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TEMAS DE LA SEMANA

Rayuela: una muestra para armar

Entre los homenajes por el centenario del escritor, se destaca esta exhibición dedicada a su célebre novela.

Por Rodolfo Edwards
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Los cien años que Julio Cortázar hubiese cum­plido el 26 de agosto de 2014 despertaron en los ámbitos culturales porteños todo tipo de homenajes. Uno de los más originales se está llevando a cabo en el Museo del Libro y de la Lengua, apostando por un re­corrido lúdico por las entrañas de Rayuela, la emblemática novela que significó la consagración de­finitiva de Cortázar y su integra­ción a la pléyade de la literatura argentina del siglo XX. Publica­da en 1963, Rayuela fue algo más que un síntoma de una épo­ca marcada por la li­beración juvenil y las luchas políticas; esta “antinovela” rompió con los moldes de la novela tradicional y sirvió de inspiración a una innumerable cantidad de muchachas y mucha­chos de todo el mundo que vieron en ella un reflejo de sus deseos y sus sueños, tomándola como una cosmopolita fórmula mágica. Lec­toras de más de cinco generacio­nes alguna vez se habrán sentido “la Maga”, seduciendo a parlan­chines y barbados miopes de ojos desvelados. Aunque para algu­nos críticos ha perdido actuali­dad, ciertos aspectos de la novela se mantienen incólu­mes al paso del tiempo: la necesidad de una compren­sión “poética” de la reali­dad, un arsenal de mantras de arte contra la fría lógi­ca del mundo corriente y la imaginación como motor de la historia. Manual de autoa­yuda para artistas cachorros, apología de la confusión ju­venil como magma y receta creativa, la deriva como programa estético, entre sus virtudes tam­bién se encuentra el hecho de ha­ber sido precursora del “zapping” que hoy es absolutamente natural en la era digital, ya que proponía a los lectores “piolas” el uso de un tablero alternativo que trans­gredía la secuencia cronológica. Lo cierto es que Rayuela se man­tiene de pie en medio del cinismo del posmundo, aunque mu­chos la señalen con el dedo por cierta impronta naïf y su­perficial. Rayuela: una mues­tra para armar emula a la perfección la poética cortazaria­na, invocando hechizos y conjuros que sumen al lector en un letargo de invención perpetua; hay una nota esencial del texto de Cortá­zar que se respeta a rajatabla: la interactividad. La muestra no es apta para pasivos: desde el mo­mento en que se traspo­ne el umbral del Museo del Libro y de la Lengua, el visitante se encontrará con un espacio que invita a transformarse automá­ticamente en un cómplice más de Cortázar y al sa­lir seguramente se senti­rán con membresía plena en el Club de la Serpien­te, aquella cofradía de ar­tistas que renace cada vez que abrimos un ejemplar de Rayuela. Durante es­tos meses, el Museo es una “casa tomada” por las criaturas y los fe­tiches cortazarianos, ya que des­de el subsuelo hasta el segundo piso, podemos encontrarnos con topo tipo de alusiones sensoria­les a la obra del escritor: se puede armar la propia Maga o sumergir­se en la lectura de capítulos rele­vantes, recreados con ambienta­ciones y escenografías sugerentes. Hay instalaciones artísticas de Die­go Bianchi y Santiago de Paoli, en­tre otros. Alejandro Ricagno estu­vo a cargo de la curaduría de ciclo de cine y Ernesto Jodos lo hizo por el ciclo de jazz. Una fonola repro­duce los discos que escuchaba Cortázar y hay algunos viejos vi­nilos esparcidos por el piso: Errol Garner, Bud Powell, Thelonious Monk. También se pueden apre­ciar manuscritos, primeras edicio­nes y una serie de fotos que no hacen otra que cosa que confir­mar que Cortázar era un ser envi­diablemente fotogénico: en todos los retratos sale con su máscara de perfecto prócer literario, con esa cara de eterno niño convaleciente. Su literatura se impuso a fuerza de un raro magnetismo, pautado por tramas oníricas y laberínticas que llevan de la nariz al lector que sue­le rendirse ante esas fragancias in­efables y exóticas.

Rayuela: una muestra para ar­mar. Museo del Libro y de la Len­gua, avenida Las Heras 2555. Mar­tes a domingos de 14 a 19. Gratis.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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