras de plomo como soldaditos, caballos, tanques y hasta señores feudales. Tanto grandes como chi­cos se acercan a mirar y curiosear, intrigados por un hobbie que sigue persistiendo en el tiempo: la colec­ción de miniaturas de guerra.

“Aunque parezca mentira, hay registros de que se encontraron soldaditos en el Antiguo Egipto, en un entierro funerario”, detalla Roberto Lodoli, un coleccionista y fabricante de miniaturas, dueño de uno de los puestos en la feria y practicante de este hobbie des­de 1999.

Se cree que el primer soldadi­to data de 2000 a.C. y que fue en­contrado en la tumba del príncipe egipcio Emsah. La figura estaba labrada en madera policromada, con lanzas de metal y escudos re­cubiertos de cuero. Apartir de ese momento, el invencible juguete logró persistir al paso del tiempo. Con el transcurso de las décadas fue adquiriendo diferentes usos y materiales: los hubo de made­ra, papel, hojalata, plomo y plás­tico. Sus fabricantes más famosos fueron firmas europeas, entre las que figuraban Britains, Charbens o Soldarma. En la Argentina, los pioneros aparecieron en 1930 con marcas como Mambrú y Birmania, que sirvieron de entretenimiento a los niños argentinos durante las décadas del 50, del 60 y bien en­trada la del 70.

Si bien la utilización más co­mún de estas figuras era la del di­vertimento de los chicos, pronto aparecieron coleccionistas que se fascinaron con estos juguetes y hasta fanáticos que los utilizaron para reinventar el juego bélico, de la mano del moderno Warga­ming (ver Juegos…). “El soldadito es parte de la cultura, de la nostal­gia de la infancia. Todos tuvimos un tío o algún familiar que tenía soldaditos, o nosotros mismos ju­gábamos con los soldaditos cuan­do éramos chicos. El coleccionis­mo gusta porque es una forma de resguardar una etapa muy linda, como la niñez”, opina Roberto.

El mundo de los coleccionis­tas de miniaturas es vasto y fas­cinante. En su mayoría se trata de hombres de entre los 30 y los 60 años que dedican su tiempo y su dinero a armar ejércitos, crear le­giones y recrear distintos escena­rios (llamados “dioramas”) como un campo de batalla o un Coliseo romano. La elección de los soldados es inter­minable y existen casi tantas op­ciones como personas que los co­leccionan. Hay figuras romanas, macedónicas, napoleónicas. Hay soldados de la Segunda Guerra Mundial, argentinos o británicos, sólo por nombrar algunos.

Guillermo Navalón, profesor de historia y fabricante de figuras militares, cuenta que “hay mu­chos que son colec­cionistas expertos de, por ejemplo, la época de Napo­león. Entonces por ahí te pi­den el solda­do de tercera línea de la ca­ballería napo­leónica y tiene que ser ése. Vos no podés hacer cualquier cosa. Entonces yo trabajo con bi­bliografía y con fotos o con cuadros de la época”. Navalón tiene su ta­ller montado en un departamento de Capital Federal, donde guarda todas las maquinarias y los elemen­tos para la fabricación de soldados y otros modelos militares.

El proceso de confección mo­derno se realiza con moldes de caucho, creados por un matrice­ro en base a la figura original del soldado). Luego, se utiliza un crisol donde se derrite el plomo, que tie­ne que alcanzar unos 500 grados de temperatura. El metal derretido va a una máquina centrífuga que gira a alta velocidad y vierte el plo­mo en el molde. Finalmente, se pro­cede a pintar la figura con la técnica del pincel seco (para las partes ex­ternas) y con el lavado de tinta (para los recovecos y las zonas más pro­fundas de la miniatura).

“A mí me encanta coleccionar, pero también me fascina la fabri­cación y la pintura de las figuras”, confiesa Juan Hernán, un coleccio­nista de 37 años que también tiene su propio taller de miniaturas. “Es un entretenimiento relajante que te hace pasar el tiempo, sobre todo en el momento de pintar. Disfruto de ver la figura terminada arriba de la mesa. Poder terminar un ejército y desplegarlo sobre un escenario es lo que más me gusta.”

Los precios de los soldados va­rían de acuerdo con el material de confección y a la época de fabrica­ción. Una caja con 10 figuras nue­vas puede rondar los $450, mien­tras que un solo ejemplar de un soldado Britains de 1950 sale $400. Soldados más antiguos –o más difí­ciles de conseguir– pueden llegar a valer más de $2.000 por unidad.

“Hay de todo un poco. Hay gente que sólo colecciona solda­dos nuevos romanos u otros que se dedican a encontrar figuras an­tiguas con más de 60 o 100 años desde su fabricación. Por ejemplo, yo tengo un cliente italiano, Ro­berto, que se hizo construir una casa al lado de la suya sólo para guardar su colección de miniatu­ras. Otros utilizan los soldaditos para los juegos de guerra o tam­bién nos han pedido figuras para hacer ajedreces temáticos”, expli­ca Guillermo Navalón.

Aunque no hay una gran orga­nización que nuclee a los coleccio­nistas de miniaturas de guerra, la mayoría de ellos se conocen y se encuentran en espacios comunes como la feria de San Telmo, donde compran, venden e intercambian muñequitos. Otro lugar al que re­curren es el Club del Soldado de Plomo, un grupo de coleccionis­tas de soldaditos de juguete, fi­guras modelo y amantes de la his­toria militar que están nucleados hace ya 40 años. Realizan reunio­nes mensuales que incluyen confe­rencias, visitas a museos o lugares de interés, exposiciones, concur­sos, remates de piezas y libros.

“Es lindo que se difunda este hobbie. No sólo para la gente grande, sino también para los chi­cos. Porque es un juego sano, que los saca de la computadora y que los ayuda a aprender historia”, re­flexiona Navalón mientras da casi por finalizado su día de ventas en la feria. Está tomando un café, pa­rado al lado de sus figuras y ha­blando con coleccionistas ami­gos. Llueve, pero la gente se sigue acercando. Un turista con cámara en mano y acento británico mira con detenimiento las miniaturas, un argentino regatea el precio de un autito de colección y una nena se acerca apurada y con los ojos grandes como monedas: “Mirá papá, ¡soldaditos!”.

 Juegos de estrategia

Aparte del coleccionismo, muchos aficionados uti­lizan las miniaturas también para jugar. Esta modalidad se llama Wargame y consiste en un juego de estrategia en donde cada jugador tiene un ejército forma­do por miniaturas que se enfrentan en un campo de batalla creado especial­mente para la partida. Al igual que sucede con el coleccionis­mo, en el Wargame se usan soldados de toda procedencia: puede lucharse con romanos, con combatientes de la Primera Guerra Mundial y hasta con figuras de fantasía como orcos. En la Argenti­na, el Wargame tuvo su apogeo a principios de los 2000, con grupos y clubes que organizaban torneos y encuentros mensuales. Sin embargo, el hobbie fue disminuyendo año tras año. En Eu­ropa, en cambio, es una modalidad que sigue en la cresta de la ola. Una de las últimas noveda­des surgió en Espa­ña de la mano de un nuevo juego llamado Infinity, donde los combates se producen con miniaturas futuristas y escenarios de ciencia ficción.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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Comentarios (1)
  • Alberto Fernando Graziano

    domingo 12, abril, 2015

    Excelente detalle sobre el origen de los soldaditos y sobre su fabricación, hay varios fabricantes, distribuidores y pintores en Argentina muy buenos, a nivel de Europa nada que envidiar. Gracias por dejarme opinar. Alberto desde El Escorial-Madrid

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