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TEMAS DE LA SEMANA

Samanta Schweblin y el campo de lo siniestro

La escritora habla de «Distancia de Recate», su primera nouvelle.

Por Pablo Diaz Marenghi
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samanta schweblin

Nacida en 1978, Samanta Schweblin es una de las cuentistas más destacadas de su generación. Su primer libro de cuentos, «El núcleo del disturbio» (2002), ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes. El segundo, «Pájaros en la Boca» (2009), recibió el Premio Casa de las Américas y fue traducido a 13 idiomas. Egresada de la carrera de Imagen y Sonido, sus relatos suelen conjugar misterio y suspenso en escenarios asfixiantes. Su primera novela, «Distancia de Rescate» (Mondadori), aborda la historia de Amanda, una madre desesperada por el bienestar de su hija y David, un niño cuya aura atormentada irradia misterio. El relato dispara preguntas existenciales como ¿cuál es el punto exacto en el que, sin saberlo, se da el paso en falso que finalmente nos condena? En esta entrevista con DiarioZ la autora reflexiona acerca de la gestación de la historia, la forma en la que es narrada y sus múltiples interpretaciones.

¿De donde surge el concepto «distancia de rescate»?

Surge sobre todo de mis propios miedos y angustias cuando imagino cómo sería «ser madre», que riesgos y peligros implica. Supongo que habrá influido mucho la relación que tuve en mi infancia con mi mamá, pero no pensé en esto realmente mientras escribía, sino más bien en las relaciones madre-hija de amigas, conocidos y desconocidos. Siempre me llamó la atención este sexto sentido que desarrollan las madres. Cómo pueden conversar entre ellas a los gritos bajo el estallido tonal del pelotero donde juegan sus hijos, y sin embargo, incluso de espaldas, parecen estar en conexión absoluta y continua con sus hijos.

La historia se relata a través de las voces de Amanda y David ¿Cómo se gestó el modo de narrar?

Me costó mucho encontrar ese narrador de dos caras. Esta historia empezó siendo un cuento con muchísimos problemas. Tiene más de doce reescrituras, creo que nunca reescribí tanto un texto. Tenía claro los personajes, sabía qué era lo que iba a suceder, y muy claro el final. Pero el tono no funcionaba. Abandoné el cuento y estuvo muchos meses en un cajón hasta que escuché las voces de David y Amanda. Ella sabiéndose en una cama y preguntando si eso que siente en el cuerpo son realmente gusanos, y él contestando que se sienten como gusanos, pero en realidad son otra cosa. Tuve que asumir que necesitaba mucha introspección y que la historia se entendiera lentamente.

¿De dónde nace tu interés por la cuestión del campo y sus narrativas?

Cuando era chica veraneábamos en Atlántida, Uruguay, y viajábamos en auto. Al oscurecer, me ponía mis walkmans, miraba la ruta y pensaba una y otra vez en algo que me ponía la piel de gallina: el único mundo real, humano, tangible en ese momento, es el del coche y el de los cinco metros que este ilumina la ruta. Todo lo demás es negrura. La ruta, los pueblos chicos y desconocidos, los mitos, la estepa son las zonas extrañas donde todavía encuentro esa negrura que lo permite todo. Como esos segundos en el teatro, cuando uno escucha que la cortina se abre y los actores corren acomodándose en el escenario, pero las luces todavía no se encienden.

¿Cómo dosificaste la información para atrapar al lector?

Era inevitable la necesidad de esa dosificación, porque esta historia se trata de la búsqueda de una verdad, y se ronda una y otra vez sobre un mismo relato, buscando cada vez más profundo, intentando entender qué es lo importante. Entonces, lo importante no es la historia, sino lo que podría descubrirse en ella. De alguna forma, encuentro que esta novela habla mucho sobre la problemática de cómo narrar. Muchas veces, durante su proceso de escritura, en esos tantos momentos en que David le pregunta a Amanda qué es lo importante, yo me preguntaba a la vez qué merecía o no la pena ser contado y creo que esto en gran parte tiene que ver con el dilema de cómo construir tensión.

 

 

DZ/nr

Fuente Redacción Z
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