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Rincones donde la ciudad descansa

En una metrópolis con un entramado tan regular como Buenos Aires, los pasajes son verdaderos tesoros urbanos. Quienes viven allí no quieren mudarse, y los que pasan se detienen a mirar.

Por Eduardo Diana
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Apenas visibles, íntimos, custodios de historias y leyendas, los pasajes son como pequeños oasis en medio de la monumental ciudad. A salvo de ruidos, mágicos y misteriosos retazos de Buenos Aires, cobijan secretos y recrean aires de otros tiempos. ”Buenos Aires es la otra calle, la que no pisé nunca, es el centro secreto de las manzanas, los patios últimos, es lo que las fachadas ocultan”, escribió en Elogio de la Sombra Jorge Luis Borges, caminante incansable y conocedor de las historias de la ciudad y, quizá, también de los silencios que atesoran esas calles que nacen y mueren en apenas unos cuantos metros.

Construidos entre 1880 y las primeras décadas del siglo XX, en Buenos Aires hay unos 600 pasajes y cortadas. En casi todos los barrios hay al menos uno. Y son una marca de identidad. Algunos tienen forma de L y otros de U; pueden atravesar la manzana de punta a punta o terminar en un callejón sin salida. Algunos son peatonales; hay pasajes de acceso libre y privado. Todos están cargados de mitos, homenajes y curiosidades. Por ejemplo, el pasaje Corina Kavanagh, junto al edificio art deco, es el único lugar desde donde se puede observar de frente la iglesia del Santísimo Sacramento. Se dice que la mujer mandó a construir esa torre –en su momento la más alta de Latinoamérica– para obstruir la vista de la iglesia que había sido donada por los Anchorena, con los que estaba enfrentada.

En Versalles todos los pasajes y cortadas tienen nombres indígenas (Cochicó, Caldén y Cangayé) o gauchescos (El Rancho, La Huella y La Diligencia). En Parque Chacabuco, en cambio, reciben nombres de los ideales de principios del siglo XX: De la Industria; Del Comercio; Del Progreso; De las Artes; Del Buen Orden y De las Ciencias.

En Balvanera, el Pasaje Colombo sorprende con su calle interior en forma de L y una portería con techo a dos aguas coronado por una lanza. El pasaje Sarmiento, en el mismo barrio, por decisión de sus dueños de origen sirio, rememora escenarios de Andalucía mediante arcos de medio punto, mayólicas con imágenes de toreros, fuentes, estanques y canteros repletos de flores. En Almagro, el pasaje Carlos Gardel homenajea –con monumento incluido– al “Zorzal Criollo”.
La mayoría de los pasajes y cortadas están en Monserrat, Constitución, San Telmo, Villa del Parque, Almagro, Balvanera, Boedo, Palermo y Belgrano. En algunos se instalaron restaurantes, galerías de arte y pequeños locales de diseño, pero la mayoría son lugares serenos y hasta bucólicos. Un dato: quien vive en un pasaje o en una cortada, difícilmente decida mudarse.
Hay pasajes afrancesados, de estilo italianizante, coloniales y eclécticos. Algunos tienen aires aristocráticos, otros muestran una excesiva ornamentación y hay muchos con gran impronta popular. Todos son verdaderas joyas del paisaje porteño.

Como espejos enfrentados
Construido entre 1924 y 1926, el pasaje Rivarola siguió los lineamientos arquitectónicos de una calle idéntica levantada en París. Ubicado en el barrio de San Nicolás, une Perón y Mitre, corre entre Talcahuano y Uruguay. La cuadra tiene ocho edificios, todos de planta baja y cinco pisos. Por piso hay tres departamentos y la planta baja está destinada a locales comerciales. En todos abundan los detalles de calidad: los pisos de las entradas y de los palieres son de mármol y los de los departamentos, de roble de Eslovenia. En el exterior, herrería artística, pizarra importada y marcos de bronce. En cada esquina hay dos edificios rematados por cúpulas y miradores. En cada una de las cúpulas se diseñó un departamento. Sin embargo, lo más curioso del pasaje es que, como si fuesen espejos enfrentados, los edificios de una vereda son exactamente iguales a los de enfrente. Hasta 1957 se lo conocía como pasaje La Rural, ya que los edificios de la cuadra eran propiedad de esa compañía de seguros. Afrancesado y bucólico, el pasaje fue escenografía de varias películas y publicidades.

La herradura
El Pasaje de la Piedad es uno de los más antiguos y el único con forma de herradura de Buenos Aires. Está en Bartolomé Mitre entre Paraná y Montevideo, frente a la iglesia Nuestra Señora de la Piedad del Monte Calvario, en San Nicolás. Un tramo fue habilitado en 1888 y el resto hacia inicios del siglo XX, algo que se advierte en la mezcla de estilos. Las primeras construcciones muestran influencias italianas, mientras que en el resto de las viviendas predominan los elementos franceses. La diversidad responde al eclecticismo arquitectónico característico de la “generación del 80”.Los departamentos están organizados en cuatro bloques, que suman 114 unidades. Los jardines delanteros, las aristocráticas rejas, los faroles y los balcones aportan su encanto. En la esquina, un antiguo cartel indica: “Salida de carretas”.

Barrio de Tango
Encerrado entre la avenida La Plata y las calles Cobo, Senillosa y Zelarrayán, el barrio obrero Butteler, en Boedo, tiene características únicas. Está formado por una sola manzana dividida por dos pasajes que trazan una equis, todos con el mismo nombre: Azucena Butteler. La mujer donó las tierras para que se levantara un barrio obrero: se construyeron 70 casas, en su mayoría de una planta. Los cuatro pasajes desembocan en una plazoleta ubicada justo en el centro, que se llama Enrique Santos Discépolo. Primero se llamó Plaza Escondida, pero en 1971 fue rebautizada y se colocó un busto del autor de “Cambalache”. La decisión se tomó porque Discépolo iba seguido a Butteler, donde tenía un amigo con el que mateaba en la vereda. Dicen que también era frecuentado por Carlos Gardel. Las callejuelas, donde abundan las pintadas a favor de San Lorenzo y los escudos de ese club, fueron escenario en 1951 de la película Culpable, dirigida y protagonizada por Hugo del Carril.

Limoneros y arbustos.

El pasaje Roberto Arlt, en Gurruchaga al 1900, barrio de Palermo, tiene no más de tres metros de ancho y unos 50 de largo. En realidad, es una cortada y su nombre rinde homenaje al autor de Los siete locos, quien vivió un tiempo allí.En 1910, un ingeniero inglés que trabajaba en el ferrocarril, de apellido Shine, compró un amplio terreno que subdividió y construyó seis casas: tres para su familia y tres para alquilar. Así se formó la cortada. Una de las casas, que da a la calle Gurruchaga, se la regaló a su hija Elizabeth, esposa de Arlt. Allí vivió la pareja durante varios años. Entre limoneros, arbustos y plantas que disimulan la entrada, cada casa tiene jardín, además, un privado y un estilo diferente. El pasaje llega hasta el centro de la manzana y termina en una rotonda.

Compadritos y bohemios

En sus dos cuadras, de espaldas al Hospital Rivadavia –desde Pacheco de Melo al 2800 hasta French, en Recoleta- el pasaje Bollini encierra historias de malevos y bohemia. La calle resistió los bruscos cambios del entorno: empedrado, veredas angostas y casas bajas y de dos plantas con fachadas coloniales, antiguos faroles y ornamentadas rejas negras. Sus primeros pobladores fueron inmigrantes italianos. En 1874, debido a la epidemia de fiebre amarilla, 300 inmigrantes fueron trasladados a los terrenos de la quinta Bollini y empezaron a cambiar la fisonomía. Levantaron sus propias casas y comenzaron a cultivar quintas, lo que derivó en la venta ambulante de verduras y hortalizas. Al instalarse en puestos, el lugar fue conocido como Calle de la feria. En 1890 se oficializó el nombre de pasaje Bollini.

Hacia 1980, el lugar se convirtió en polo gastronómico. Luego fueron instalándose centros culturales, galerías de arte, cafés literarios y negocios de decoración. Sobre las mismas veredas donde los compadritos se jugaban el honor.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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