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Selva Almada: Amor y odio en tono del Litoral

Con el reconocimiento de la crítica y ventas de El viento que arrasa, la escritora publica su segunda novela.

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Selva Almada tiene el aura de chica sencilla que suele caracterizar a los que nacieron lejos de la ciudad porteña. Y es que nació hace cuarenta años en Villa Elisa, una localidad de Entre Ríos. Sus inicios con las letras vienen desde chica, cuando soñaba con ser periodista. A los diecisiete se mudó a Paraná para estudiar esa carrera, pero los libros y un taller de la facultad la llevaron por otros caminos. Selva descubrió el amor por las historias largas y las tramas sencillas pero cargadas de emotividad y fuerza. Fueron diez años en Paraná hasta que armó la valija y se mudó a Buenos Aires.
En 2012, Selva, la chica de provincia –como se titula uno de sus relatos autobiográficos– publicó su primera novela, El viento que arrasa, y literalmente arrasó en ventas .Va por su tercera edición en poco más de un año.
¿Tenías idea mientras escribías que podía tener tanta repercusión?
Empecé a escribir un cuento y me había salido larguísimo, era mucho más que lo habitual de cinco o seis páginas, éste tenía más de treinta y me di cuenta que me gustaba esa idea del cuento largo, que luego se transformó en El viento que arrasa.
En esa historia que nacía bajo la máscara de un cuento simple, Selva construyó los días de un pastor evangelista con su hija adolescente y su encuentro con la vida de un mecánico y su presunto hijo. La historia transcurre en el Chaco, en un pueblo donde los temporales son cosa de todos los días. Y mientras el mecánico intenta reparar el auto del pastor, varado en medio de la casi nada, éste se encarga de intentar evangelizar al adolescente que creció entre perros sucios y carcazas de coches oxidados. El sudor, el pucho, la cerveza, las charlas nocturnas, develan la esencia de este cuento que se transformó en novela. En El viento que arrasa hay mujeres borroneadas que apenas aparecen en el recuerdo de los protagonistas, hay autodescubrimiento, esperanza ligada al espanto, inocencia, amor y odio. Con El vieno que arrasa por salir a la calle, la autora comenzó a escribir Ladrilleros (2013), su segunda novela.
¿Cuál fue el punto de partida de Ladrilleros?
Escuché una anécdota de un asesinato en un parque de diversiones y comencé a investigar un poco más sobre la eso. El tío de mi mamá era ladrillero y tengo pequeños recuerdos de esa historia en mi infancia. Cuando recordé esto y lo uní con la anécdota, no dude en llamar a la novela Ladrilleros”.
La típica disputa entre vecinos culmina en la muerte de uno de ellos, pero se continúa en sus hijos. La historia se cuenta a partir de un flash back de un moribundo, que por medio de recuerdos narra el enfrentamiento familiar. En un ida y vuelta, aparece el sexo, la maternidad, la homosexualidad, el alcohol, el juego, la violencia, la pobreza, y finalmente (o al comienzo), la muerte violenta.
Ladrilleros se escribió en quince días, mientras la novela que la antecedió estaba a punto de salir. Paralelamente se crearon ambos libros.
No es sencillo sentarse a escribir nuevamente cuando la obra anterior tuvo tanta fuerza, la presión por crear algo con el mismo furor es algo inevitable.
¿Por qué Ladrilleros arranca desde el final de la historia?
Quería empezar por el final, porque con los cuentos, los relatos y ahora las novelas, siempre me cuesta definir un final. Sabía cómo iba a terminar la historia y me la saqué de encima al comienzo. Te cuento lo que pasó antes, lo que pasó en el parque de diversiones y por qué él está tirado a punto de morir. Para sostener dos moribundos en el transcurso de las páginas decidí meter la alucinación que es una especie de agonía donde aparecen los padres, suceden cosas y él se ve de pequeño.
¿Por qué atrapan tanto las historias del interior?
Viví la mitad de mi vida en el interior y empecé a darle más bola a las historias de allá cuando me mudé a Buenos Aires, me di cuenta de que tenía un material súper rico para trabajar. Si bien tenía algunos cuentos rurales, después de mi venida a Capital Federal, empecé a escribir mucho más. Como escribí cuentos autorreferenciales, era natural que salieran esas historias del interior, con el lenguaje y la costumbre de allá. Creo que también nos gusta leer cosas a las que no estamos acostumbrados. Me di cuenta de que en el campo hay todavía una cosa muy desfachatada, no controlada, medio como del Lejano Oeste que a mí, narrativamente, me resulta muy atractiva. No tanto para vivir, porque es medio difícil vivir en esos territorios sin ley, pero como relato es atractivo.
¿En qué estás trabajando?
En otra novela, se trata de un fin de semana de pesca de dos cincuentones que van con un veinteañero, el hijo de un amigo fallecido de ellos. Están en una isla del Paraná y ahí pasan cosas. La historia está ubicada en un paisaje más exuberante que las historias anteriores, acá hay árboles, ríos, pájaros… es más rica en el paisaje. Tiene una especie de terror muy tenue, quiero llevarla para ese lado a la novela. Un toque de algo sobrenatural.

 

dz/lr

Fuente Redacción Z
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