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Sin filtro: ¿Realmente es un error mandar un mensaje a otro destinatario?

Unas buenas y otras malas, Vera Killer cuenta experiencias de chat que fueron a parar a dónde no tenían que llegar. Lo que se quiere decir y no se dice, al final siempre sale. Ojo.

Por Vera Killer
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Yo no creo en la mala suerte ni en los errores. Todo pasa por algo. Cada moco que nos mandamos y creemos que fue una equivocación, en realidad es por un motivo. Nada de lo que decimos *se nos escapa*, nunca quedamos al descubierto en una mentira por *fatalidad*. Soy hija de psicólogos, échenles la culpa a ellos si quieren seguir con excusas al cuete.

Estoy muy abstracta, voy más al grano. Esta semana sucedieron dos situaciones de chats enviados al destinatario que justo no era. ¿Casualidad? No lo creo. Yo estoy involucrada en uno de los casos y mis amigos María Paula y Félix en el otro. Voy a empezar con el que tiene final feliz, así junto coraje para contar el menos decoroso.

María Paula es mi amiga hace siglos, tenemos unas de esas relaciones mega comunicativas en la que nos contamos todo, todo el tiempo. Me caí en la calle, estoy en el chino comprando cerveza, voy a hacer pastel de papa y así. A Félix lo conozco casi nada, es un colega (periodista, no columnista de sexo, eh) que me cae bien. Un día terminamos los tres en el mismo bar y ellos tuvieron, como decirlo sin que suene pavote, onda. Eso. Intercambiaron números de teléfono.

Me sentí Roberta Galana. Cada vez más, de hecho, porque María Paula me iba contando cómo y cuánto se comunicaban. Fue un rally meteórico de “me llamó y hablamos mil horas”, “me mensajeó esta mañana, qué divino” y finalmente hubo un “me contó que tiene problemas en el trabajo”. Pasó un rato, sonó mi teléfono y ahí me enteré del *fallido* de mi amiga, que considero genial.

“Que embole, nos vimos sólo una vez, es la etapa de seducción, y en vez de decirme cosas alegres, habla de trabajo, intento levantar la cosa y no agarra, ese perno depresivo de problemas laborales me deja muda, pero igual aún tiene chances”. Ese audio de whatsapp era para mí, pero por supuesto María Paula se lo mandó a Félix.

La parte en la que mi amiga creía que podía borrar en el éter el mensaje antes de que él lo reciba, y las pruebas absurdas que me hizo hacer con audios que, obvio, siempre llegaban a destino, la resumo. Cuando María Paula dejó de estar avergonzada, entendió que por algún motivo se confundió de ventana y consideramos, en una charla a las carcajadas, que bueno, era algo que había que decirle al muchacho este, que venía muy pum para abajo. Félix acusó recibo, en todo sentido, y como es un tipo vivo se murió de risa.

No fue tan feliz mi historia. Henry, mi chico hermoso que me abandona y vuelve, al que abandono y vuelvo, fue el que *equivocó* el destinatario. Primero me mandó un whatsapp muy cariñoso, con foto medio en pelotas, es tan sexy, y un textito que decía “buen día, bella, qué ganas de encontrarte”. Ñññññ. Pero no llegué a contestarle porque al segundo me entró un chat de FB en el que le escribía a otra lo siguiente: “me quedé dormido anoche, por eso no llamé, nos podemos ver a la tarde, linda”.

Por lo menos yo soy bella y la otra es linda. Peor sería que nos dijera igual. Con Henry no tenemos un compromiso de fidelidad, pero sí de mutuo cuidado. No me molestó tanto el contenido del mensaje (la dejó plantada, de hecho). Lo que me pareció un horror es que mandara los dos a la vez, y que sea tan atolondrado de no darse cuenta de a quién le dice qué. Y sobre todo que falte a su palabra, y no me preserve. Lo mandé a freír churros, claro.

María Paula y Félix quedaron en cenar en estos días, y creo que el desliz de mi amiga colaboró mucho para que se relajaran y comenzaran a relacionarse menos estructuradamente. Les auguro diversión. Henry me llama y escribe sin parar, explica que fue *un error*, *mala suerte*. No creo en eso, le dije. Y ahora, con respecto a él, me siento en la Antártida.

Hace mucho, cuando recién nos conocimos, la que equivocó el destinatario fui yo. Llevábamos semanas largas de histeria, nos vimos en un bar,  y se fue sin que pasara nada. Desde la barra le mande mi mensaje de rigor a María Paula, que decía: “Si con este lenteja no nos revolcamos mañana mismo como máximo, lo descarto para siempre”. Obvio que le llegó él, porque mi inconsciente trabaja para mí. ¿Te acordás, Henry, cuando volviste al instante, con el celu en la mano, muerto de risa, y me diste el primer beso? Fue hermoso.

DZ/dp

Fuente Redacción Z
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