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TEMAS DE LA SEMANA

Sexo urbano: nocaut al sexismo

La inconducente pelea entre machistas y feministas. Por Juan Carlos Kusnetzoff.

Por Juan Carlos Kusnetzoff
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Ni tanto, ni tan poco. Nada de machistas, nada de feministas. Cuando se presentan estas posiciones radicales e intolerantes, es difícil que la relación de pareja se esta­blezca en términos benignos.

De un lado y del otro se sobrevaloriza el pene. Tanto que hoy ha entrado en la categoría de mito. Machistas y feministas señalan y atacan las debilida­des del otro sexo, entrando de ese modo en el en­gaño claramente neurótico de negar las propias. In­sistir en el predominio de un sexo sobre el otro es un camino incon­ducente.

Hay muchas mujeres que son ellas mismas machistas. Y son quienes terminan por contribuir de manera directa a la persisten­cia de la misoginia masculina. Es común que muchas se quejen amargamente de que los hombres las con­sideran objetos para el placer. Pero lo que no advier­ten, o no quieren advertir, es que una persona se siente objeto cuando ella misma se ofrece como tal.

Hay adolescentes que, a fuerza de persistencia del machismo, heredaron el trato dispar hacia sus pares femeninas. Las nuevas generaciones de muchachas y muchachos hoy sostienen las relaciones sexuales de un modo desaprensivo. La enorme cantidad de em­barazos adolescentes no deseados nos habla de sexo sin protección. Es decir, que estamos tratando con adolescentes varones que tienden a valorizar la expe­riencia previa de su compañera sexual, pero sin em­bargo no la cuidan usando preservativos.

Hay cierta irresponsabilidad por parte de padres, educadores y autoridades sanitarias, que en su tarea de inculcar valores a los más jóvenes, trasmiten mo­delos poco igualitarios de género, cuando no ado­lecen -ellos también- de todo marco ético. Resulta muy difícil referirse a los valores y estilos posmoder­nos de la población adolescente. Su variabilidad, mu­chas veces extrema, de emociones y conductas, su rebeldía en el intento de ser originales y la poca o ninguna influencia de los adultos que los rodean lle­van a perpetuar ideas distorsionadas y retrógradas. Por eso, las mejores y más adecuadas campañas de concientización deberían ser lideradas por personas que no tengan más de cinco o seis años de diferencia que aquellos a quienes están dirigidas. En estos ca­sos, los que explican y enseñan sería pares, no adul­tos. Porque ya sabemos que expresiones como, «En mi época, tal o cual cosa», no ayudan en absoluto.

Hay también, en pleno siglo XXI, hombres «machos» que no permiten a sus compañeras, es­posas, amantes o concubinas concurrir al consultorio de un gi­necólogo, mucho menos si éste es varón. De este modo, la elec­ción del profesional se realiza discriminatoriamente y no por su idoneidad. Como consecuencia, el cuer­po de la mujer se pone como botín de una batalla sin sentido.

Hay, tristemente, varones que no perciben que pueden ser perfectos machos sin someterse a la di­cotomía «machismo-feminismo».

Hay, lamentablemente, mujeres que no saben sentirse hembras sin antes doblegarse a las presiones sociales del sexismo.

Lo que quiero decir con estas líneas es muy sim­ple: cuanto menos machistas y feministas seamos mucho más machos y hembras seremos. Teñidos, impregnados en nuestros intercambios cotidianos de afecto y sensibilidad mutuos.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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