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Recorrido Marechal: Al encuentro de Adán Buenosayres

El relato, criollísimo y universal, se sigue leyendo en la geografía transfigurada de la ciudad.

Por M S Dansey
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visita guiada leopoldo marechal

Adán Buenosayres, la novela que Leopoldo Marechal publicó en 1948 después de 20 años de trabajo meticuloso; la que en su momento fue ninguneada por la crítica local –salvo una elogiosa reseña de Julio Cortázar– y que con el tiempo llegó a convertirse en la gran novela argentina; el libraco de 600 páginas que sólo cuenta tres días de la vida de su protagonista; el que puede leerse como una biografía de su autor pero también como una biografía de la Buenos Aires de 1900; el relato fantástico y barroco, criollísimo y universal sobre el que ya se dijo todo, hoy se sigue leyendo en la geografía transfigurada de la ciudad que lo inspiró.

Ésa es la propuesta de la Fundación Leopoldo Marechal, que junto al Museo Histórico Cornelio Saavedra, celebra el día de Adán Buenosayres con un recorrido que sigue los pasos del héroe por Villa Crespo y Saavedra. El paseo comienza en la Biblioteca Popular Alberdi, en Acevedo 666, donde el protagonista conoció a Megafón. La caminata sigue, de la mano de María de los Ángeles, hija del escritor, hasta la avenida Corrientes al 5436 donde funciona el Café San Bernardo, ese bar centenario donde hoy se juntan los hipsters a jugar al ping-pong pero alguna vez fue la milonga donde un Marechal purrete aprendió a bailar el tango y seguramente alguito más. El grupo –una veintena de fanáticos de todas las edades– sigue por Gurruchaga hasta la esquina de Olaya. “Por acá iba la Chacharola, esa vieja desfachatada que no paraba de decir malas palabras y despertaba tanta ternura”, cuenta María de los Ángeles. Cerquita, en la calle Monte Egmont 303, funciona un taller mecánico en lo que alguna vez fue la casa familiar de los Marechal. Acá, un 27 de abril tuvo lugar el despertar metafísico de Adán que se prolongó hasta la medianoche del día siguiente, en que ángeles y demonios pelearán por su alma frente a la iglesia de San Bernardo. Hasta allá vamos, y nos detenemos ante la figura inmóvil del Cristo de la Mano Rota. Aferrado a estas rejas, llorando sin consuelo, el protagonista tuvo su revelación. Acá mismo María de los Ángeles lee aquella celebre plegaria y nosotros terminamos la primera parte del recorrido: recreo para almorzar.

“Marechal nos ofrece una sugestiva visión de Saavedra en los años veinte, no sólo como territorio de frontera entre lo urbano y lo rural, sino entre mundos no tan evidentes a los sentidos”, cuenta el licenciado Alberto Piñeiro, director del Museo Saavedra donde continúa la expedición. Viendo el extenso parque que rodea la casona del museo y los continuos espacios verdes de este fantástico barrio de casas bajas al borde de la General Paz, uno puede imaginar lo que fue, “un terreno desgarrado y caótico”, como escribe Marechal.

Algunas cosas no han cambiado. Entre los árboles centenarios, todavía está “el ciruja desvelado que se revuelve sobre un montón de bolsas en su triste refugio de latas viejas”. ¿Será aquel pordiosero que avistó un malón fantasmagórico? A esta altura todo alcanza una dimensión mística pero incluso así nadie quiere confirmarlo: habría que despertar al buen hombre de su plácida siesta otoñal.

El recorrido por Saavedra se hace en un colectivo escolar. La troupe marechalista recorre distintos puntos ejercitando la imaginación: en Colodrero y Larralde, antigua zona de pulperías los expedicionarios tomaron su última ginebra antes de adentrarse en el más allá. Adán Buenosayres (Leopoldo Marechal); el astrólogo Schultze (Xul Solar); Samuel Tesler (Jacobo Fijman) “insigne filósofo villacrespense”; Luis Pereda (Jorge Luis Borges) “criollista teórico”; Arturo del Solar, “criollista práctico”; Franky Amundsen, “speaker y animador” y el petiso Bernini (Raúl Scalabrini Ortiz) “sociólogo”, llegan a un cerco de tunas donde hoy está el Club Platense. “Luego de un tiempo de andar por el páramo, los viajeros se encuentran con un zanjón, que no es ni más ni menos que el arroyo Medrano, ahora entubado”, apunta Piñeiro. En Galván y Ricardo Balbín se extiende una gran plazoleta. Un declive del terreno nos lleva hasta un ombú ahora atrapado dentro de un pequeñísimo parterre entre avenidas y que bien podría ser el de la hendidura por la que Schultze y Buenosyres descendieron a Cacodelphia, el mismísimo infierno de El Dante en versión nacional y popular. “En realidad Saavedra está llena de ombúes, alerta Piñeiro, cualquiera podría ser.”

El recorrido termina en un hito urbano que fue “el riñón de la bravura porteña”. No caben dudas de que la Casa del Muerto, donde velaron a Juan Robles, es el edificio de Cabildo 4710, conocido entre los lugareños como el Cajón. Búsquenlo en los mapas satelitales y verán por qué.
Cuenta Piñeiro que cuenta Borges –Luis Pereda– que solían salir a explorar el barrio donde vivía Xul Solar. Y efectivamente, entre 1926 y 1928 el pintor vivió en el primer piso de Cabildo 4414, a pocos metros del Cajón. Cabría preguntarse: ¿qué relación existe entre la Casa del Muerto que aparece en la novela y este edificio histórico con forma de ataúd? La charla se vuelve apasionante, cada uno tiene una anécdota y entreverados en la conversa se pierde la dimensión temporal. Quedan todavía mil historias por develar pero el día se ha hecho noche y esta nota se hace larga. Por hoy, pero sólo por hoy, habrá que poner punto final.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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