Dos episodios modifican al panorama político. El problema de salud de la presidenta obliga a repensar sin alarmas un mes de gestión y campaña sin Cristina. El conflicto con Uruguay pone en evidencia las deficiencias de unos y otros frente a las demandas de las empresas extranjeras.

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Salud presidencial: Operación mediática

Dos episodios modifican al panorama político. El problema de salud de la presidenta obliga a repensar sin alarmas un mes de gestión y campaña sin Cristina. El conflicto con Uruguay pone en evidencia las deficiencias de unos y otros frente a las demandas de las empresas extranjeras.

Por Eduardo Blaustein
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Hay una vieja definición de Raúl Alfonsín, de cuando se ponía apenas agrio, que nuestros pretendidos analistas políticos deberían grabarse en la frente: la política no se hace en condiciones puras de laboratorio. La frase viene a cuento de dos de los hechos más resonantes de estos días. El asunto de la salud presidencial muestra cómo los imprevistos también juegan en política y cómo ésta debe adaptarse a escenarios siempre cambiantes. El otro asunto es el conflicto con Uruguay por la contaminación de la pastera finlandesa UPM. Desde hace años se sabe que desde el proyecto inicial se impusieron a los sucesivos gobiernos orientales condiciones durísimas para que la inversión se realizara. Entre tantas liviandades, cuando nuestros analistas políticos reclaman mayor inversión extranjera nunca se detienen en el problema de qué imposiciones suelen establecer las empresas extranjeras para maximizar ganancias. Los gobiernos del Frente Amplio, pese a su progresismo, no sólo se han movido en el conflicto con Argentina en función de esos condicionamientos con alguna blandura. También lo hicieron según presiones políticas locales: las de los partidos conservadores y las de la propia opinión pública, que seguramente ve en Argentina al país poderoso y hostil. Es desagradable que una vez más el pleito no pueda zanjarse mediante mecanismos bilaterales y que haya que recurrir a la Corte de la Haya. Pero acaso al gobierno argentino no le quedó otra salida desde que la empresa chantajeó con un pedido de incremento de la producción (o el blanqueo de un incremento de hecho) pese a los riesgos ambientales. En este contexto de ruidos, en el que nuestra oposición política y mediática le da la razón en piloto automático a la contraparte y no a nuestro país, sería bueno que los actores de un lado y otro del Río de la Plata no exacerben las broncas y bajen los decibeles de sus respectivos discursos.

Es constitucional pero una porquería

osas más asombrosas y preocupantes están sucediendo desde que se supo la noticia del hematoma sufrido por la Presidenta. Esta vez la clase política se portó con cierto decoro inicial y lo más horrible vino del lado de ciertos periodistas y ciertos medios. La primera crítica mediática –siempre el piloto automático– es que el Gobierno no genera información transparente y confiable sobre la salud presidencial. Y que por esa razón se crean misterios, dudas, desconfianzas y hasta miedos. La expresión “se crean” es en realidad la gran falacia. Porque son esos periodistas y medios los que construyen las incertidumbres. Seguramente el Gobierno puede afinar en algún punto la información que brinda. Quien escribe cree sin embargo que lo que se buscan son excusas para crear un clima de desasosiego y que por cada información oficial nueva que se aporte aparecerán sistemáticamente nuevas suspicacias que redoblen la apuesta.

La segunda parte de la operación mediática fue aún más grave y pasó por el asunto de si Cristina debía o no delegar la presidencia durante 30 días al vicepresidente. La malicia con que se manejaron las presuntas “dudas” de la “opinión pública” es notoria. Se interrogaron entre ellos los periodistas, según el caso con encuestadores o analistas anti-oficialistas; se dijeron “lo constitucional es que asuma Boudou”… para inmediatamente preguntarse con mala intención: “¿Pero… Boudou?”. El “pero” aquí es la clave y refiere obviamente a las causas judiciales que involucran al vicepresidente. Causas iniciadas, relativamente avanzadas, y que por ahora no tienen nada concreto ni definitivo que demuestre la culpabilidad de Boudou. Se pueden tener dudas verosímiles acerca de las conductas del vicepresidente. Pero, ¿hay que reiterar lo elemental de los manuales de instrucción cívica? ¿Hay que aclarar que nadie es culpable hasta que lo demuestre la Justicia, aún cuando políticamente un gobierno deba atender a las percepciones sociales?

Rutinas, decisiones

El lunes el vicepresidente encabezó su primer acto oficial no necesariamente “en reemplazo” de Cristina, según informaron los medios, haciendo yunta con Daniel Scioli y Martín Insaurralde en la típica ceremonia de entrega de patrulleros. Si esas ceremonias de rutina son todo el riesgo que conlleva el apartamiento de la Presidenta de sus funciones, no se entiende cuál es el drama. También se realizó el traspaso presidencial y no tembló la tierra. Inmediatamente después o casi simultáneamente se supo que Cristina debía operarse.

Si se trata de que Cristina no pueda participar de la campaña electoral, ahí acaso la cosa se ponga más interesante. Pero son todas conjeturas: ¿su presencia arrastraría más votos para los candidatos kirchneristas? ¿Cuántos? En el ruido general también se sugirió que su cuadro de salud podría tener un efecto electoral benéfico para el oficialismo, en un momento en que la Presidenta (en eso coinciden algunas encuestas), levantó puntos en su imagen. De nuevo: conjeturas, especulaciones, antes que información.

Lo que pase con la campaña presidencial sin Cristina es un punto de discusión válido y lo mismo hacer preguntas acerca de cómo rodará la gestión de un gobierno que tiene una enorme centralidad en la figura de la Presidenta. O intentar discernir si la leve remontada de la imagen presidencial tiene relación con los gestos de apertura, los anuncios concretos y las entrevistas periodísticas que comenzó a conceder Cristina. Actos, anuncios y entrevistas que hablan de una “escucha” del resultado electoral, tardía pero saludable. En cuanto al post-operatorio o el reposo que deba mantener la Presidenta, se puede decir que, en sentido contrario a las viejas historietas o sketches cómicos de hospital, Cristina no permanecerá enyesada de pies a cabeza, con las piernas levantadas por roldanas y vestida como una momia. Hay un gobierno que debe decidir y gestionar, sí, pero no hay nada tan extraordinario que vaya a suceder en estas semanas que deba o vaya a decidir Boudou por su propia cuenta o sin consultas. Las decisiones importantes serán obvia y necesariamente charladas por más reposo presidencial que haya. Entonces, de nuevo, ¿es necesario dramatizar tanto?

Sábado y domingo pasaron con anuncios de inminencias gravísimas, como la decisión que tomara la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos sobre el pleito con los fondos buitres. Pues bien, también el lunes esa Corte rechazó intervenir en el asunto pero lo hizo con una expresión bien ambigua: “al menos por ahora”. La salud presidencial nos preocupa a todos, por supuesto. Hay también quienes fingen estremecimientos no precisamente por afecto hacia a la figura presidencial ni tampoco por velar por la otra salud, la de las instituciones.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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Diario Z
Periodista, escritor, autor de Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso.