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TEMAS DE LA SEMANA

Rosa Montero: ‘Buenos Aires es mi segunda ciudad’

La escritora española se formó en pleno franquismo, leyendo a Borges, Sabato y Bioy Casares.

Por Olga Viglieca
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Pliega las piernas sobre el sillón, sonríe, y en el acto Rosa Montero (Madrid, 3 de enero de 1951) genera la complicidad de una charla entre amigas. Esta mujer de ojos oscuros y traviesos, sabia en develar los hilos con que se teje la misoginia, es una conocida defensora de los derechos de las mujeres. También una periodista mordaz, que ha sabido ganarse enconos, desde sus columnas en el diario El País. Pero sobre todo, Montero es una escritora que construye desde pequeñas historias cotidianas hasta completos mundos de ciencia ficción, donde las mujeres son protagonistas, «heroínas reales, confundidas y llenas de contradicciones», según explicó muchas veces. La última, cuando a iniciativa de la diputada María Elena Naddeo fue nombrada Huésped de Honor de la Ciudad.
¿Por qué te quieren los porteños?
Pues no lo sé, pero sí noto que me quieren mucho. Creo que el argentino en general y el porteño en particular es ubérrimo, simpático, sociable, exagerado, apasionado. Esto hace que sea tan cariñoso. La parte mala de este exceso es la tendencia al drama. Es una pura pasión. Yo también soy temperamental, también amo a la gente, también soy bastante melodramática. Probablemente nos reconozcamos.
¿Y las diferencias?
El aspecto que menos comparto es la mitomanía. Creo que los argentinos son en general muy mitómanos (Maradona, Evita, Gardel, enseguida construyen dioses intocables). Para mí los seres humanos son eso, humanos. Inevitablemente complejos, paradójicos y contradictorios.
En la Legislatura dijiste que conociste a Buenos Aires a través de la literatura.
Empecé a habitar esta ciudad en mi adolescencia, a través de los libros de los grandes escritores argentinos. En mi generación, que vivió su niñez y su adolescencia durante el franquismo, apenas leíamos a escritores españoles contemporáneos, o sea que mi educación literaria en la lengua española se hizo a través de los escritores latinoamericanos del Boom y muchos de los más importantes eran argentinos. Así que mi primera Buenos Aires era la de Sabato, la de Borges, Cortázar, también Bioy.
¿Y se parece a la verdadera?
Vine por primera vez hará unos treinta años, me quedé fascinada, porque era todavía más grande y magnífica que el Buenos Aires de las obras literarias. Buenos Aires es como el Aleph de las ciudades, inabarcable, inacabable, sofisticada, compleja, rutilante y oscura al mismo tiempo. Desde aquella vez, he venido todos los años. Es como mi segunda ciudad.
¿Cómo entiende la muerte la hija de un torero?
Mi padre se retiró cuando yo tenía cinco años, de muy pequeña. Pero las primeras palabras que me enseñaron y dije fueron «suerte papá», cuando se iba mi padre. Cuando toreaba en Madrid, nosotros éramos pobres, no teníamos agua caliente, así que subíamos a casa de mi abuela. Mi padre se vestía allí. Entraba en el cuarto de baño vestido de padre normal y salía todo vestido de brillos, vestido de Dios. Y mi madre, mi abuela, las tías, nos quedábamos rezando el rosario. Al final de la tarde, si todo había ido bien, entonces se rezaba algo corto en acción de gracias. Luego venía lo que más me gustaba. Me sentaban en el alféizar de la ventana con las piernas entre los hierros hasta que llegara el coche de los toreros. Era un Citroen de los años 30 negro enorme. Se paraba y salía mi padre, manchado de la sangre seca del toro.
¿Escribir sirve para conjurar la muerte?
Tal vez sirva para sobrevivir al dolor. Mira, la vejez no tiene nada de bueno excepto que envejeces con tus amigos, y así no es pérdida sino construcción.
Para sobrevivir el dolor. Para crear mundos. Para celebrar a los amigos. Para que las mujeres se rebelen ante las injusticias. Para secar la sangre seca del toro. Para eso y tantas otras cosas escribe Rosa Montero.

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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