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TEMAS DE LA SEMANA

Sexo urbano: El tiempo no se vende en la farmacia

Durante el proceso de duelo, el cerebro debe ‘reacomodarse’.

Por Juan Carlos Kusnetzoff
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Denominamos duelo al proceso que sigue a una pérdida. No sólo está vinculado con una muerte, como se puede creer inicialmente. Las pérdidas pueden ser de empleo, de ilusiones muy anheladas, de fracasos de noviazgos, de dinero por fracasos de negocios, o por conductas negativas de amigos queridos.

Por ser un proceso, el duelo se extiende en el tiempo. Los pueblos primitivos siempre supieron que el duelo por la pérdida de un ser querido duraba aproximadamente dos años. Inicialmente el dolor y la tristeza ocupan buena parte de la vida de la persona que sufre. Generalmente impide efectuar el trabajo habitual, o perturba el aprendizaje. En muchos casos, el llanto se vuelve frecuente. A grandes rasgos, esto ocurre frente a la pérdida de un ser querido muy allegado. El tiempo, y sólo el tiempo, va amortiguando el dolor y lentamente, en un plazo muy variable, todo vuelve a su ritmo normal como era anteriormente a la pérdida.

Si bien la estructura del duelo es la descrita, no siempre tiene la intensidad y la manifestación externa del dolor interior. Dependerá de la pérdida y los contextos emocionales.

Uno de los duelos más frecuentes es producido por el abandono, la separación o la pelea, luego de una relación de pareja que se extendió durante algunos años. Después del impacto inicial, con dolor, tristeza y cierto desconcierto, él o ella intentan rearmar la vida solos. Se comienza nuevamente a asistir con amigos o solos a boliches, a discotecas o a espectáculos. Han pasado algunos meses de la separación y se vuelve a tener relaciones sexuales. Lo más frecuente es el fracaso en la cama: Pérdida de la erección en los hombres, dificultad orgásmica o molestias en las mujeres. ¿Por qué? Es un proceso neurológico. Durante cuatro o cinco años, el cerebro, que se mueve con reflejos, se activó y se adaptó a una secuencia repetitiva: un determinado aroma, una determinada situación específica de caricias, de besos y palabras. La repetición de esos estímulos aceleraba la excitación sexual y el final anhelado se presentaba. El cerebro tenía un automatismo que garantizaba todas las secuencias necesarias para la erección y el orgasmo.

Luego de meses de la separación, los reflejos tienen otra secuencia. El cerebro busca la anterior y, lógicamente, no la encuentra. Resultado: falta de erección o de orgasmo. Consecuencia habitual: desesperación, angustia y creer que, nunca más, se podrá ser feliz. Este tipo de pensamiento agrava la situación, al no tomar en cuenta la necesidad de pasar de la secuencia instalada durante algunos años, a una nueva. Estéticamente. el hombre o la mujer nuevo puede ser mejor, pero el cerebro no sabe de eso. El automatismo necesita «instalaciones» nuevas que llevan su tiempo.

Los jóvenes que han roto una convivencia de años, luego de la separación, desean fuertemente reanudar la vida sexual. El deseo es intenso, pero no se traduce en la fisiología genital acostumbrada anteriormente. Lleva tiempo. Y no siempre el joven tiene tiempo. La ansiedad del desempeño es intensa y conspira contra el resultado esperado. Pero el tiempo no se consigue en ninguna farmacia.

DZ/rg

 

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