Tiempo en Capital Federal

13° Max 10° Min
Cubierto
Cubierto

Humedad: 42%
Viento: Suroeste 24km/h
  • Lunes 13 de Julio
    Parcialmente nuboso  11°
  • Martes 14 de Julio
    Despejado  10°
  • Miércoles 15 de Julio
    Despejado  12°
Estado del Tránsito y Transporte
Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
Tránsito
Trenes
Vuelos
Cargando ...

TEMAS DE LA SEMANA

Reserva ecológica Costanera Sur: Un rincón verde en la ciudad

A diez minutos del Obelisco, la naturaleza se adueñó de terrenos ganados al Río de la Plata. En la reserva habitan plantas y animales propios de la ribera pampeana y del delta. Miles de personas la recorren los fines de semana.

Por Federico Raggio
Email This Page
reserva_ecologica

Buenos Aires le da la es­palda al Río de la Pla­ta. Distinguirla desde la orilla permite conce­der una imagen que pocos porte­ños suelen apreciar. Recorrer a pie o en bicicleta la Reserva Ecológi­ca Costanera Sur, y detenerse en alguno de sus miradores a avistar aves mientras se toman unos ma­tes, es un lujo que los porteños no deberían desaprovechar.

Aquí, a tan sólo cinco minutos del centro, se puede disfrutar del contacto con las plantas y el bi­cherío propio del delta y la ribe­ra rioplatense. Si el sol acompaña, entre 3 y 7 mil personas pasean por sus caminos los fines de se­mana. Y alrededor de un millón la visitan cada año.

Un poco de historia

El ingreso a la Reserva Ecológica está ubicado donde se encontraba el antiguo balneario municipal a co­mienzos del siglo pasado. Se asien­ta sobre terrenos ganados al río, que se rellenaron con los restos de las demoliciones que se efectuaron para proyectar la autopista 25 de Mayo y el ensanche de la avenida 9 de Julio en las décadas del 70 y 80: “Los escombros formaron unos cir­cuitos cerrados donde quedó agua encerrada de lluvias. Con el tiempo, se fue originando como un terreno baldío donde crecía la vegetación. Llegaron camalotes que traía el río, y luego fue creciendo con diferen­tes tipos de flora y fauna”, revela Federico Teichmann, responsable de promoción y difusión ambiental de la Reserva.

Luego de traer los escombros, entre 1978 y 1984 no se hizo más nada. Un proyecto para cons­truir ministerios y ofici­nas públicas quedó en la nada. “Poco a poco, la vegetación fue colo­nizando el área, lo cual atrajo a muchos ani­males. La Reserva Eco­lógica tiene un senti­do porque todos esos ecosistemas naturales que se formaron de­ben conservarse”, ex­plica Anahí Otero, guía intérprete ambiental de este espacio verde de más de 360 hectáreas.

Lagunas y bosquecitos

En esos años de abandono, la natura­leza desarrolló diver­sos ecosistemas: cua­tro lagunas (las de Los Coipos, de Los Patos, de Las Gaviotas y la única que no se secó, la pequeña laguna de Los Macaes); bosques de sauces y alisos, además de pas­tizales, espinales y matorrales.

El cielo despejado y soleado permite divisar a lo lejos a un ca­rancho que vuela cerca de unas cortaderas. Diez años atrás la Re­serva contenía una fauna más di­versa, antes de que se secaran sus tres lagunas más grandes. Aho­ra hay un plan para recuperarlas. “Se secaron tanto por un proceso natural como por la acumulación de sedimentos, pero también por la falta de mantenimiento y des­manejo de los distintos gobier­nos”, indica Diego Moreno, direc­tor general de la Fundación Vida Silvestre. “Algunas aves, mamífe­ros y anfibios que estaban asocia­dos a los cuerpos de agua prác­ticamente desaparecieron de la Reserva. Quince años atrás había cisnes de cuello negro, cigüeñas, garzas, patos y coipos (una espe­cie de nutria). Hoy toda esa fau­na no está en la Reserva, pero se va a recuperar con la inyección de agua del río a las lagunas. Lo im­portante es generar las condicio­nes para que esa fauna vuelva.”

Según el ingeniero Eduardo Haene, gerente operativo de la Re­serva, en marzo comenzaron los trabajos para recuperar las lagunas, que se prolongarán hasta cerca de fin de año. “El primer paso fue ha­cer la conexión al río para proveer agua al sistema. Ahora se está lle­nando la laguna de Los Coipos para terminar el dragado. La recupera­ción de este ecosistema permiti­rá generar una oferta de hábitat al que podrán llegar con facilidad las aves acuáticas, por su ubicación. El mayor desafío actual de la Reserva Ecológica es reposicionarse como un espacio verde único, por ser el lugar con mayor biodiversidad por­teña.” El último incendio importan­te que sufrió la reserva ocurrió a fi­nes de julio pasado. “Abarcó unas 30 hectáreas de pajonal y cortade­ra.” Luego ocurrió otro, a finales de agosto. “Históricamente, la mayo­ría de los incendios que sufrió la Re­serva fueron intencionales, sobre todo en la década del 90.”

A pesar de esto, el medio am­biente permitió que otros animales tuvieran mejor suerte. Entre los pas­tizales, hay roedores, como las co­madrejas, y ofidios, como las temi­das yararás. Por eso, indica Anahí, no se puede bajar por los senderos hacia las totoras y cortaderas, con sus inflorescencias con formas de plumas, sin la compañía de un guía. “Ahora los lagartos están invernan­do. A la tardecita se pueden ver al­gunos cuises que salen a comer y comadrejas doradas. Tenemos más de 300 variedades de aves repre­sentativas de la Argentina”, comen­ta Haene, aunque aclara que habría que limitar ese número ya que hay muchas aves acuáticas de la vege­tación típica de la ribera del Plata que no se avistan por el momento, y que regresarán cuando se llenen las lagunas. Hacia fines de septiem­bre o principios de octubre comien­zan a aparecer con mayor regulari­dad reptiles y mamíferos.

En la playa se pueden divisar al­gunas aves más. Por ahí aparece un tordo sobre la rama de un curupí. Y el sonido del río permite margi­narse de los rumores de la Ciudad. Durante el trayecto, Anahí enseña la diversidad de árboles y plantas. Asegura que no es lo mismo ve­nir solo que hacer una visita guia­da: “Si uno viene solo, tiene la sen­sación de que no hay nada. Pero si lo acompañan y le explican sobre el ecosistema, todo toma un valor di­ferente, ya que no son sólo pastiza­les y verde sin sentido. Si vienen los chicos de las escuelas, les enseñás a observar, les explicás por qué es­tán ciertos animales y plantas acá, y se los ayuda a reflexionar desde la educación ambiental”.

Frente a un mirador, Federi­co Teichmann detalla que comen­zó la construcción de un vivero que ya contiene un inventario sobre las especies que se encuentran allí. “En este momento, abastece a la Reser­va con plantas nativas. Se juntan se­millas y de esa manera se van gene­rando nuevos plantines, haciendo que crezca la producción del vive­ro. La idea es que abastezca a toda la Ciudad”, expresa, e indica que estará terminado para fin de año. Para la misma época, se iniciarán las obras para la construcción de un centro de rescate de fauna.

El aire es más puro en la Reser­va. Y se puede atestiguar por al­gunos signos: los árboles tienen manchas blancas producto de los líquenes asentados en ceibos y pa­raísos. Un grupo de gente que ca­mina hacia el río y otros en bicicleta se dirigen hacia la entrada, donde se divisan los edificios de Puerto Madero. Dentro de pocos días, las flores de ceibo, yuca y tipa –entre otras– volverán a abrirse, y cambia­rán los colores. Comienza la prima­vera, la mejor época para hacerse una escapada a este ambiente de humedales pampeanos, tan lejos y  tan cerca del Obelisco.

 Visitas guiadas

  • Dirección: Tristán Achával Rodríguez 1550. Teléfonos: 4893-1588/1597.

• Visitas guiadas para pú­blico general: Sábados, domin­gos y feriados. Horario de verano (noviembre a marzo): 9.30 y 16 hs. Horario de invierno (abril a octubre): 10.30 y 15.30 hs. Sin inscripción previa.

• Visitas nocturnas: Requiere inscripción. Cupos limitados. Horario de invierno (abril a octubre): 19.30 hs. Horario de verano (noviembre a marzo): 20.30 hs. Próximas salidas: 20 de septiembre, 18 de octubre, 15 de noviembre y 20 de diciembre.

 Paseo bajo la luna llena

 Son las 19.30. Cae la noche. Hay unas pocas luces en las cabañas de la entrada. La Ciu­dad les da la espalda. Fernanda, la guía del grupo de 30 perso­nas que recorrerán durante tres horas y media la Reserva, indica que hay que apagar los celula­res. Ella lleva la única linterna.

La caminata comienza por el Camino de los Lagartos. A medida que nos alejamos poco a poco de la entrada, la oscuri­dad se cierra y los ruidos de la Ciudad desaparecen. Caminamos diez minutos en medio del silencio, hasta que a lo lejos co­mienza a escucharse el río. La sensación es rara. La noche luce plateada, o azulada, bajo la luna llena.

Cada quince minutos, la guía detiene al grupo para explicar las características de la flora y la fauna. Se oyen ranas y grillos mientras atra­vesamos el bosque de sauces. Fernanda indica que hay que bajar por un terraplén para aden­trarse en el bosque de los alisos. Es un sendero agreste y cerrado. Hay que entrar en fila india, tocándole la espalda al que marcha delante. Las cortaderas bloquean la luz de la luna, no se ve nada. Se oyen los pasos, lentos, de los visi­tantes nocturnos. Y se pueden sentir los pastizales y matorrales con las manos en medio de un camino sinuoso y angosto.

La guía habla de los “alga­rrobos chiquitos”, que crecen poco a poco. Reemprendemos el paseo en medio de la oscuri­dad hasta el río. Llegamos a la playa. La luna resplandece so­bre el Río de la Plata. Nos sen­tamos, la gente conversa. Algu­nos previsores aprovechan para comer la vianda que trajeron. Este último descanso dura 20 minutos. Es hora de encontrarse con el Camino de los Plumerillos y emprender la vuelta. A lo lejos, se ven las lu­ces de Puerto Madero. Los sonidos de la natu­raleza comienzan a desvanecerse. Brotamos de la oscuridad a la calle. Nada parece igual.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
Email This Page

Deja tu comentario