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Roxana Morduchowicz: «Los chicos construyen su identidad en Facebook»

* Es doctora por la Univer­sidad de París VIII y es docente de la carrera de Cien­cias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Especialista en niños y asolescentes y su relación con las pantaññas.

 

Por Natalia Gelos
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Roxana_ Morduchowicz

Aunque las familias se preocupen por que sus hijos viven entre varias pantallas, la educadora afirma que siempre las tecnologías generaron temor. Y dice que el hecho de que los chicos se comuniquen así no significa que sean más solitarios.

Quiénes son esos jóve­nes que pueden aten­der a varias pantallas a la vez? Esos que pue­den hacer la tarea con el televi­sor encendido, mientras chatean y hablan por celular, ¿quiénes son? ¿Qué pueden hacer los adultos para entender a esa generación de niños y adolescentes menores de 18 años que se forman con un uni­verso diferente al conocido, uno donde la multiplicidad de pantallas es parte de la vida cotidiana y de la propia identidad? La brecha gene­racional, que siempre existió entre niños y adolescentes por un lado, y adultos por el otro, abre nuevas preguntas que han llegado en rei­teradas ocasiones a la especialis­ta en Educación Roxana Mordu­chowicz.

“¿Cuántas horas por día los chicos deberían ver televisión o usar la computadora?” “¿Es po­sible acortar la brecha digital en­tre padres e hijos?” “¿Qué hacer si un chico de 10 años quiere te­ner un perfil en Facebook?” Esas cosas le preguntaban padres, do­centes, pediatras. “Hoy los chicos y adolescentes viven en un mun­do de pantallas y esto genera mu­chas inquietudes por parte de los adultos, que tienen más preguntas que respuestas”, dice la autora, en el living de su casa, a la espera de una llamada por Skype desde Lon­dres, custodiada por dos computa­doras y por fotografías, cuadros, li­bros. Con todas esas preguntas y con respuestas basadas en lecturas académicas, la investigadora escri­bió el libro Los chicos y las panta­llas, que intenta entender y abrir puertas al mundo de esos jóvenes que crecen a la luz blanquecina de sus tecnologías.

El libro mira a los jóvenes. ¿Cuál fue el objetivo?

La idea es tratar de entender la cul­tura juvenil. Hoy en día, los chicos que tienen menos de 18 años ha­cen prácticamente todo con las tecnologías: aprenden, se infor­man, se entretienen, interactúan con los demás; por lo tanto, ésta contribuye a la definición de su identidad. La idea era conocer sus vínculos, para acercarnos como adultos a la cultura juvenil del si­glo XXI, siempre con una mirada constructiva, no de preocupación, sino de conocimiento, para enta­blar una mejor relación. Es impor­tante partir de donde los chicos están: en un mundo rodeados de pantallas.

Si bien la tecnología cambia, ¿desde que existen pantallas la relación de identidad siem­pre estuvo?

Se intensifica con esta genera­ción porque se multiplican las pantallas y porque la interactivi­dad hace que los chicos utilicen las tecnologías para construir re­laciones, para socializar. La televi­sión y el cine no fueron pantallas interactivas. Las redes sociales, en los últimos cinco años, les permi­tieron a los adolescentes construir su identidad, sobre todo a través de Facebook. El 95 por ciento de los adolescentes tienen un perfil de Facebook.

¿Cómo se relaciona esa identi­dad con el uso de las redes so­ciales?

Porque están en una etapa de la vida en la que se preguntan cómo son y cómo los ven los demás. Cuando ellos arman su perfil en Facebook, responden las mismas preguntas que se preguntan por ser adolescentes: ¿cómo me veo? ,¿qué quiero que los demás sepan de mí? Y en la medida en que re­ciban comentarios positivos que los validen, que los legitimen, los van a incorporar en su vida real. La construcción de la identidad a través de las redes sociales, de internet, es un fenómeno recien­te. Hace pocos años nada más, en 2006, cuando se hizo la Primera Encuesta de Consumos Cultura­les del Adolescente, no había un solo chico que hablara de Facebo­ok. Ni de redes sociales. Sólo han pasado ocho años. Hoy todos es­tán en Facebook. Es un fenóme­no bien reciente, por eso hay que entender que las redes sociales sean tan populares: no sólo por­que les permiten interactuar con los demás desde su propia casa, sino que les permiten construir su identidad en una etapa de la vida en la que están en plena construc­ción de identidad.

¿Qué se sabe de ese cinco por ciento que es la excepción al universo Facebook?

Probablemente sean chicos que no tienen acceso a internet o que viven en comunidades rurales. Fa­cebook tiene como edad legal mí­nima los 13 años, pero hay que decir que seis de cada diez chi­cos de once y doce años también tienen perfil en Facebook, con o sin conocimiento de los padres. Quiere decir que son muy populares inde­pendientemente del sector de los chicos que lo utilicen.

¿Lo geográfico es un factor diferencial en esa construcción de identidad? ¿Hay similitudes entre chicos de zonas rurales, chicos porte­ños y del extranjero?

Depende del grado de ruralidad. Si tiene una ciudad cerca, lo que cam­bia es la frecuencia de conexión a internet, en muchos casos, con más necesidad. Del mismo modo, el chico de Buenos Aires, de París o de Viena tiene comportamientos similares. Las diferencias se dan en los grados de acceso. En Europa la conectividad es del 100 por cien­to. En Buenos Aires no es así. Pero el primer uso de tecnología es por comunicación.

En Buenos Aires las familias tienden a ser menos numero­sas y las casas, más pequeñas. ¿El espacio exiguo influye en la relación que tienen con las pantallas?

En todo el mundo, las casas de fa­milias con hijos están más equipa­das tecnológicamente que las que no tienen chicos. Se debe a que los chicos presionan para tener la tecnología, y los padres tienen la expectativa de que la tecnología les sirva para la tarea escolar. Si es un chico o dos, no está especial­mente estudiado.

¿Los modos de amistad se mo­difican?

Los chicos encaran su vida social a través de las redes sociales. Dicen: “Si no estás en Facebook, no exis­tís”. Una preocupación de los adul­tos es saber si son menos sociales por obra de la pantalla, pero no hay estudios que lo indiquen. Los chicos que tienen menos de die­ciocho años integran una genera­ción que dispone de un montón de soportes y modos para comu­nicarse. Cuando yo era adolescen­te sólo tenía el teléfono de línea. Hoy los chicos tienen redes socia­les, e-mails, blogs, whatsapp, celular… Lo que se ha produ­cido es que la tecno­logía genera nuevas formas de sociabi­lidad juvenil, pero eso no signifi­ca que sean más solitarios. Lo que sucede es que se comunican de otra manera. El concepto de amis­tad lo tienen muy claro, sólo que las maneras de vincularse, de en­contrarse son diferentes.

¿Son exagerados los miedos de los adultos?

Siempre ante cada nueva tecno­logía tuvieron miedos, que son normales. Platón cuenta en Fedro que cuando apareció la escritura, los adultos tenían miedo de que desapareciera la memoria, por­que quién la iba a necesitar recor­dar, si iba a estar la escritura para registrarlo todo. Cuando apareció la radio dijeron que era el fin de la imaginación, y tampoco desapare­ció la imaginación. Con cada nue­va tecnología aparecieron miedos de los adultos. Son normales y lo que tenemos que hacer es admitir la tecnología, y acercarnos reflexi­vamente. No idealizarla, y tampo­co demonizarla.

En el libro se habla de adicción a las pantallas. ¿Hay muchos casos?

Es muy poco frecuente. Lo abordo porque hay casos, pero no son re­presentativos. Que el chico quie­ra tener el celular prendido inclu­so cuando está dormido es por una necesidad adolescente de es­tar comunicado. Eso no es una adicción. Los signos serían mucho más claros: que baje abruptamen­te el rendimiento escolar, que no quiera salir, que no quiera encon­trarse personalmente con amigos. O manifestaciones físicas: dolo­res de cabeza, cambios de humor, problemas de visión. Pero son ras­gos concretos y no mayoritarios.

¿Cómo evoluciona el conoci­miento en estas nuevas gene­raciones? ¿Es muy pronto para decirlo?

En los congresos se habla de la necesidad de tener un Piaget del siglo XXI que nos pueda orientar en los procesos de conocimien­to de los chicos de hoy. Sí se sabe que viven en un mundo de imáge­nes, que la percepción es diferen­te, que hacen todo al mismo tiem­po y ya. Para los chicos de hoy, el zapping es una actitud ante la vida. Esto trae modificaciones que no significan menor rendimiento escolar. Simplemente, son dife­rentes. Tienen otro modo de re­lacionarse con los conocimientos y la información.

¿Por dónde pasan los desafíos de las escuelas?

La escuela del siglo XXI tiene enormes desafíos. La escuela na­ció con Gutenberg, cuando se creó la imprenta y era necesaria una institución que difundiera la información. Hoy la información abunda y los desafíos de la escue­la cambiaron: enseñar a procesar, evaluar, analizar toda esa infor­mación, y a utilizar creativamente los diferentes lenguajes: audio, di­gital e imagen.

 Perfil

Morduchowicz suele decir que no hay que tenerle miedo a la tecnología. Es doctora por la Univer­sidad de París VIII y es docente de la carrera de Cien­cias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Coordina el área Los jóvenes y el cine nacional en la Academia de Cine de la Argentina y fue crea­dora del Programa Escuela y Medios del Ministerio de Educación de la Argentina. Es consultora de la Unesco y a través de ella ha asesorado a ministerios de Educación en diferentes países.

Su especialidad son niños y adolescentes y su re­lación con las pantallas. Ha dado clases, ha publicado libros, escribe artículos sobre el tema.

Los chicos y las pantallas, publicado por el Fon­do de Cultura Económica, se editó este año y des­de entonces la autora no para de dar entrevistas. Es natural: el tema es de total actualidad y ella aporta una mirada no lapidaria, un intento de comprender a esta generación que nace en tiempos que cambian con rapidez asombrosa, al ritmo de los avances tec­nológicos. En el prólogo de su libro, escribe: “Se tra­ta de partir desde el lugar donde los chicos están y no desde el lugar desde donde creemos que están o queremos que estén” y describe esa actitud como “la mejor manera de comprender y valorar la cultura de las nuevas generaciones”.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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