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TEMAS DE LA SEMANA

Senegaleses en la Ciudad: Dakar-Buenos Aires no es un rally

Llegan empujados por la mala situación económica en su país, y la mayoría como refugiados. Se ganan la vida vendiendo bijouterie en las calles de Once y buscan adaptarse en precarias difíciles mientras luchan con la barrera del idioma. 

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Massar Ba, licenciado en Ciencias Políticas, llegó en el ‘95 y siguió estudiando. Massar Ba, licenciado en Ciencias Políticas, llegó en el ‘95 y siguió estudiando.
Cheik Gueye_musico senegales Cheik Gueye_musico senegales
Mapa de Senegal Mapa de Senegal
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A premiados por las condiciones económicas en su país, una multitud de senegaleses llegó a la Argentina en los últimos años. Su presencia ya es parte del paisaje urbano, pero siguen luchando por su integración.
Paco es tímido. Usa bermudas beige a cuadros, gorra con visera y un collar dorado que cuelga sobre la remera verde. Contesta serio. “¿Mi nombre?”, repregunta y responde: Paco. Entonces una amplia sonrisa le ilumina la cara. “En realidad, me llamo Abdoulaye, pero a los que no son mis paisanos les digo que me llamo Paco, para que me entiendan.”
Abdoulaye es uno de los tantos senegaleses que trabajan en Once, la zona preferida por quienes llegan a nuestro país. Allí, despliegan sus multicoloridos puestos ambulantes, dispuestos uno al lado del otro, en perfecta armonía. Por eso, el barrio fue apodado pequeño Dakar. Lo que empezó siendo venta ambulante de bijouterie se fue diversificando. Hoy, sus puestos son polirrubros: anteojos de sol, relojes, billeteras, pañuelos, aros, gorros. Paco vende relojes y cadenitas sobre una mesita improvisada, y billeteras en una manta desplegada en el suelo. A quince metros de él trabaja su hermano mayor. “Él vino primero. Yo llegué hace nueve meses, porque Senegal está muy mal en lo económico. Y en la Argentina hay libertad. Yo puedo trabajar acá”, explica.
A los recién llegados no les resulta fácil insertarse en el mercado laboral y conseguir trabajo en su especialidad. “Soy electricista, pero acá no tengo documentos para trabajar. Por eso tuve que salir a vender”, explica Abdoulaye.
El idioma es una de las barreras más fuertes para la integración. En Senegal se hablan múltiples dialectos, entre los cuales predomina el wolof. Por su pasado colonial, muchos, además, dominan el francés. El español es una lengua extraña que deben aprender para sobrevivir en la jungla porteña. Quienes tienen el estatus de refugiados reciben becas para aprender español en el Laboratorio de Idiomas de la UBA, a través de un programa de ayuda del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Pero la mayoría deben aprender a hablar castellano a los tumbos por boca de sus ‘hermanos’ o ‘paisanos’, como se llaman entre ellos.
Junto a su puesto de mercadería, Fallou no puede contener sus ganas de hablar. Se mueve, gesticula, ríe. Todo en él está encendido, como su radiante remera amarilla y la multitud de cintitas tricolores con la inscripción Senegal que cuelgan de sus brazos. Las palabras luchan por salir de su boca. Pero sólo habla wolof. Para hacerse entender se comunica en inglés. “Castellano, más o menos yo”, se excusa. Sólo conoce los términos necesarios para poder vender una billetera o uno de los relojes que tiene sobre el mostrador. Como muchos de sus compatriotas, llegó solo y debió dejar a su familia. Lo que más le costó fue dejar a su esposa, que quedó en Senegal. “Amo a mi esposa. Es una bendición de Dios”, comenta emocionado y asegura que “no salgo con chicas. No me gusta tener citas. Amo a mi mujer y me comunico a diario vía skype o internet”.
Hace un año, Fallou practicaba karate en Senegal. Acá tuvo que aprender el oficio de la venta callejera. Como la mayoría, fue ayudado por “otros paisanos”, que les explicaron los secretos del comercio callejero. Pero la actividad no es sencilla. “Ahora trabajo hay poco. No vendo mucho”, dice Fallou, quien explica que “todos los días trabajo y camino, pero no tengo dinero. Es muy difícil”.
La ausencia de un consulado senegalés en el país es un problema extra. La residencia “hay que tramitarla por Brasil o por la embajada de Nigeria” señala Massar Ba, director ejecutivo de Casa África, una ONG encargada de la problemática africana, que asesora a inmigrantes de ese continente. Por este motivo, muchos senegaleses viajan primero al Brasil para luego instalarse en la Argentina.
La mayoría de los senegaleses son musulmanes. Fallou sostiene que “todos los africanos aman a Ahmadou Bamba (un asceta pacifista), el jefe de los musulmanes” y explica que esa devoción se debe a que “los negros eran esclavos y Ahmadou Bamba luchó por ellos y por todos los africanos. Por eso todos los africanos lo siguen”. En Buenos Aires, va “a dos mezquitas, una en Palermo y otra sobre avenida San Juan”. Como en Senegal, en Buenos Aires todos los años celebran un Gran Magal Touba, “una celebración muy grande, donde bailamos, cantamos, comemos”, en la que se conmemora la partida al exilio de Ahmadou Bamba, obligado por la administración colonial francesa.
En general, quienes llegan son hombres solteros, que luego convencen a otros para venir. Massar explica que “el varón empieza dando el primer paso. Después traen a las mujeres, los hijos y familiares”. Gran parte vive en pensiones o habitaciones compartidas en Once, Liniers, Flores y Constitución.
Cerca de la medianoche de un lunes, en el restorán Cervantes de Perón y Riobamba, Youssou espera frente al mostrador la paleta con papas fritas que encargó. Es bajito, de pelo corto y sonríe casi sin parar. Conoce bien los bares del centro: está todo el día caminando con su maletín repleto de bijouterie que ofrece en la calle. “Necesitaba trabajo. Un paisano me explicó lo del maletín y así empecé. Y me va bien. Vendo en la calle y bares. Muchas veces me echan. Y al principio tuve problemas con la policía. Pero ya fui aprendiendo dónde puedo estar y dónde no”, expresa. Vive con su hermano frente al Cervantes en una habitación que le alquilan a “un chino por 1.300 pesos por mes”. Su trabajo le consume casi once horas diarias: a las nueve de la mañana va a comprar bijouterie en un mayorista de la calle Uriburu y termina cuando el microcentro dejó atrás su bullicio.
“Para salir a vender, tenés que comprar, comer y dormir. Y para todo necesitás plata”, señala Paco, que vive en un hotel de Once una habitación compartida con dos compatriotas por la que les cobran 2.000 pesos. “Es caro”, remarca, y esto dificulta obtener un sobrante de dinero para enviarle a la familia que se encuentra en Senegal, una práctica común entre los senegaleses. “En Senegal se vive con unos 500 pesos por mes”, explica Youssou, quien se queja porque “si tengo 10 pesos para mandar a mi familia en Senegal, la banca se queda con 5 pesos. ¿Por qué? Eso está mal”. Youssou se indigna por el maltrato: “La gente es medio racista. No entiendo por qué. Por más que seas blanco o negro, todos hacemos lo mismo. Entonces, por qué la gente discrimina. Eso no está bien”.
Massar Ba tiene una historia diferente, y muchos años más de residencia. “Fui uno de los primeros inmigrantes en llegar acá de un país africano en la actualidad.” Eso fue en 1995. Remarca la palabra ‘actualidad’ para recordar que sus antepasados fueron usados como esclavos durante la colonia. Como muchos de sus compatriotas, entró al país como refugiado, a pesar de no ser perseguido político. “El status de refugio es el que le dan a las personas cuando vienen y piden radicación. Antes de darte la documentación te dan la (residencia) precaria. Es un documento provisional que dice que uno no tiene antecedentes”. En Senegal se recibió en Ciencias Políticas y Sociales. Aquí continuó sus estudios universitarios. Eso le permitió integrarse de forma más orgánica y tener un trabajo en hotelería. Además, integra Casa África, cuya “principal actividad tiene que ver con la regularización inmigratoria y con el asesoramiento jurídico y legal, porque la mayoría de los senegaleses están vinculados con el comercio ambulante y a veces tenemos inconvenientes con la Policía y la Municipalidad. A veces se llevan la mercadería de los vendedores, y nosotros intervenimos para que se los absuelva, se les devuelva la mercadería y, en todo caso, se les aplique una multa que no sea tan exorbitante”. Sin embargo, ve similitudes entre Buenos Aires y la capital de su país. “Dakar es una ciudad muy cosmopolita, con muchos extranjeros. Y es parecida por el movimiento diurno, la gente, los comercios. Tienen muchas cosas en común”, señala Massar.
Lo mismo opina Cheikh Gueye, otro caso atípico entre los inmigrantes. Él llegó de Dakar en 2006 con su djembé a cuestas y no paró de tocar y dar clases de percusión y danza. Así conoció a Santiago Vázquez, director del conjunto de percusión La Bomba del Tiempo, quien lo invitó a tocar en el grupo que actualmente integra. Además, los lunes anima un ciclo de fiestas africanas en un boliche del Abasto que explota al ritmo de Cheikh y el grupo La Semilla de la Cultura Africana.
“Vivo de la música. Yo tengo papeles y estoy más tranquilo para hacer mis cosas en Buenos Aires”, señala orgulloso, aunque todavía no cumplió su sueño de conocer a Maradona. “Soy muy fanático del fútbol. Soy hincha de Argentinos Juniors, ‘Los Bichos’, por Maradona”, aclara. Ese fanatismo lo trajo a la Argentina. “Yo viajé por todo el mundo por la música. Pero quería ver a Diego Maradona y vivir acá.” Hasta eligió su casa en el barrio de Paternal. “La cancha está enfrente de mi casa. Entonces salgo y voy a disfrutar a la cancha. No conocí a Maradona, pero vivo frente a su cancha.” Aún no pudo verlo, pero no se desanima. Quizás un día  parezca en uno de sus conciertos, para escuchar cómo suenan los tambores africanos al son de la mano de Dios.

Los que quieren quedarse
Es difícil conocer la cifra de senegaleses que viven en Buenos Aires. Las estadísticas censales para todo el país dan únicamente la cifra de población extranjera originaria de África, que en 2010 era de 2.738 personas. De acuerdo con el relevamiento realizado por la Asociación de Residentes Senegaleses en la Argentina, la cifra de residentes africanos ronda los 5.000, de los cuales alrededor de 1.500 serían senegaleses.
Para conseguir las cantidades desagregadas de senegaleses residentes en el país sólo puede consultarse el registro de trámites de residencia en la página web de Migraciones, www.migraciones.gov.ar. Sin embargo, en esos archivos no aparece la mayoría de los ingresos al país, que quedan registrados como “viajes por turismo”.
En el registro de trámites de residencia, la colectividad senegalesa aparece como la comunidad africana más numerosa. Entre 2004 y 2012 iniciaron trámite de radicación permanente 176 senegaleses (el año en que más se iniciaron, 2009), mientras que 106 iniciaron radicaciones temporarias (mayor cantidad de trámites en 2004). La colectividad senegalesa figura en el puesto 35 en las solicitudes de radicación.
Hasta el año pasado les resultaba muy difícil iniciar los trámites de radicación, porque no existía representación diplomática de su país en la Argentina.
Para solucionar este inconveniente, el 14 de enero, la Dirección Nacional de Migraciones puso en marcha el Plan de regularización para Nacionales Senegaleses.
Hasta el 8 de marzo iniciaron el trámite 804 ciudadanos de ese país y se otorgaron 631 residencias. Fuentes de la Dirección de Migraciones estiman que del total de los trámites comenzados, 750 corresponden a residentes en la región metropolitana.
El programa continúa abierto hasta el 12 de julio, para todos los senegales que deseen regularizar su situación migratoria.

Cultura

• Fiestas After Afro Darradji, Recitales y baile, lunes a las 22.30, Club del Arte, av. Corrientes 3439
• Clases de percusión y danza a cargo de Cheikh Gueye, en Sexto Cultural, Federico Lacroze 4181, 6º piso
• Escuela Dara Chosan, Clases de percusión y danza, Pasaje Bertres 300, tel.: 4902-7720, www.darachosan.com

Senegal
Ubicado sobre el océano Atlántico. De sus 13 millones de habitantes, dos viven en Dakar, la capital. Desde el siglo XVII, los europeos traficaron esclavos. Entre 1895 y 1958 fue parte del África occidental francesa, y se independizó en 1960. El primer presidente fue Léopold Senghor, aliado de Charles De Gaulle. El idioma oficial es el francés, que convive con lenguas locales, entre ellas el wólof, propia de la etnia más numerosa.

Fuente Redacción Z
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