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San Juan y Boedo: una esquina inmortal

Alrededor de sus mesas se reunían los escritores del grupo de Boedo y el poeta Homero Manzi escribió allí, dicen, el mítico tango Sur.  

Por Juan Carlos Antón
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Gracias al tango “Sur”, es una de las esquinas inmortalizadas de la ciudad. Tránsito a toda hora, sólo atenuado a la madrugada. Bocinas, sirenas e insultos entre choferes son moneda común. Sin embargo, al traspasar la puerta del bar Esquina Homero Manzi aparece una Buenos Aires más amable, más tranquila, quizá olvidada por muchos. Pero que perdura. Recibe Eulogio Pérez, uno de los tres dueños. Gallego de La Coruña pero argentino también, llegó al país de niño. Eulogio repite una frase que parece ser su latiguillo: “Trabajo desde los doce años”. Es como si contar eso le diera chapa para decir sus verdades: “Yo no soy político. Soy de San Lorenzo como el Papa” o “En el 96 nos nombraron sitio histórico pero es muy fácil: yo con tu plata te nombro Gardel y Lepera pero no te doy nada. Acá no se recibe ningún beneficio. Lo único es que me descuentan el 60 por ciento de alumbrado y barrido”.

Cuando se le pregunta si es verdad que Manzi escribió “Sur” en este bar, tal como cuenta la leyenda, piensa un momento y dice: “Algo escribió. Venía por acá”. Ni sí ni no. Sin embargo, más allá de lo que diga el mito o don Eulogio, lo cierto es que este extremo noreste de la típica esquina porteña recuerda a Manzi y a tres grandes figuras de la literatura argentina: José González Castillo, Álvaro Yunque y Elías Castelnuovo. Personajes apasionados que fueron muchas veces perseguidos y encarcelados.

El bar de Eulogio es también restaurante, teatro y hasta museo, dedicado a Manzi. Hay una vitrina llena de objetos que pertenecieron al gran compositor. Fotos, libros, una vieja máquina de escribir. En las paredes se ven láminas originales de Hermenegildo Sabat con motivos tangueros. “Esta esquina es tango –dice el comerciante-. Es tradicional como Esmeralda y Corrientes. Yo considero que la letra de tango habla de la realidad de la vida. No de los que nacen en cuna de oro sino de los que se hicieron con sacrificio. Yo estuve repartiendo leche desde muy chico con los carros y ahora tengo 69. Hace 13 años refaccionamos el local, lo pusimos así como lo ves. Con sacrificio, lo logramos.”

Eulogio considera que Discepolín “estaba mil años adelantado. Y lo que decía vale más hoy que cuando lo escribió. Y Manzi ni hablar. Fue un visionario. Son personajes que salen una vez cada tanto, como Maradona o Messi”.

“San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo/ Pompeya y más allá la inundación…”, escribió Manzi. Periodista, profesor de literatura, director de cine, militante político -radical primero y peronista al final de su vida-. Todo eso en sólo 44 años. Además de “Sur” escribió “Barrio de tango”, “Malena” y “Milonga sentimental”, canciones que cualquier porteño, más allá de la edad, reconoce inmediatamente.

El mentor
Manzi comenzó a escribir influenciado por uno de sus compañeros de esquina. Alicia Rodríguez, secretaria de la Junta de Estudios Históricos de Boedo Rodríguez recuerda: “Los que lo llevaron a Manzi a meterse más en la literatura fueron González Castillo y su hijo Cátulo. En 1997 por el día de la Memoria la junta decidió ponerle a la esquina San Juan y Boedo sudeste José González Castillo porque vivió en esa misma cuadra. Hay tres placas que marcan su presencia ahí”.

Anarquista, criado en Salta y vecino de Boedo desde los 8 años, González Castillo es reconocido como uno de los más importantes dramaturgos argentinos de comienzos del siglo XX. Su hijo Cátulo lo recordaba así: “Cuando mi padre tenía 20 años robó a mi madre y se casó con ella. La sacó de los alrededores de La Plata donde mi abuelo trabajaba en un stud como cuidador. Fue a comienzos de 1905. Se fueron a vivir a Buenos Aires a una casita de la calle Castro 947 en Boedo”. La pareja nunca se casó porque no aceptaba el matrimonio civil. A Cátulo pretendió inscribirlo en el Registro Civil como Descanso Dominical González Castillo. Como se lo negaron lo anotó como Ovidio Cátulo Castillo.

Lógicamente el espíritu de González Castillo no era fácilmente domesticable para los duros gobiernos de turno de principios de siglo. Debió exiliarse en Valparaíso, Chile, luego del asesinato del coronel Ramón Falcón y gracias al triunfo de Hipólito Yrigoyen pudo regresar. Músico, poeta, director, guionista de cine, dramaturgo y periodista, escribió letras de tango inolvidables, como ”Sobre el pucho” y “Organito de la tarde”. Su obra de teatro más polémica fue sin dudas “Los invertidos”, que tras su estreno fue prohibida. Hace 20 años tuvo una inolvidable puesta en el Teatro San Martín dirigida por Alberto Ure y el año pasado volvió a subir a escena dirigida por el joven dramaturgo y director Mariano Dossena. La obra es clave porque se suele tildar de homofóbico a González Castillo por ella. Sin embargo, en el libro La murga porteña, de Coco Romero, se señala que “con Los invertidos el travestido se hizo presente en la escena nacional. En los años siguientes sería recibido en determinados barrios como parte del espectáculo murguero”. Asimismo, la obra, en la versión de Dossena, muestra que González Castillo más bien realiza una condena a la clase aristocrática, a la hipocresía de esa clase, antes que a la homosexualidad.

Para disipar dudas sobre la supuesta homofobia de González Castillo, se suele recordar que escribió dos tangos, “Silbando” y “Organito de la tarde”, que fueron estrenados en una revista musical, cantados por Azucena Maizani. Y fue él quien sugirió que Maizani se vistiera de varón para interpretar sus tangos.

Más allá de sus logros artísticos, a González Castillo en Boedo lo recuerdan por dos hechos clave en la historia del barrio. “El 12 de febrero de 1928 junto a un grupo de visionarios fundó la Universidad Popular de Boedo, que durante más de 20 años difundió cultura entre quienes pertenecían a las clases menos favorecidas de la población”, señala Rodríguez. Allí enseñaba un inglés de entrecasa, aprendido en Chile, cuando era corredor de vinos y trataba con ingleses. En 1932, en los altos de un café ubicado de Boedo 868, fundó la Peña Pacha Camac, uno de los más importantes centros irradiadores de cultura de su época.

Al igual que Manzi y González Castillo, los otros vecinos ilustres de Boedo y San Juan, Castelnuovo y Yunque también se destacaron por hablar del barrio, de su gente y jugarse por sus ideas políticas. Ambos fueron fundadores del legendario Grupo Boedo (ver recuadro).

¿Que los uniría o los emparente a estos personajes? Carlos Kapusta, miembro de la Junta vecinal, señala: “Sin duda, el pensamiento, la pasión. Yunque decía: ‘Nosotros no somos de Boedo, Boedo es nuestro’. Y por eso los recordamos en esas cuatro puntas de las esquina. Son personajes que estaban comprometidos con su época, que militaron, que quisieron transformar las cosas. Y usaron la palabra, la poesía como arma”. El tránsito pasa por Boedo y San Juan. La gente corre. Sin embargo, las placas siguen ahí para quien quiera recordar.

 

En memoria de Yunque y Castelnuovo

Las otras dos puntas de San Juan y Boedo también fueron bautizadas por la Junta de Estudios Históricos del barrio con nombres de personajes clave. Desde 1998, la noreste, donde hay un banco, se llama Álvaro Yunque (1898-1982). Anarquista de ley, es fácil imaginar que a Yunque no le hubiera gustado mucho que en su esquina justo esté un banco. “Él era cuentista, dramaturgo, historiador, ensayista y preponderantemente poeta, como más le gustaba autodenominarse”, recuerda Alicia Rodríguez, de la junta histórica.
Yunque comenzó dirigiendo el suplemento literario del periódico socialista La Vanguardia. En 1924 publicó su primer libro, Versos de la calle. Le siguieron cuentos que tenían como protagonistas a niños o adolescentes incomprendidos: “Barcos de papel”, “Zancadillas” y “Los animales hablan”, entre otros. En su honor, una pequeña biblioteca infantil lleva su nombre en Villa Lugano.
“En 1945 dirigió el semanario antifascista El Patriota, por lo que fue encarcelado y luego desterrado en Montevideo. Dedicó gran parte de su vida a los estudios históricos y publicó más de cincuenta libros. Durante la última dictadura se prohibieron y quemaron sus textos. Como homenaje, en 2003 la Junta de Estudios Históricos publicó una nueva edición de El amor tiene cara de niño, que se distribuyó entre los estudiantes primarios y secundarios. Era uno de los libros cuya circulación había sido prohibida”, recuerda Rodríguez. En el extremo sudoeste de San Juan y Boedo se encuentra el bar Esquina Sur. Es un típico café y pizzería pero funciona como galería de arte también. Allí, una placa de 2001 recuerda a Elías Castelnuovo. Era uruguayo, pero en 1905 (a los doce años) vino a Buenos Aires. A los 15 años trabajaba en una imprenta en un sótano del antiguo Mercado de Abasto. Leía, esc llamada La Palestra, de corte político-literario. “Emos todos anarquistas”, recordaba Castelnuovo en una larga entrevista de 1975 a la revista Siete Dias Ilustrados. Leía los clásicos rusos –Tolstoi, Gorki, Chejov. “Tanto Castelnuevo como Yunque fueron miembros originarios del Grupo Boedo que marcó la literatura argentina –y también la plástica-. Casi todos eran anarquistas o socialistas y se preocuparon por el bienestar del pueblo. Estaban muy interesados por la cuestión social”, recuerda Rodríguez. “Se reunían en Boedo al 800 y Castelnuovo era quien elegía los temas a imprimirse en Claridad, la editorial que los congregaba”.
El Grupo Boedo –integrado por Leónidas Barletta, César Tiempo y Roberto Arlt, entre otros 0150 peleaban con los de Florida. Castel nuovo fue uno de los que más pregonaba esa distinción, varias veces relativizada por Borges. “Ellos eran los cajetillas, los pitucos. Nosotros, los proletarios. Fue una verdadera batalla la que se entabló. Ellos tomaban todo en solfa, pero la cosa era seria, porque en el fondo era ideológica”, decía Castelnuovo.

dz/lr

Fuente Redacción Z
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