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TEMAS DE LA SEMANA

Ron Mueck: Tierra de gigantes

Sus esculturas convocan multitudes en La Boca.

Por Julia Villaro
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ron_mueck

Una serie de personajes arrojados al mundo. En las salas amplias y vacías de Fundación Proa las figuras del escultor Ron Mueck pueden ejercer su inercia con desenfado. No hay un contexto que permita aventurarles historias, más allá de sus propios cuerpos. De las venas azuladas que deja ver la piel traslúcida; de la barba de dos días; de las durezas en las plantas de los pies. Si no fuera por los abruptos cambios de escala entre los personajes, casi podríamos confundirlos con personas de carne y hueso. Pero son esculturas. Elaboradas minuciosamente hasta alcanzar, por la vía del artificio, un naturalismo exasperante.

Apenas entramos a la muestra nos topamos con una cabeza enorme apoyada en un pedestal. Podemos observar los detalles “obscenos” de su piel; las arrugas alrededor de los ojos; la barba apenas rompiendo los poros; los labios fláccidos, acaso relajados por el sueño. Al terminar de rodear la figura la descubrimos hueca, una máscara. La cabeza que con su naturalidad exacerbada, parece de un lado de la sala más real que nosotros mismos, del otro es una simple farsa. Una mueca que nos marca el tono de la muestra.

Las figuras de Mueck cambian de tamaño con tanta fluidez, que por un instante nos hacen pensar que somos nosotros quienes en realidad estamos en mutación constante. Así podemos sentirnos pigmeos morbosos al lado de una pareja de ancianos enormes. O cautelosos gigantes cuyos torpes movimientos podrían destruir de un soplo a la pequeña madre que vuelve del súper mercado con sus bolsas en las manos y su bebé arropado bajo su sacón.

Mueck concibe sus figuras como un padre. Y como una madre, las gesta en su taller. Realiza sus estructuras y las pinta a la luz de lámparas incisivas que le permiten trabajar con obsesión cada detalle. Uno por uno enhebra sus cabellos. Y los recorta. Y los corre detrás de sus orejas, como un Pigmalión que espera que sus criaturas cobren vida con el gesto amoroso.

Resulta paradójico pensar que todo eso que con tanto empeño extirpamos de nuestros propios cuerpos –pelos, callos, pliegues de piel– es lo que confiere humanidad a estas figuras. Los detalles íntimos atesoran historias con más o menos las mismas dosis de violencia, amor o fantasía que nos acaecen a nosotros mismos. Y de ensimismamiento.

No es entonces en la perfecta imperfección de sus orejas, sus narices o sus uñas, donde estas figuras más se nos parecen, sino en ese solitario automatismo que las envuelve como un halo.

Ron Mueck Fundación Proa (Pedro de Mendoza 1929). Martes a domingo de 11 a 19. Entrada $15.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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