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Salir al toro, pero con boleadoras

Las corridas de toros fueron muy populares en Buenos Aires. Las prohibieron a fines del siglo XIX.

Por jose-montero
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En 1810 Buenos Aires tenía unos 40 mil ha­bitantes y una plaza de toros con capacidad para diez mil espectadores. El es­tadio quedaba en la zona de Plaza San Martín y antes había existido otro donde hoy está el Ministe­rio de Salud de la Nación. La Pla­za Mayor, es decir, la mismísima Plaza de Mayo, también fue esce­nario de corridas. La lidia taurina era pasión de multitudes, el equi­valente actual del fútbol.

Guste o no, las corridas de to­ros forman parte de las tradicio­nes españolas injertadas en Amé­rica. De hecho, la «fiesta brava» continúa celebrándose en Méxi­co, Perú, Venezuela, Colombia y Ecuador. En la Argentina fue pro­hibida a fines del siglo XIX pero hubo faenas clandestinas en el Gran Buenos Aires aproximada­mente hasta 1950. celebracio­nes populares del interior del país, como en Casabindo, Jujuy, siguen realizándose corridas, aunque sin derramamiento de sangre.

La primera corrida de Bue­nos Aires se llevó a cabo en 1609 para celebrar el día de San Martín de Tours, patrono de la Ciudad. Como el toreo era entonces una diversión reservada a caballeros, quienes enfrentaron a las bestias fueron hidalgos españoles.

Según cuenta el libro Toros y toreros en el Río de la Plata, de Gori Muñoz (Buenos Aires, 1970, Schapire Editor), en 1667 el Cabil­do -a falta de voluntarios- dictó un bando para obligar a algunos pobladores a torear.

En 1789, una corrida de to­ros motivó una pelea entre el vi­rrey Arredondo, los miembros del Cabildo y demás autoridades de la colonia por las ubicaciones en las gradas y palcos montados en la Plaza Mayor. El conflicto fue tan serio que tuvo que intervenir la Corona.

Durante esa corrida se larga­ron al ruedo dos toros «embo­lados». ¿Estaban aburridos? No, era el momento en que se permi­tía que los aficionados protagoni­zaran el espectáculo por un rato. Para reducir el peligro, a los ani­males se les ponían unas bolas de madera dura en las astas (de ahí el nombre). Aesta gentileza in­voluntaria del vacuno, los toreros improvisados respondían con sal­vajismo.

«Es una multitud que corre y salta por todas partes agarrándo­se de la cola del toro, lo monta, se cuelga de los cuernos. El toro es acuchillado hasta que, al final de su martirio, yace en la arena ensangrentada», dice Muñoz en su libro.

La Plaza de Montserrat era cuadrada. Construida en madera y bastante precaria, fue inaugurada en 1793, en un terreno equivalen­te a tres cuartos de manzana. Al­bergaba hasta 2.000 espectado­res y quedaba en lo que hoy es la avenida 9 de Julio entre Belgrano y Moreno, donde previamente fun­cionaba un mercado. Un concesio­nario privado, oriundo de Galicia, cobraba entrada y pagaba al Cabil­do un canon. Ese aporte a las arcas públicas sirvió para empedrar bue­na parte de la gran aldea.

No obstante, entre 1795 y 1796 siguieron celebrándose, en paralelo, numerosas corridas en la Plaza Mayor. Al parecer, el pú­blico no quería moverse del cen­tro y consideraba que el ruedo de Montserrat, a siete u ocho cua­dras, quedaba a trasmano, y ade­más se encontraba en una zona muy sucia en más de un sentido. Al hedor de los animales muer­tos se sumaron, cerca de la Plaza de Montserrat, los prostíbulos del Callejón del Pecado. La zona se devaluó y se convirtió en refugio de borrachos y maleantes. Pron­to los vecinos comenzaron a pe­dir el cierre y la plaza fue demoli­17da en 1799. En total fue escenario de 114 corridas que, según do­cumentación del Cabildo, permi­tieron un ingreso de 7.296 pesos para el empedrado público y una ganancia neta para el concesiona­rio de 5.600 pesos.

La plaza fue borrada del mapa, pero los prostíbulos y la gente de mal vivir tardaron déca­das en irse. El diario El Nacional in­formaba el 21 de marzo de 1871: «Se ha dado principio a la demo­lición del arco de la calle del Peca­do, de tan siniestro aspecto, de­biendo colocarse en su lugar un farol de gas que irradie en adelan­te una luz sobre aquellos lúgubres sitios de tantos crímenes».

Poco después de que la pi­queta tirara abajo el modesto co­liseo de Montserrat, comenzó la construcción de la plaza de toros de Retiro, en inmediaciones de la avenida Santa Fe y Florida, donde antes había estado el mercado de esclavos. La construcción corrió por cuenta de un capitán de na­vío, Martín Boneo, quien invirtió 42 mil pesos, una millonada para la época. La inauguración se pro­dujo en octubre de 1801.

La estructura externa era de forma octogonal, de cal y ladri­llos, con un estilo mudéjar (espa­ñol con reminiscencias de la do­minación musulmana). «Contaba con dependencias como la capilla, los corrales y la enfermería. Dispo­nía también de una cárcel donde se encerraba a los «espontáneos», o sea, aquellos espectadores que se lanzaban al redondel a to­rear, y también a los que arro­jaban piedras, naranjas y palos», dice Muñoz. Por lo visto, ya había barrabravas en la colonia.

Tras la primera invasión ingle­sa, en 1806, los festejos de la re­conquista incluyeron corridas. En esas faenas se lució «El Ñato», to­rero retacón, de más de 60 años, que había dado muerte a varios soldados británicos mientras el general William Carr Beresford es­tuvo en posesión de Buenos Aires. Su técnica era sencilla. Iba de ami­go. Cuando encontraba a un uni­formado que hablaba raro, lo invi­taba a una pulpería a tomar unas cañas, y después lo apuñalaba.

Luego de brindar tales servi­cios a la Ciudad, «El Ñato» termi­nó entre los cuernos de un toro, y dicen que su fiel caballo murió a su lado.

En 1807, durante la segunda invasión, la plaza de toros de Re­tiro fue escenario de combates y sufrió grandes destrozos. La re­paración completa nunca llegaría. En noviembre de 1809, es decir, seis meses antes de la Revolución de Mayo, se celebró la última co­rrida oficial. Con la decadencia del lugar, y con el posterior recha­zo a lo español, la plaza se convir­tió en circo de acróbatas, herrería y depósito de la caballada de los Granaderos de San Martín. Luego vino la clausura, en 1816, y la pos­terior demolición.

Fuente Redacción Z
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