Tiempo en Capital Federal

13° Max 8° Min
Despejado
Despejado

Humedad: 68%
Viento: Sur 10km/h
  • Lunes 2 de Agosto
    Despejado  14°
  • Martes 3 de Agosto
    Despejado  14°
  • Miércoles 4 de Agosto
    Parcialmente nuboso10°   14°
Estado del Tránsito y Transporte
Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
Tránsito
Trenes
Vuelos
Cargando ...

TEMAS DE LA SEMANA

Reformas en el Botánico

En siete hectáreas, este “museo vivo” alberga miles de especies vegetales y valiosas esculturas. Tiene un nuevo Jardín de Mariposas y fueron restaurados el gran edificio central, invernáculos y los jardines romano, japonés y francés.

Por Natalia Gelos
Email This Page
jardin_botanico

Asimple vista, todo es un manto verde, atra­vesado por rayos de luz que forman cla­ros. Pero aunque al primer vistazo parezca sólo un bello y compacto manto verde, el Jardín Botánico es mucho más que eso y muchas co­sas a la vez. Es un sitio de investi­gación que, a la vez, mantiene su cuota de belleza. Un museo vivo que cambia de aspecto según pa­san las distintas estaciones del año; una colección de especies vegetales dispuesta a ser descu­bierta por quien afine apenas un poco la mirada. Una idea que co­menzó en 1892, cuando se puso en marcha el proyecto que el pai­sajista francés Carlos Thays había presentado a la intendencia mu­nicipal y que demandó seis años de obra. El Jardín Botánico de la ciudad –un enorme vergel delimi­tado por las avenidas Las Heras, Santa Fe y la calle República Ára­be Siria– va recuperando su cali­dad de espacio para la ciencia y ofrece un paseo por plantas y ár­boles que hablan de la naturaleza y de la cultura.

El Jardín ocupa siete hectá­reas donde se plantaron, según el libro de 1929 El Jardín Botánico Municipal, de Carlos Thays (hijo), unos 7.100 ejemplares de “espe­cies y variedades aclimatadas, en­tre exóticas e indígenas”.

En sus más de 120 años se acumulan plantas cuidadosamen­te ubicadas en diferentes áreas que muestran lo que ofrecen los cinco continentes, vegetación de todos los rincones argentinos, va­riedad de jardines (romano, fran­cés, japonés) y treinta y tres escul­turas, más un imponente edificio central inaugurado en 1881, con un invernáculo principal y otros cuatro que lo acompañan.

También hay una huerta, dos bibliotecas –una para niños y otra para adultos–, una escuela de jar­dinería, que depende del Ministe­rio de Educación, una casita que funciona como archivo y décadas y décadas de historia.

El Jardín Botánico luce entre lo nuevo y lo restaurado. Ya no es el “jardín de los gatos” aunque muchos sigan pensando que allí pueden abandor su felino. Que­dan un centenar de gatos y se los puede ver, detrás de alguna plan­ta de hojas exuberantes o hacien­do equilibrio por algún banco. Las personas que se ocupan de aten­derlos ahora están organizados en una asociación llamada Gatos del Botánico que tiene un acei­tado sistema de cuidado y dona­ción. En la página de Facebook (/hacefelizaungato) hay retratos de los mayores, que han adoptado al Botánico como hogar permanen­te, y de los que están en adop­ción. Por año, unos 400 gatos en­cuentran una familia.

Yerba mate y mariposas

La restauración quizá tiene su perfil más alto con el invernáculo principal, con su estilo art noveau traído desde Francia en 1900, en el que predominan el hierro y el vi­drio. Guarda en sus mil metros cua­drados especies tropicales, sub­tropicales y carnívoras, y se ubica, imponente y con elegancia, junto al edificio principal. Hace poco que cuenta con una malla de protección del granizo.

A unos metros hay otra repa­ración más silenciosa pero con­tundente: la de la yerba mate. Fue aquí que Carlos Thays empezó el estudio de la germinación de esa planta para fines industriales. De 1895 a 1900, Thays se obsesionó con el secreto de su cultivo. Con la certeza de un promisorio futu­ro en la industria agrícola, logró cultivar medio millar de plantas el Jardín Botánico. Hoy, luego de años de ausencia, se elevan algu­nas hasta casi tres metros.

Lo nuevo, en tanto, se ubica cerca del invernáculo principal y es una experiencia tan sutil como fascinante: el Jardín de Mariposas. En canteros que de arriba se ve­rían con la forma del ala de una de ellas, se realizó un estudio que empezó con la siembra de plantas que las atrajeran y que siguió has­ta que, rápidamente, apare­cieron hasta triplicar en cantidad a las que habitualmente se encon­traban allí. Entrar en este rincón es empezar a sentir lo que hasta entonces era imperceptible, cien­tos de aleteos que van y vienen, de las varias especies que se ali­mentan de plantas que son cuida­das por personal del Botáni­co y por voluntarios. Sacan yuyos, registran la aparición de maripo­sas, se dedican a los detalles y ven de cerca ese espacio en el que vuelan crisálidas, se ven orugas y, de noche, luciérnagas. El objetivo de este jardín no es poético, sino científico: promover la biodiversi­dad, y lo vienen logrando.

“Cuando llegamos, trabajába­mos bajo tierra y al tercer año se empieza a ver para fuera”, cuen­ta Graciela Barreiro, la directo­ra del Botánico. También cuenta que había una fuente que no se usaba desde hacía años. Al verla así, supusieron que no funciona­ba. Pero probaron y anduvo. Eso resume un poco el abandono que tuvo durante años el Jardín.

Declarado en 1996 Monu­mento Histórico y Cultural, y Área de Protección Histórica, según el Boletín Oficial N° 3.439, se consi­dera que “toda intervención refe­rida a la forestación deberá con­siderar el carácter con el que fue creado y diseñado el jardín, desti­nado a alojar colecciones vegeta­les autóctonas y foráneas para su contemplación y estudio; en es­pecial, se busca su consolidación como centro educativo que pro­mueve la toma de conciencia del valor global de la biodiversidad, la importancia de su conservación”.

Mármol entre las hojas

El Botánico mantiene muchas y variadas joyas. Estructuralmente, la casa y el invernáculo principal, como valores arquitectónicos.

En cuanto a las esculturas, una de las más valiosas es La Pri­mavera, una escultura en mármol realizada por Lucio Correa Mora­les en un homenaje a la mujer la­tinoamericana. Pero son muchas. Hay treinta y tres en total. Algu­nas son copias, como La Satur­nalia, por ejemplo, una réplica exacta de la que está en el Mu­seo de Arte Moderno de Roma. La Saturnalia representa una ba­canal, esa fiesta del Imperio Ro­mano donde todo estaba per­mitido. La estatua desapareció durante la última dictadura hasta 1987, cuando la rescataron “olvi­dada” en una caballeriza.

“Hasta hace un rato estuve ha­ciendo la lista de plantas del sen­dero de ‘Los reyes del jardín’ –dice Barreiro– que son los árboles que nos parecen más notables, por porte o la edad, casi todos plan­tados por Thays. Las wahingtonias son algunos de ellas. Cuando ves las fotos de 1930, ves que están bajitas, y mirá lo que son… tan al­tas ahora. El palo borracho articu­lar es un ejemplar muy hermoso. El tronco es largo porque no necesi­tan acumular mucha agua, porque aquí el ambiente es húmedo. Hay un lapacho también que es divino. Recto. Maravilloso. Aquel de hojas anchas, detrás de la casa, es el ár­bol del emperador, el favorito del emperador Pedro I de Brasil, y vino de unas semillas que mandó Pedro II, su hijo. Es de los pocos que sa­bemos la historia”, explica.

En cuanto a las semillas, las que significan el futuro de este es­pacio, existe un sistema de inter­cambio formalizado y riguroso que permite solicitarlas a otros jardines, en sus bancos de germoplasma. A su vez, otros jardines pueden soli­citar semillas al Jardín porteño.

Más allá de ese controlado trueque botánico, no está permi­tido tomar gajos o semillas y lle­varlas para uso doméstico. Esta fue una pelea bastante difícil des­de el comienzo. Barreiro dice: “Hay que entender que cuando decimos que el Jardín es de to­dos, es de todos en el sentido de que hay que respetarlo. No signi­fica que cada uno puede tomar de él lo que quiere”.

Y en tantos años, más allá de la recuperación de los jardines ro­mano, francés y japonés, de la restauración de canteros, de los invernáculos –muchos con vidrios rotos que debieron reemplazar­se para el cuidado de las plantas y para impedir el paso de intru­sos–, del área de los cinco conti­nentes y del área botánica, hay un pulso inalterable, algo que no se detiene, y es el paso del tiempo. En este “museo vivo” los árboles siguen un curso natural que ter­mina en lo que termina todo, la muerte ¿Qué pasa en esos casos? ¿Qué medidas se toman?

Barreiro dice: “La naturaleza es la naturaleza. Cuando el am­biente decida que ese árbol mue­ra, va a morir y no podemos ha­cer nada. Si tenemos un hijo, a lo mejor podremos reponerlo, pero si no, pondremos otro. Acá no se poda, por ejemplo. Se poda sólo cuando hay riesgo severo de que caiga. Porque vos venís al Botáni­co para ver un árbol en su forma natural. Por eso cuando hay mu­cho viento el jardín está cerrado, por la seguridad de la gente”.

El blanco luminoso de las flo­res de loto, los hongos silvestres y escondidos, los caracoles, has­ta algún picaflor puede aparecer, esa palmera que es de Entre Ríos o ese roble de Estados Unidos o la planta africana, el Jardín Botáni­co sobrevive en todo ello y en es­tos días, al menos, se pone esbel­to y recuerda las expectativas de su creador.

Ámbito para los sentidos

Entre los recorridos que ofrece el Botánico, hay uno que apunta a estimular algo más que la vista, pensado para las personas que están privadas de ella, por ejemplo. Por ello, existe un espacio en el que está permitido un contacto más cercano con las plantas, ya que en el resto de los paseos se pide cierta prudencia para impedir lo que a veces ha sucedido, que la gente saque semillas, flores, o que pise el césped. “Es un proceso de educación muy largo”, explica Barreiro. En el Jardín de los Sentidos, la invitación es a tocar, a oler, a disfrutar las plantas, que varían en tamaños, en texturas y en olores, entre lavandas, madreselvas y jazmines. La directora del Jardín, sin embargo, planea reformular esta propuesta: “Los jardines de los sentidos no se plantan en el suelo. Se lo hace en un lugar elevado porque si sos no vidente y te agachás podés clavarte una hoja o una rama en la cara y te lastimás. Tiene que estar alto para que la planta no agreda. Se puede hacer algo más lindo. Ojalá lleguemos. Tengo un proyecto. Veremos si lo puedo hacer. Hay que darle prioridades”. Mientras tanto, es uno de los posibles recorridos para medio millón de personas que lo visitan por año.

La Escuela de Jardineria

Su nombre completo es Escuela Técnica de Jardinería “Cristóbal María Hicken” y es la única pública en su tipo de la ciudad. Comenzó a funcionar en 1914 y la primera promoción egresó en 1917.
En sus comienzos, dependía del Jardín Botánico. Hoy se mantiene en sus instalaciones, pero responde al área de Educación. Luego de los varios cambios de plan, en la actualidad la carrera dura seis años y otorga el título de Técnico en Jardinería.

El fundador

Carlos Thays, que había nacido en 1849 y llega­do a la Argentina en 1889, ganó en 1891 el concur­so para ser Director de Paseos de Buenos Aires. En sus primeros proyectos se quejaba del mal trazado de las calles, de la falta de estatuas, de la mala ubica­ción de las flores. “El uso bien o mal ponderado, así como las alhajas, prueba distinción o vulgaridad”, es­cribía. Con esas ideas, pergeñó este Jardín, con una certeza: “A nuestro juicio el vocablo ‘jardín’ debe aplicarse sólo a las creaciones del hombre, pues de otro modo esta aceptación quedaría ilimitada pues­to que, en resumen, el mundo entero no es otra cosa que un inmenso jardín en el cual la naturaleza ha agrupado las especies vegetales en conformidad con el clima que conviene a cada una de ellas”.
El Jardín Botánico fue su laboratorio. Con su in­sistencia logró lo que otros antes habían intentado sin suerte: organizar un “museo vivo”, con vegetación de todo tipo, un invernáculo y un atractivo diseño espacial. Como no podía ser de otra manera, se ubicó allí su morada. La familia Thays vivió en el edificio de Paseos desde 1897.

Actividades

• Talleres Inscripción: a partir del 15 de mayo por teléfono 4831-4527 de lunes a viernes de 9 a 15. Son arancelados (Asociación Amigos del Jardín Botánico).
• Taller de Cactus: Martes de 9.30 a 12. Inicia el 3 de junio.
• Taller de Compostaje. Viernes 13 de junio 12 a 13.30.
• Taller de Fotografía de la Naturaleza: Miércoles de 14 a 16 – Inicia el 4 de junio.
• Visitas guiadas. Los sábados y domingos, a las 10.30 y a las 15. Son gratuitas.
• Actividades para niños: Biblioteca infantil de la naturaleza.
Los días de lluvia permanece cerrado.

 

DZ/rg

Fuente Redacción Z
Email This Page
0 Comentarios
Sé el primero en dejar un comentario!

Deja tu comentario