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TEMAS DE LA SEMANA

Soberanía energética: el desafío de YPF. Por Eduardo Blaustein.

Cristina retomó la iniciativa por enésima vez. Macri, solo y perdido.

Por Eduardo Blaustein
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La anécdota guionada, infantil y endeble de Mauricio Macri junto a la cuna de su hija indefensa. Por oposición, un anuncio fortissimo: la recuperación de YPF apoyada, según sea la encuesta, como mínimo por dos terceras partes de la sociedad.

El retroceso posterior del jefe de gobierno porteño, balbuceante; contra un apoyo en general al proyecto de ley en el Congreso superior al 80%. El día del anuncio presidencial, antes de que hablara la Presidenta, fue la lectura larga, compleja, demandante de atención, de párrafos fundamentales del proyecto. El día de su primera respuesta, quien se postula como estadista pero no le encara ni a los subtes, fue una obra para niños: la cara solemne, las frases declamadas como de vieja película argentina de los 40, las cejas levantadas. No hay que ver la serie Lie to me para saber cuando Macri versea.

Cristina Kirchner, que venía de afrontar unos cuantos problemas importantes, derivados de carencias en la gestión, retomó la iniciativa por enésima vez y recuperó puntos en las encuestas. Mauricio Macri, que venía de desdibujamientos, de inconsistencias, de tarifazos, del papelón de su fuga en pleno temporal, y de la suerte de contar con protección de los medios que en buena medida consumen sus votantes, quedó más bien solo y perdido.

Y sin embargo, por trascendente que sea la decisión oficial de recuperar el control de YPF, se trata sólo de la fotografía del escenario político de unas semanas. La verdadera proyección -tanto como el distanciamiento sobreactuado de Macri- sólo se sabrá en un tiempo más largo cuando se vea cómo actúa el pingo estatal en la cancha petrolera. Es cierto que la decisión de Cristina sintoniza con viejas memorias e identidades argentinas, en las que el recuerdo de la YPF estatal combina componentes racionales y afectivas. También es verdad que la necesidad imperiosa de la soberanía hidrocarburífera es asumida en casi todo el planeta y es o supo ser revindicada por nuestros grandes partidos políticos. Incluso cuando el peronismo en versión menemista (en dos etapas que fueron muy distintas, la segunda explicable por mera urgencia fiscal) privatizó la empresa, en la cresta global de la hegemonía neoliberal, se trató de la privatización más escandalosa, la más cuestionada.

Con alguna dosis de picardía o de oportunismo que enfurece a los radicales, el oficialismo, que no es generoso en sintonizar con otras fuerzas, reivindica ahora las figuras de Mosconi e Yrigoyen. A su vez los radicales dicen sentirse a salvo de las (horribles) decisiones tomadas por el menemismo, pese a la franca campaña del lápiz rojo ajustador que había desplegado Eduardo Angeloz en las elecciones del 89 y pese a que los gobernadores de la UCR convalidaron la privatización de YPF. Como intentando ponerse por encima de esas pequeñeces entendibles en política, Cristina hizo bien en agradecer que radicales, socialistas y otras fuerzas hayan decidido apoyar el proyecto de recuperación en general. Hay que valorar que para tomar esa decisión esas fuerzas debieron saldar debates internos durísimos y el santo temor al establishment mediático, que de hecho las criticó. En la UCR están los que prefieren la alianza con el PRO y los poderes concentrados y los que aún apuestan a construir una identidad partidaria alternativa.

No cabe duda de que la decisión tomada por la Presidenta se inscribe en el tope de las medidas y políticas más trascendentes registradas desde el ascenso del kirchnerismo, todas encaminadas a recobrar autonomía política y económica para el Estado, de cara a un proyecto de desarrollo con inclusión.

Cabe anotar una suspicacia: el radicalismo, que hoy apoya esa iniciativa preguntando «quién puede sorprenderse; está en nuestra historia», no planteó en campaña electoral o en el Congreso algún proyecto semejante. A la vez, radicales, socialistas, incluso María Eugenia Estenssoro, tienen razones poderosas para mostrar su bronca cuando impugnan el acumulado de la política petrolera del kirchnerismo.

Petrolera, aclara el que escribe, antes que energética. Porque la gestión de Julio De Vido fue eficaz a la hora de sostener e incrementar la capacidad de generación y transporte eléctrico, en un contexto de bruta recuperación productiva: más fábricas, millones de automóviles y camiones nuevos en las calles y rutas, el consabido híperconsumo desde los aparatos de aire acondicionado a los plasmas. Si en julio de 2000 se llamaba «pico de demanda» a 13.754 megavatios, a fines de 2010 el pico ascendía a los 20.209 megavatios. Que las fábricas pudieran funcionar, que no colapsara el sistema como se profetizó y que los sectores populares puedan viajar barato hasta el día de hoy fue posible también por los años de tarifas bajas y de subsidios estatales… hasta que esa misma política llegó a su techo.

Si Repsol bajó a lo pavo sus niveles de exploración y producción y si el Gobierno en algún momento ignoró ese comportamiento (o fue «cómplice»), es posible conjeturar, ya que el Gobierno calla las razones, que lo hizo como prenda de negociación mientras impuso precios bajos a la multinacional medio española. Así fue hasta que el año pasado la baja de la producción (que no corresponde sólo a Repsol) impactó en las célebres importaciones por 3.500 millones de dólares. Y ahí también vino el encontronazo con el grupo Petersen, también callado desde el oficialismo. Ése es en rasgos extremadamente simplificados el tramo de película del que venimos. Lo crucial es lo que sigue, la capacidad de gestión que vaya a tener el Estado ante el desafío que significa hacerse cargo de una empresa de enorme complejidad (que no abarca sólo los hidrocarburos y que incluye firmas y sociedades que no operan en el país). Es propio del kichnerismo aprobar materias tales como «iniciativa», «sensibilidad con lo social», «audacia», «capacidad reparadora». No siempre pasa lo mismo cuando se trata de la implementación específica de algunas políticas. De cara al desafío de gestionar bien, dos expresiones empleadas por la Presidenta deberán hacerse realidad en la gestión: sintonía fina y profesionalización. No estaría mal, además, abrir oídos a las propuestas de la oposición respecto de los controles que debe haber en el manejo de la empresa, la vigencia de ciertas arquitecturas jurídicas noventistas o la necesidad de adoptar una política estratégica que va más allá de la bienvenida recuperación de YPF.

DZ/km

Fuente Especial para Diario Z
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