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TEMAS DE LA SEMANA

San Nicolás: de los conciliábulos políticos a la cocina francesa

El petit hotel del Club del Progreso vio desfilar a sabios, masones y suicidas.

Por Alejandro Guerrero
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El 1 de julio de 1896, Lean­dro Nicéforo Alem discutía, en su casa, algunos asun­tos políticos con un gru­po de allegados. Era una mañana fría, lluviosa. En un momento, el fundador de la Unión Cívica se dirigió a su dor­mitorio y regre­só con el som­brero puesto y su poncho de vicuña. Dijo que debía salir.

Minutos des­pués, Alem se pegaba un tiro dentro del co­che que lo llevaba al del Progreso. El cochero dijo que confundió el disparo con el estampido de los petardos, que abundaban en esos días por la celebración de San Juan y San Pedro. Sobre su cadáver, tirado dentro del coche, había una nota dirigida a las auto­ridades del club. Decía: «Perdónenme el mal rato, pero he querido que mi cadáver caiga en manos amigas y no en manos extrañas, en la calle o en cualquiera otra parte».

Alem fue velado en el club, y el que se ocupó de trasladar sus restos y organi­zar el velatorio fue uno de sus grandes adversarios políticos: Roque Sáenz Peña. Después de todo, en el acta de fundación del del Progreso, en 1852 -Diego de Al­vear fue su primer presidente- se decía que el propósito de la entidad era «desenvolver el espíritu de asociación con las reuniones diarias de los caballeros más respetables, tanto nacionales como extranjeros (…) con­ciliando en lo posible las opiniones políticas por medio de la discusión deliberada, y mancomunar los esfuerzos de todos hacia el progreso moral y material del país», y sobre todo «poner en contacto las ideas y los hombres, hacer desaparecer el egoísmo y acordar la más decidida protec­ción al trabajo».

Hoy, el Club del Progreso tiene no más de 250 socios. Como en sus orígenes, abundan entre ellos nombres conocidos: Fernando de la Rúa, Marcos Aguinis, Germán Bidart Cam­pos, Gerardo Conte Grand, Carlos Blaquier, Florentina Gómez Miranda, Jorge Asís, Escudé y otros. También, hasta su fallecimien­to, Raúl Alfonsín fue socio del club.

Cuisine & Vins

Hablar de la actualidad del Club del Pro­greso implica referirse, necesariamente, a su biblioteca de 18 mil volúmenes y a su res­taurante, que recibió hace unos años el pre­mio a la excelencia de la revista Cuisine & Vins. Ya no tanto a la defensa del trabajo y al debate político. Cosas derivadas, tal vez, del aggiornamento de la masonería que lo fundó.

El Club del Progreso es un petit hotel se­ñorial en la calle Sarmiento, en pleno centro de Buenos Aires. El restaurante, en el primer piso, luce sus paredes recubiertas en ma­dera noble y sus lámparas art no­veau de prin­cipios del siglo XX. Dicen que sus postres están entre los mejores que pueden con­seguirse en la Ciudad, y que saben a gloria sus higos salteados en azúcar negro, con queso azul. En fin…

En cuanto a la biblioteca que funcio­na dentro del club, fue fundada a princi­pios de los años 80 por la periodista Mag­dalena Ruiz Guiñazú, oficial de la Legión de Honor de la República de Francia des­de 1994. Toda una sección de esa bibliote­ca está dedicada a la literatura francesa. Por las mañanas, una asistente de francés per­fecto está a disposición del visitante. Hay allí, además, actividades culturales varias, proyecciones de películas y foros con per­sonalidades de la cultura y del arte. ve­ces, también de la política.

Los estatutos originales hablaban del «espíritu de conciliación» que debía orien­tar las cosas políticas de la Argentina. Si eso funcionó habrá sido, tal vez, sólo de puer­tas hacia adentro. Entre los socios del club hay 16 presidentes, que no pocas veces es­tuvieron en guerra entre ellos: Justo José de Urquiza y Bartolomé Mitre, por ejemplo, condujeron ejércitos enemigos en dos bata­llas fundantes de la Argentina: Pavón y Ce­peda. También figuran en esa lista Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta, Roque Sáenz Peña, Victorino de la Plaza, Hipólito Yrigoyen, Marcelo Torcuato de Alvear, Ro­berto Ortiz y Fernando de la Rúa, además, como quedó dicho, de Raúl Alfonsín.

Fue en el del Progreso donde Sáenz Peña habló por primera vez de la ne­cesidad de la reforma electoral. Ocurrió durante el almuerzo del 1 de mayo de 1902. Algo excepcional en la época: había allí, en la audiencia y en los debates, un gru­po de mujeres, algo impensable en el Joc­key Club u otros por el estilo. La masonería, se sabe, fue una corriente de avanzada en unos cuantos aspectos.

Abundan en el listado histórico de so­cios los presidentes del Banco de la Nación, desde que se creó en 1891, y escritores y políticos como Aristóbulo del Valle, Miguel Cané, Estanislao Zeballos, Ángel de Estra­da, Juan Agustín García y Cecilia Grierson, entre muchos otros. Y Leandro Alem, claro está, el jefe radical que quiso dejar su cadáver «en manos amigas».

DZ/km

Fuente Redacción Z
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