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Reportaje Z: Fernán Mirás: ‘Ser padre fue puro placer’

El éxito le llegó muy joven. Hoy se luce con un clásico de Chéjov.

Por Magalí Sztejn
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Faltan minutos para que comience la función de Los hijos se han dormido, en el Teatro San Martín y Fernán Mirás deba ponerse en la piel de Konstantin, en la versión de La gaviota de Anton Chéjov. Sin embargo, el actor no parece estar apurado. Quizá porque no existe noción del tiempo cuando se trata de hablar de su paternidad. Se define «feliz y alucinado», viviendo «un misterio bellísimo». Cuenta que fue padre y estaba «dispuesto al sacrificio junto con la alegría pero fue todo puro placer».
¿En qué te cambió ser papá?
Te das cuenta de que estás en una transición. Cuando sos hijo tenés un montón de responsabilidades y de algún modo buscás quién te ayude. Al ser padre hubo un montón de situaciones, que no tenían que ver con mi hijo, en las que sentía que tenía que resolver solo, porque ya era padre. No podés echarle la culpa a nadie. Ahora la responsabilidad es tuya.
¿Siempre tuviste inclinación artística?
Mi viejo era técnico electrónico, o sea que la cuestión técnica estaba muy presente en mi casa y, aunque podría haber sido un incentivo, no me llevaba bien con esas cosas. Paralelamente con las matemáticas me llevaba mal. Así que no sé si era que tenía una inclinación artística o que no tenía inclinación por ninguna otra cosa. Igual soy de familia de buenos espectadores, gente que disfrutaba del arte. Mi papá tocaba el piano y mi vieja escribía. Creo que los tres hijos heredamos eso. Además una tía que vivía cerca del Teatro San Martín sacaba el abono y me traía.
¿Cómo es actuar Chéjov en ese mismo teatro y dirigido por Daniel Veronese?
Es una combinación entre uno de esos autores que esperás hacer alguna vez en circunstancias como son las versiones de Veronese, que me gustaban antes de trabajar con él, porque el material no pierde su esencia pero se vuelve más contemporáneo. Siempre inquieta ver qué se hace con un clásico. La versión está más tensionda, menos melancólica. Me interesan los clásicos, no por la chapa que traen, sino por su vigencia.
¿Trabajar textos que abordan problemas vinculados con la humanidad permite otra lectura de la realidad social?
Puede pasar o no. Un actor puede no opinar de política nunca y nadie lo va a ver mal, porque no es su rol. Sí me parece que el arte tiene una tendencia más progresista. En general hay cierto ritual colectivo y uno tiene más identificación con el grupo de gente que con la individualidad. A la vez no deja de ser una profesión que está llena de individualidades.
A los 21 años no te mareaste con el éxito de la película Tango feroz.
No tengo mucha conciencia de eso. En esa dimensión el éxito es abrumador y te puede distraer. Tal vez me protegió que trabajaba en teatro profesionalmente desde los 17. Tenía cierto norte, interés por trabajar con determinada gente. No lo sentí como el final de mi vida ni el pináculo de nada.
Perfil bajo y sentido del humor, ¿te reís un poco de la fama?
Lo asimilo como parte de mi trabajo. Es más estresante hacerte famoso por una propaganda de dentífrico o por casos policiales. Para mí, no necesariamente un éxito masivo garantiza que algo esté bueno. De hecho hice cosas que fueron éxitos cortos, como Los noventa son nuestros con Carlos Gandolfo, y para mí fue un mojón haber trabajado con él, aunque fueran tres meses. Me gusta pensar que el trabajo lo tenés que hacer porque está bien hacerlo.
¿Cómo fue tu participación en el programa Chiquititas?
Para mí, era un trabajo. Es verdad que la tele tiene poco tiempo. Cuando veo una buena actuación en una tira me parece un milagro. Para uno que conoce cómo se hacen lo que ves es la inspiración del actor en ese momento. Eso habla de lo buenos que somos. En otros países el mundo del cine y el de la tira están más separados. Acá no, porque no hay una industria cinematográfica grande. Para nosotros es muy común ver grandes actores en esos espacios.
Alguna vez reconociste que los actores tienen límites y potencialidades. ¿Cuáles creés que son los tuyos?
Es un balance difícil, porque uno no tiene mucha objetividad. Voy a estar en Todo lo que necesitás es amor, una película de Gabriel Nesci (el autor de Todos contra Juan), y hay cosas del personaje que sé que ya las hice. Eso puede considerarse un límite y trataré de no repetirme, de encontrar otra variable para que tenga interés. Así como en la obra hay aspectos emocionales con los que sé que puedo conectar más. Eso te da un plafón, es una potencialidad a desarrollar.

 

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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