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Saccomano: «Me propuse recuperar la visión de Dal Masetto»

En su nuevo libro, «Antonio», Guillermo Saccomanno dialoga con la memoria de su amigo, el escritor Antonio Dal Masetto -fallecido en 2015-.

Por Redacción Z
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Guillermo Saccomano

En su nuevo libro, «Antonio», Guillermo Saccomanno dialoga con la memoria del escritor Antonio Dal Masetto -fallecido en 2015- en un relato que se mueve poéticamente a través de silencios, encuentros, rupturas, palabras precisas y lecturas compartidas donde siempre, ante el implacable avance del tiempo, se impone el oficio de escribir.
Publicado por Seix Barral, el libro se puede leer como una suerte homenaje a la amistad de dos escritores que compartieron lecturas, bares, redacciones, soledades, aprendizajes y emociones a lo largo de muchos años en un país siempre agitado, donde también aparecen nombres como Gombrowicz, Miguel Briante y Osvaldo Soriano.
«Me propuse recuperar su visión, escucharlo. Y recuperar nuestro diálogo. En este aspecto, lo que escribí es una ficción, pero puede leerse como un réquiem y también como una revisión de aquellos motivos que nos unían, una forma de comprender la vida y también el oficio de escribir», sostiene el autor en conversación con Télam.
Autor de una vasta obra, Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948) es autor de libros como «Situación de peligro», «Bajo bandera», «Animales domésticos», «El buen dolor», «El pibe», «La lengua del malón», «El amor argentino», «77», «El oficinista», «Un maestro» y «Cámara Gesell», novela que recibió el premio Dashiell Hammett.

¿Cuándo supiste que debías escribir una obra sobre tu relación con Dal Masetto?
Unos meses después de la muerte de Antonio empecé a sentir el peso de la ausencia. Suele pasar. La ausencia no es una sensación inmediata. Extrañaba nuestras conversaciones, el consultarnos lo que íbamos escribiendo. Antonio venía enviándome por mail los capítulos de su novela póstuma, «La última pelea». Me mandó el último capítulo y a la semana murió. La muerte, cuando ocurre, aunque uno pueda verla venir, siempre enmudece. Impone un silencio que aturde. Sabemos que vamos a morir, pero la idea del después es siempre confusa. Cuando perdemos a alguien querido siempre quedan cosas que decir, ideas que quedan yendo y viniendo en ese silencio que empieza a sentirse cada vez más profundo. Una tarde, en el último febrero, caminando por el bosque de Gesell, pensando en cómo Antonio observaba la naturaleza, ese modo suyo de observar también el mundo, me pregunté cómo podía retomar nuestra conversación. Empecé a indagar en el silencio. Y el silencio impregna este libro, lo marca en su composición en fragmentos, tal como opera la memoria, devolviéndonos el pasado por entregas, ráfagas fugaces. Entonces empecé a anotar impresiones, lo que él pensaría respecto a tal o cual situación.
Más que una biografía sobre un escritor, es una ficción sobre una vida que, justamente, siempre tuvo a la ficción en el centro.
Si se revisa la historia de Antonio y, a la par, se vuelve a leer su obra, encontraremos una coherencia en su modo de comprender la vida y la literatura. En este sentido, la escritura se plantea como una razón existencial. En sus ficciones, Antonio siempre se proponía comprender. Uno cree que escribe sobre lo que sabe, lo que ha vivido, pero no es tan así. Uno escribe, en verdad, porque no sabe, porque ignora. Uno escribe averiguando, queriendo comprender. Las ficciones de Antonio nunca incurren en el mensajismo. Más bien, comparten sus interrogantes. Y siempre se proponen, antes que juzgar, comprender. Lo que explica tal vez su laconismo personal y también su poética, una prosa precisa, que aspira a describir más que a juzgar.

La literatura, en el libro, funciona como una suerte de ordenador de la experiencia: no solo de Antonio, sino de la tuya propia.
Leí su primera novela, «Siete de oro», cuando era un pibe. Es decir, lo conocí a través de su literatura. Y unas décadas más tarde, personalmente. Tuvimos amistades comunes, Soriano, Briante. También un paisaje que nos reunía: el Bajo. En este sentido, la literatura signó nuestra relación. Y una de sus lecciones fue asumirla como un oficio de tiempo completo. Lo que exige una cierta disciplina. Cuando la internalizás, la disciplina deja de ser exigencia y se vuelve natural como una obsesión íntima. Empezás a considerar el mundo y su absurdo persiguiéndole una lógica que siempre se escapa. Es decir, te convertís en un curioso y en un maniático con un detector de ficciones prendido todo el tiempo.
El drama de la inmigración, la soledad de la ciudad, la pasión por el oficio de la escribir son algunos de los elementos que se condensan en Dal Masetto. ¿Se puede pensar que el libro es también el reflejo de una voz que atravesó las complejidades del siglo XX? 
Antonio fue un testigo lastimado por su tiempo, pero las heridas en vez de paralizarlo lo estimularon. «La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida», escribió Pavese. Esta idea del testigo lastimado no es una hipótesis, y condensa su historia, la de un sobreviviente. De chico, en el Piamonte, le tocó presenciar una matanza colectiva que los nazis cometieron en su pueblo. Después, la inmigración, el desarraigo. No obstante, de adolescente se apropió de la lengua. Es decir, se adueñó de una lengua que no era la suya de raíz. Lo que podría explicar su admiración por Conrad, un polaco que se apropió del inglés y se transformó en estilista. Al adueñarse de nuestra lengua, Antonio encontró su voz, una voz personal, la suya, que admite las influencias de los escritores italianos de posguerra, además de Pavese, también Vittorini, Pratolini, Moravia, entre otros, narradores que, a su vez, admitían las marcas de la literatura norteamericana. Cuando vino a nuestro país, acá lo esperaba una realidad también dura. Las peripecias de los trabajos y los días. La violencia política. El terrorismo de Estado. En la narrativa de Antonio están todos los dramas vividos a lo largo de su vida -lo que vuelve indisoluble su relación entre existencia y escritura-. Desde ahí, Antonio narra, pero no pierde de vista una confianza que incluye la negrura y la desolación pero también una cierta luz. Eso que decía Onetti, que en todo hombre, aún en su abismo, sube a veces a la superficie una cierta pureza.

 

Fuente Télam
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