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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

Ser joven en la Argentina. Por Reynaldo Sietecase.

La debilidad del Estado, las fallas en la educación y la falta de contención familiar.

Por Reynaldo Sietecase
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Los jóvenes fueron los grandes pro­tagonistas de esta semana. En los festejos por el Día de la Primavera, en los distintos parques de la Capi­tal Federal, hubo setenta y cuatro heridos. Al­gunos de ellos con armas blancas. En gene­ral, los enfrentamientos tuvieron como origen el ataque de bandas organizadas que concu­rrieron a los festejos con el objetivo de robar mochilas, camperas, zapatillas y celulares. intervención de la Policía Federal, aunque tar­día, evitó que los incidentes fuesen mayores. fiesta popular organizada por el Gobierno de la Ciudad por poco no terminó con una víctima mortal. El SAME, el servicio médico porteño, funcionó con eficacia en la atención de los chicos lastimados. Con todo, la presen­cia del Estado fue débil y no logró prevenir lo prevenible. No se pudo evitar el consumo de alcohol. La venta de bebidas ilegales a me­nores tiene restricciones demasiado flexibles. Los pibes que deciden emborracharse reem­plazan sin mayor problema a los kioscos por los supermercaditos chinos.
Más allá del regodeo insoportable de los canales de noticias con las imágenes de pe­leas en los parques, lo que pasó el martes debería abrir un debate profundo. Los jó­venes, habitualmente exhibidos sólo como victimarios, son el segmento etario más ex­puesto a la violencia. La mayoría de los de­litos se comete contra menores de 25 años. Los pibes suelen estar en las dos puntas del delito. Y no alcanza para explicar este fenó­meno el aluvión de chicos que no estudian ni trabajan. Cuatrocientos mil sólo en la pro­vincia de Buenos Aires, según confesó en su momento el gobernador Daniel Scioli. Quién sabe cuántos en la Capital. La marginalidad y el desamparo son buen caldo de cultivo de la violencia. Muchos de los actos de agre­sión y rapiña que se han hecho habituales en los últimos años: la patota que ataca y gol­pea a un chico para robarle la ropa o el te­léfono son protagonizados también por pi­bes de clase media. Esos ataques, además, dejan una imborrable secuela de impoten­cia, bronca y rencor en la víctima que sólo una cuidada orientación familiar puede miti­gar. La familia y la escuela siguen siendo los mejores espacios de contención para poten­ciales agresores y eventuales agredidos. Una colega me comentó esta semana que su hija le habló de unos grupos de pibes xenófobos que «salen a patear a bolivianos». Así lo lla­man: van a lugares donde suelen ir a bailar inmigrantes y los patean o los apuran para provocar una pelea. Es fundamental que los chicos defiendan sus escue­las, ese espacio clave para la forma­ción e integración. Por lo pronto, bas­ta de asustarse porque los alumnos hacen política. La militancia políti­ca es contradictoria con el lumpenaje.
Y las preguntas inevitables: ¿por qué el Estado falla cuando más se lo necesita?, ¿por qué sólo responde con re­presión? Cuando escribo Estado no me re­fiero a la policía. Más y mejor transporte público desde y hacia los lugares de diver­sión, mejor iluminación, más control de las condiciones sanitarias y de seguridad de esos mismos lugares, castigo a los adul­tos que promueven el delito entre y con­tra menores son apenas algunas variantes. Una mayor presencia de asistentes socia­les, guardia urbana, docentes y otros em­pleados públicos ¿no habrían logrado limi­tar los desmanes del martes? ¿Inspectores a la caza de vendedores de alcohol no hu­biesen dado una señal contundente? ¿Qué sociedad estamos construyendo? ¿Qué ha­cemos para cambiar lo que sabemos que está mal? ¿Qué ejemplo les damos? ¿Prepa­ramos a nuestros hijos para cambiar lo que nosotros no pudimos? Mientras tanto, los que siguen poniendo el cuerpo son ellos.
102
La última dictadura militar se ensañó con los niños con el argumento de «salvarlos de la amenaza comunista». En la misma sema­na en que terminaron las tomas de colegios en la Ciudad de Buenos Aires y un día antes de los incidentes del Día de la Primavera, las Abuelas de Plaza de Mayo anunciaron la re­cuperación de la identidad del nieto 102. Se­gún se supo se trata de un joven abogado hijo de una pareja de militantes de la agru­pación Montoneros: María Graciela Tauro y Jorge Daniel Rochistein fueron detenidos en 1977 y desde entonces permanecen desapa­recidos. Después de estar alojada en la llama­da Mansión Seré, Tauro fue llevada a la ESMAdonde tuvo a su hijo. El caso no fue sencillo, según lo explicó la presidenta de Abuelas, Estela de Carlotto. El muchacho no quería hacerse la extracción de sangre para deter­minar su ADN y todavía no acepta su identi­dad. El juez federal Rodolfo Canicoba Corral, después de que fracasaran algunos análisis, lo convocó a su despacho y, una vez allí, le pidió al joven que le entregara unas prendas. Las muestras obtenidas de esas ropas permi­tieron la identificación de la familia.
«Hay que darle tiempo, nosotros lo esta­remos esperando», me dijo Alejandro Pedro Sandoval ese día y recordó: «Yo también me negaba, pasó mucho tiempo para que pu­diera aceptar mi historia. Tenía sólo una ver­dad. Ni siquiera sospechaba que era adopta­do y defendía a las personas que me habían apropiado porque no me imaginaba el sufri­miento y el dolor que vivía mi familia de ori­gen». Alejandro es el nieto recuperado núme­ro 84 y, como otros jóvenes que recobraron su identidad, tuvo que superar el shock inicial. «Mi historia de infancia fue buena, tuve una buena crianza y eso lo dije en el juicio que ter­minó el año pasado (con una condena de 16 años de prisión para el apropiador, un oficial de Gendarmería)». contó que tam­bién se opuso a que le extrajeran sangre. In­cluso «en el primer allanamiento mi apropia­dor me avisó cuándo lo harían y me dio un peine y ropa suya para que se llevaran». Fi­nalmente el allanamiento se hizo otro día y se pudo determinar la identidad de Alejan­dro quien, además, aceptó hacerse el ADN. El poeta chileno Mauricio Redolés relata un cuento chino a la medida de la tragedia que vivimos los argentinos. «Un tipo empieza a perder la memoria. La familia nota el mal y lo lleva al doctor. El médico no sabe qué ha­cer y el hombre empeora. Nadie puede curar­lo hasta que aparece un curandero que dice que lo tratará con éxito. El curandero pide a la familia que lo deje a solas con el hombre du­rante un día. Al cabo de la jornada, el pacien­te ya estaba en vías de sanar. Lo último que recuerda el hombre en este proceso de re­cuperación de la memoria es justamente que había perdido la memoria y que un curande­ro milagroso lo había ayudado a recuperarla. Entonces furioso entra a su casa a buscar un machete y sale en busca del curandero.» Tra­tamos de olvidar que olvidamos. La memoria es peligrosa y, a la vez, indispensable.

Fuente Especial para Diario Z
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