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Ricardo Bartis: ‘Nos hace imbatibles que no nos unimos por la plata’

Dramaturgo, director y uno de los personajes más potentes del teatro, charló con Diario Z.

Por Karin Miller
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Desde la calle, a través del portón del Sportivo Teatral, se lo ve a Ricardo Bartis, sereno, regando las plantas que cubren el patio del viejo caserón. El espacio comenzó a funcionar en 1986, y desde entonces alberga el trabajo de una de las figuras más reconocidas del teatro alternativo porteño. Bartis dice que si se viera desde afuera creerían que forma parte de algo así como una secta. El off, dice Bartis, tiene sus beneficios. «A nosotros nos hace imbatibles el hecho de que no nos unimos por la plata, eso nos da una ventaja enorme», explica. Su reputación excede largamente las fronteras nacionales. En 2011, Bartis fue convocado con otros seis directores de distintos países a la Bienal de Venecia para crear una obra que retomara el tema que representaba a la Bienal: los pecados capitales.

¿Cómo fue la experiencia?
Yo estaba muy asustado porque sentía que había una gran distancia entre aquello que se anunciaba, toda una parafernalia con bombo y platillo, y el encuadre, muy limitante. Eran siete días de trabajo con actores desconocidos. Tenía muchas cosas en contra, por lo menos para mi trabajo, que depende mucho del intercambio con la actuación.


¿Tenía algo armado previamente?

No, tenía ideas y algunas cosas escritas que les había mandado a los actores, pero les había hecho mucho hincapié en que hiciéramos cierta alianza para poder burlarnos, para que no nos tumbara la Bienal, el fenómeno solemne, institucional. Sabía que otros directores iban a trabajar en un campo más vinculado a lo visual, con poco elemento de actuación, es decir, textos, situaciones, intercambios corporales. Lo digo de manera brutal: me parece infinitamente más sencillo. Después, me parecía que era muy difícil trabajar con actores extranjeros, no sólo por el idioma sino por la cabeza de cada uno. En ese marco, la experiencia fue muy buena, finalmente.

¿Por qué eligió la burocracia como pecado?
Porque tenían dificultades para aceptar que yo tenía mis cuentas fiscales pagas en la Argentina, querían que hiciera unos trámites de una magnitud tal que tenía que estar seis meses al servicio de ellos. Me sorprendió hasta el punto de decir «no voy a viajar».

El pecado que los mismos organizadores cometieron.
Sí, y después lo vi funcionar, una estructura burocrática fascinada por sí misma, como toda estructura, una señora gorda la Bienal. Más allá de los discursos, la realidad fue una realidad burocrática. Fue bueno el procedimiento con la gente, el encuentro con los actores, la relación con el público. Pero las estructuras terminan fagocitándose las buenas intenciones, si es que las hay.

¿Eso sucede también en los circuitos comercial y oficial de Buenos Aires?
En el comercial no, porque ahí se gana plata y hay que terminar rápido para optimizar el servicio de producción. En las estructuras oficiales, la situación de saboteo es de múltiples áreas, no es solamente la cabeza la que está burocratizada, es la estructura completa, y cualquier movimiento que la cuestione es vivido de manera totalmente hostil. Uno piensa que en algún momento va a ceder esa estructura, pero la situación crece y crece como un virus interminable, independientemente de las personas. Esto opera no sólo en los trámites, en el tiempo, sino en lo más esencial, en lo último de nuestras reservas está el virus carcomiendo, dejando vacío de toda alteridad, de toda posibilidad de salir de la uniformidad. En lo aparente hay mucho distinto, pero todo es variación de lo mismo.

Más allá de lo específicamente artístico, técnico o estético, ¿qué permite decir el teatro que la política o el periodismo no?
Mucho, en la medida en que ellos están definidos por su historicidad, están regidos por la lógica de lo real, independientemente de que articulen discursos ficcionales. El teatro se mantiene en un área de mayor libertad, porque está situado en un territorio poético. Sin embargo tiene también una responsabilidad, que es qué es lo que imagina y qué afirma con lo que imagina. Lo que afirma no es sólo lo que se dice: también son sus ritmos, sus energías, hasta la forma de saludar. Tiene posibilidad de dar cuenta de algo que es y no es, salir del binarismo verdad mentira, puede contener más de una cosa a la vez sin que eso sea negativo. Su perversión es gozosa y divertida. Los otros están más limitados en ese aspecto, y muy limitados también, sobre todo en el caso de la política, por las formas ceremoniales, el protocolo, la modalidad impuesta en los últimos años del pensamiento único, del trajecito y la corbata finita. En la política, además de gente hija de puta hay una cantidad de imbéciles grave. Y como son los que han determinado nuestro funcionamiento, el nivel de irritación que yo les tengo es severo, porque hay un montón de cosas que yo padezco en la vida cotidiana producto de la ineficiencia y la idiotez de los que supuestamente deberían ser mis mayores, porque ocupan ese lugar.

¿Está trabajando en la trilogía del deporte?
Me falta El fútbol, tendré que hacerlo en algún momento porque para eso también fue la tontera de plantear una trilogía, como una obligación. Ahora que ya hicimos la segunda, El box, ya la sensación es quizás mejor dejarla sin hacer, para que quede ese hueco en el imaginario. Cuesta un poco la situación de la independencia, con muchas comillas, mucha broma, porque creo que desde hace tiempo, cuando el Estado aparece a través de la Ley de Teatro, el Instituto Nacional de Teatro, Pro Teatro, la independencia se terminó.

¿Cómo cambió la relación con el público a lo largo de los años?
En los 80 era una relación política, no solamente teatral. Eso ahora está totalmente vencido. Cada vez más, año tras año, extrañamos cierto tipo de relación en donde el vínculo está más erotizado, y entonces te impulsa más, te obliga y te instala en un intercambio más fuerte. Es distinto si el público viene a ver algo en particular a si la situación es más casual, si es un público que no apoya más allá de la experiencia casi turística de ese día. En otros momentos las personas que iban a ver nuestro trabajo entendían que pertenecíamos a un sector de lo teatral de la ciudad distinto a la esfera profesional tradicional y a la esfera oficial. El espectador hacía un movimiento hacia un lugar raro, que lo comprometía de alguna forma.

¿Qué tiene de particular el teatro alternativo de la ciudad?
Su fuerza y su existencia loca, la cantidad de espacios. También hay que decirlo, aunque suene horriblemente degenerado y casi fascista: hay de más. El riesgo es que una serie de experiencias, que tienen todo su derecho a existir, adquieran rango de espectáculo, y entonces se empiece a bajar mucho la medida del juego. Por otra parte, veo que hay una tendencia del off a querer instalarse. No solamente me hincha las pelotas porque me resultaría más estimulante que hubiera más quilombo, sino que además es raro el reclamo, porque por momentos parece vincularse a la marginalidad para pasarse al otro lado. Si cuatro o cinco de los conspicuos directores no se hubieran vendido a la plata de manera salvaje, o si se hubieran vendido pero hubieran dicho «me calienta la plata, pero extraño los saques teatrales que me daba en el margen», el margen se mantendría erotizado. Si el margen es el estadio o la estación que hago para llegar allá, parece ser siempre un lugar de merda, cuando en realidad es un lugar que está bueno. La merda es donde laburan ellos, que tienen que llegar a horario, cumplir con ciertas pautas y desarrollar cosas poco estimulantes. Es muy parecido a lo que hubieran criticado hace 30 años de manera manifiesta. Si uno no fortalece el territorio de la independencia y la marginalidad, se convierte en hostil la hipótesis del margen, cuando podría ser una alternativa. Todo lo demás es una gilada, el ACE, los premios, el diario Clarín, las notas, la Bienal, es una tontería, podrían estar o no estar. La ciudad se está moviendo del centro, de Palermo, de Almagro, y eso está muy bueno. Empieza a haber eventos, festivales, grupos que se juntan en otros lugares. De ahí va a venir lo nuevo. No va a venir del teatro oficial o comercial, no va a venir de nosotros ya.

DZ/rg

 

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