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Reportaje Z: Javier Malosetti

‘Cada vez me quedo con menos música’.

Por enrique-duran
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Son las dos de la tarde de un día lluvioso y recién amanece en la casa de los Malosetti. Papá Javier acaba de salir de la ducha. Su hijo Julián, una copia desgarbada y adolescente del músico, acaba de levantarse y se prepara para salir. La escena es de entrecasa. Se amontonan los instrumentos; en el medio del living del departamento de Caballito hay una caminadora, discos, libros de música y un par de premios desparramados.

Durante febrero, el bajista, guitarrista y cantante se presentó con Electrohope en el club de jazz Boris; su nueva banda es una suerte de Sub 25 de músicos en la que Javier es el único que supera los 40. Con una base eléctrica, el grupo suena por momentos al jazz neoyorquino más puro y en otros es una formación clásica de rock, que bien podría ser de los años 60 o 70.

Mate en mano y en el medio de una mudanza que lo llevará de este tres ambientes a su vieja casa de la infancia en El Palomar, Malosetti habla de su grupo, del jazz en Buenos Aires y de los prejuicios que hay alrededor del género.

¿Por qué, luego de tantos años de carrera, formás recién ahora una banda?
Quizá porque el jazz es más formador de solistas. De pendejo, tuve grupos, pero siempre amateur, con amigos del barrio en El Palomar. Era todo un juego. Después empecé a tocar jazz y formé parte de bandas de otros, como la de Spinetta. Creo que es el momento de imponerle a esta nueva experiencia mi impronta, estilo y concepto. Y la banda tiene un nombre porque los músicos que lo forman también lo sienten como propio.

¿Qué tiene de bueno integrar una banda con músicos a los que les llevás 20 años?
Que no tienen la memoria minada ni el concepto de su trabajo como músico. Ninguno fue profesional a sueldo, ni trabajó grabando jingles ni tocando con un cantante por el mango. Están vírgenes de todo eso y se mueven con una gran pasión, como la que siente el futbolista amateur cuando sale a una cancha. Tener esas ganas es magnífico; luego, con el tiempo, no digo que vayan mermando pero sí se convierten en otra cosa.

Seguramente te ven como a un maestro, un referente. ¿Eso te genera una responsabilidad?
Es un caballo al que no me quiero subir. No quiero ser el maestro de nadie. ¿Maestro de qué? Toquemos y ya, chabón. Todo lo mío es de ellos porque yo no soy canuto con la data que tengo. Todos son tipos con swing, con buen gusto y rápidos para aprender. Sí siento que están recibiendo un gran aprendizaje porque están en constante estado de absorción, con el radar siempre prendido.

¿Te sorprende la cantidad de shows que hay y los lugares para el género que se abren en Buenos Aires?
Siempre es una noticia feliz que se abra un local para el jazz y también es una mala noticia cuando muchos de ellos cierran a los pocos meses. Por eso, muchos deciden ponerle club de jazz, pero en realidad se abren a otras músicas para captar nuevos públicos, algo que me parece perfecto. Lo que pasa con el género es inexplicable; no es una música popular ni vende discos, pero vienen muchos músicos de jazz y varias empresas están interesadas en esponsorear festivales y eventos. En cuanto a los festivales, pasa algo muy raro. No me invitan mucho porque los jazzeros piensan que sueno muy rockero y los rockeros piensan que soy del palo del jazz. No me hago cargo de esos prejuicios; hay mucha gente que piensa como yo y que me sigue en lo que hago.

El jazz nunca fue masivo.
No, claro que no. En Nueva York, en algún momento, Bill Evans tocaba en uno de esos locales donde almuerza la gente de trabajo, los oficinistas. Vos ibas a comer el menú del día y estaba el tipo tocando.

Acá en tu casa, veo la colección del sello Blue Note, discos de los Beatles y de Frank Zappa. ¿A qué discos volvés siempre?
Me pasa algo raro: cada vez me voy quedando con menos música. ¿Sabés por qué? Porque cada vez escucho menos. No pongo discos acá. No sé nada de la música nueva, salvo las cosas que están sacando mis amigos. Siempre están ahí los Beatles, los negros muertos del jazz, del blues, del soul y ese gran mundo de los afroamericanos del siglo XX.

Suena extraño que un músico escuche poca música.
Escucho poco porque estoy con mis propios planes musicales. Si oigo algo, me hace acordar a algo que tenía en la cabeza; entonces, apago el equipo y cazo la viola. Antes vivía con la música andando. Ahora, en esta casa, no se escucha música.

DZ/sc

Fuente Redacción Z
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