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Si dicen no: sólo insistir con cachonda dignidad

¿Quién se le niega a Vera Killer? La columnista cuenta que a ella nadie le niega nada, salvo uno… una vez.

Por Vera Killer
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A  mí, en general, nadie me niega nada. Las cosas que deseo suelen suceder. No es que sólo desee lo que sucede, eh. Sin necesidad de pedido o negociación, si quiero algo, pasa. Es así. Siempre fue así. Hablo de sexo, claro. No voy a ruborizarme al decir esto, porque es la verdad, pero soy bastante infalible y a la hora de revolcarnos no hay hombres que me hayan dicho “no”. No quiero mentir, me corrijo: no hay hombres que me hayan dicho “no” y lo hayan podido sostener mucho tiempo.

Yo entiendo, claro, cuando un varón quiere correrse del rol en el que siempre tiene que estar dispuesto. Y no recibo de esas negativas porque tengo sentido de la oportunidad. También concibo el “ahora no” que se da en el contexto de una pareja estable, aunque eso tampoco me pasa porque soy solterita y sin apuro.

Los únicos “no” posibles en mi paradigma nunca son por falta de deseo, porque siempre me desean. Me han rozado algunas pocas negativas en mi vida y puedo enumerarlas. Son éstas dos.

La primera vino de parte de un viejo amigo con beneficios con el que manteníamos una candente y divertida rutina desde hacía años. El que llamaba invitaba al otro “a ver una peli” en su casa y nunca se llegaba con la ropa puesta más allá del minuto cuatro del film en cuestión. Esa vez nos dimos unos besos y cuando quise desabrochar su pantalón me detuvo. Se incorporó y dijo que estaba de novio, que no podía. “¿Y para qué me invitaste?”, le pregunté. “Quería contarte”, contestó, mientras se tapaba la erección. Ese tipo de “no” histérico, turbio, poco claro, me desanima realmente. Así que no quise nada más y me fui a terminar la noche con un chico menos conflictuado, que por norma es siempre más divertido que uno ambiguo.

El segundo y último “no” está sucediendo ahora. Me lo dice un amante con el que tengo una relación intensa y provocativa. Es alto, morocho, silencioso y no sé mucho de su vida. Nunca fui a su casa. Vino pocas veces a la mía. Nadie nos ha visto juntos. El sexo con él es infernal y lo tengo en mi mente todo el tiempo. Más que nada, estos últimos días.

Hace una semana mi morocho juega a la negativa. Me desviste, pero se deja la ropa puesta. Me toca un poco y cuando quiero agarrarlo se aleja. Me mira fijo con sus ojos achinados y niega con la cabeza. Ya casi no hablamos, nuestra conversación es una provocación.

Ayer fue distinto. Cuando estaba a punto de enloquecer, no recibí su “no, todavía” que venía quemandome las entrañas. Con su mano dentro de mi ropa interior, dijo “mañana”. Lo estoy esperando en este momento. Pienso en él y me lleno de mariposas. Suena el timbre, vibro. Siento cómo se me están aflojan los huesos ahora. Cuando deje de temblar voy a ir a la puerta. Ya nadie me dice que no. Chau.

Fuente Redacción Z
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