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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

Sobre imprevisiones y consistencias

La falta de planificación se revela en todas las áreas –desde las inundaciones hasta las negociaciones salariales docentes– y es común a los más diversos distritos. Algo similar se da también en el terreno político donde aún no están consolidadas ni candidaturas ni alianzas.

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Mientras se escribe esta columna se hace difícil escapar a lo que truena en las radios, la tele y las ediciones digitales de los diarios: desastre en La Plata, estragos en el Gran Buenos Aires, seis muertes por las inundaciones en Capital, donde por primera vez el agua tardó horas en bajar y se inundaron barrios que no se anegaban desde la década del 80. La “excepcionalidad” de los temporales ya no es tal. Existe un modo de relacionar lo que sucede en la ciudad con problemas que ocurren a escala nacional. Existe una manera distinta de abordar el problema de las inundaciones, especialmente en Capital, por un lado sólo en apariencia paradójico: las inundaciones como efecto de una prosperidad sin planificación. Boom de la construcción –que comenzó antes de la gestión de Mauricio Macri–, repavimentaciones que elevan el nivel de las calles y obstaculizan el drenaje de la lluvia, inmensos complejos que hacen de barrera sobre y debajo del suelo de la ciudad. La no planificación no es exclusiva de la gestión porteña. El largo conflicto docente bonaerense se relaciona al menos con tres distintos niveles de imprevisión, de corto, medio y largo plazo. El primero y más cercano problema de imprevisión fue la demora en el inicio de negociaciones con los gremios. El segundo la pasividad del gobierno de Daniel Scioli a la hora de ingeniárselas para ampliar la capacidad recaudatoria de su gobierno. El tercero es el problema fiscal estructural bonaerense que necesitaría de un acuerdo nacional en torno de la coparticipación. Ningún gobierno se atrevió o pudo a encararlo.

Las mieles de la prosperidad impiden prever problemas que luego se traducen en urgencias. Sucedió a nivel nacional con las demoras con que actuó el gobierno respecto de la baja en la producción de combustibles. Finalmente reaccionó, aunque tardíamente, con la recuperación de Repsol. Pero mientras Miguel Galuccio avanza en la incorporación de socios que tengan la capacidad inversora suficiente para explorar y extraer más gas o petróleo, la Nación este año volverá a hacer un esfuerzo inmenso para pagar la importación de combustibles. Algo similar sucedió con la inflación. Aunque sin mentarla, desde hace unos meses el gobierno comenzó a afrontar el problema con intervenciones puntuales como el congelamiento de precios, el lanzamiento de la Súper Card y el intento de suavizar las paritarias para que la suba de salarios no impacte en los precios. Se habla de que ya se registra una disminución de la inflación. No está claro que alcance con las medidas tomadas.

Almuerzos, alianzas

Contra la inflación y los conflictos docentes que persisten en varias provincias, el desastre de las inundaciones, la estampa de otro fin de semana largo con récord de salidas turísticas habla de un país que está lejos de afrontar una crisis profunda. Estos fines de semana de boom turístico son una imagen ya clásica de los tiempos kirchneristas, aún con dificultades económicas persistentes (mayor estrechez fiscal, déficit de la balanza comercial, entre otras). Mientras se apuesta al sostenimiento del consumo como política continuada del oficialismo, se acercan los tiempos de las primarias abiertas y simultáneas (quedan dos meses y algo para la presentación de listas) sin que la oposición haya remontado. Abundan los almuerzos entre dirigentes del peronismo no kirchnerista. Son demasiados nombres propios para poco mercado electoral: José Manuel de la Sota, Roberto Lavagna, Hugo Moyano, eventualmente Francisco de Narváez, los hermanos Rodríguez Saá y siguen firmas. El FAP, una vez más, discute sus alianzas: que si Pino Solanas, que si Elisa Carrió (con la que muchos, como Claudio Lozano, no quieren saber nada), que si el radicalismo. Sufre también discusiones internas serias acerca de su identidad, como las desencadenadas por la respuesta de Hermes Binner acerca de si en Venezuela hubiera votado a Henrique Capriles o a Hugo Chávez. Respondió que hubiera votado al primero y luego intentó explicar que la suya fue una respuesta “rápida”, generada por los vértigos de los tiempos mediáticos.

El radicalismo, que en Buenos Aires no hace tanto apostó por Francisco de Narváez y así le fue, por fin parece mirar definitivamente en dirección al FAP. A la vez es más que probable que sufra una nueva escisión: la de aquellos sectores, como el del intendente de San Isidro Gustavo Posse y antiguos aliados de Julio Cobos, que apostarán a una alianza con el PRO. El partido de Mauricio Macri sigue más o menos como siempre: fuerte en Capital (aunque habrá que ver hasta dónde se fragmentarán los votos en las próximas legislativas), con Miguel del Sel en Santa Fe y con el homofóbico Alfredo Olmedo en Salta. Como se ha reiterado en esta columna y coinciden todos los analistas: es poca cosa para una fuerza con aspiraciones nacionales.

Todo está como era entonces. La diferencia entre kirchnerismo y los demás es que, aun cuando a menudo el gobierno sale a apagar incendios de manera espasmódica, tiene un proyecto de gobierno que mostrar. La eventual ruptura de Daniel Scioli o Sergio Massa con el kirchnerismo era la esperanza del establishment para quitarle fuerza al oficialismo. Ya no parece que haya tiempo ni voluntad por parte de ambos dirigentes para aventurarse en proyectos riesgosos. Mientras tanto, incluso consultoras que trabajan para la oposición confirman que la presidenta remontó en las encuestas, incluso en provincia de Buenos Aires. Es más: esta vez, señalan los consultores, un conflicto como el de los docentes dañó más al gobernador que a la presidenta. Pero el kirchnerismo también recibe llamados de atención: aun con una participación baja y una diferencia estrecha de votos, acaba de perder las internas del PJ santacruceño. Acaso la novedad hable de una situación de precariedad de los armados oficialistas, muy dependientes de los vértices de poder, cuando esos vértices pierden el control del Estado o desatienden un territorio, en este caso emblemático.

A nivel nacional, sin embargo, y como se preveía hace tiempo, tal parece que aún en un escenario económico apretado el oficialismo recuperará en las legislativas unas cuantas bancas parlamentarias que perdió en 2009. Que eso alcance para resolver el problema de la sucesión presidencial o para apostar a una reforma constitucional es parte de una discusión que hoy aparece como prematura.

Fuente Especial para Diario Z
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