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Ragendorfer: “Hubo un Estado terrorista y su única guerra fue contra la sociedad civil”

«Los doblados», el nuevo libro del periodista Ricardo Ragendorfer, reconstruye a la manera de un thriller policial las infiltraciones del Batallón 601 de Inteligencia en la guerrilla argentina. Un estremecedor relato que pone de relieve la figura de la traición, elemento determinante para la toma del poder por parte de los militares el 24 de marzo de 1976.

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Publicado por Sudamericana, el libro se sirve de diversos archivos militares, actas, directivas, evaluaciones, así como de más de 50 testimonios de antiguos militantes, jefes sobrevivientes de las organizaciones armadas y represores, entre otros materiales con los que Ragendorfer trabajó a lo largo de una década para darle forma a una investigación que a pocos meses de su aparición ya se convirtió en un éxito de ventas.

Dedicada a la memoria del ex secretario de Derechos Humanos Eduardo Luis Duhalde, la investigación avanza en la mejor tradición de ‘no ficción periodística’ inaugurada por Rodolfo Walsh en su emblemática «Operación Masacre», donde la literatura juega un papel fundamental para la reconstrucción de un relato verídico. En esa línea, el periodista aborda figuras como la traición, el coraje y la muerte.

Nacido en La Paz, Bolivia, en 1957, Ragendorfer es uno de los grandes nombres del periodismo argentino. Autor de «Robo y falsificación de obras de arte en Argentina», «La Bonaerense», «La secta del gatillo», «Historias a pura sangre» y «La maldición de Salsipuedes», se trata de uno de los cronistas policiales más importantes de su generación. En su larga trayectoria, sus crónicas han aparecido en diversos medios nacionales e internacionales. Actualmente es redactor en el diario Tiempo Argentino.

¿Cómo surgió la idea de armar este libro y cuánto tiempo llevó escribirlo? 

Todo empezó con una serie de entrevistas a un represor del Batallón 601, el mayor Carlos Españadero. En su boca estaba la historia del «Oso» Ranier, el famoso soplón infiltrado en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). En base a esos encuentros escribí una nota, creo que se llamaba «El exterminador da su versión». Claro que entonces no imaginaba que esos ocho mil caracteres serían la base de un libro. Pero fue así: ese viejo texto fue a «Los doblados» lo que el artículo «Maldita Policía» a «La Bonaerense».

En el prólogo se lee que la figura de la traición es el único tema que aún no había sido abordado, al menos profundamente, por la variada bibliografía de la última dictadura militar. ¿A qué pensás que se debe esa falta de investigación? 

No lo sé con exactitud. Tal vez por ser un capítulo «maldito» en un tema ya de por sí terrible. Aclaro que en el libro no me refiero a quienes, en cautiverio y bajo tortura, dieron nombres, casas y otros datos; por el contrario, acá hablo de personas que sin haber perdido la condición de sujetos responsables de sus actos incurrieron en la traición, ya sea por dinero, por motivos ideológicos o por algún encono. Desde una perspectiva más amplia, la traición es una figura universal. Una figura que recorre la historia humana como un fantasma apenas disimulado.

A través de la lectura se impone el recurso del montaje cinematográfico: planos diversos que representan el cuadro de una época. ¿El cine fue parte de la construcción del relato? 

Es posible. Pasé parte de mi infancia viendo películas en continuado desde la butaca de un cine de barrio y quizás eso se me hizo carne. Incluso, a veces hasta siento que hago cine sobre la página en blanco. Por lo pronto, mi mujer dice que algunos pasajes de «Los doblados» -especialmente las coreografías de las operaciones guerrilleras- le recuerdan a ciertas escenas de «Estado de sitio», la película de Costa-Gavras sobre los Tupamaros.

Si bien se trata de un material denso del periodo más violento de nuestra historia reciente, el formato en clave policial le otorga una respiración al relato de carácter literario. 

Debe ser una deformación profesional mía: si tuviera que escribir una receta de cocina, también le daría la estructura de un policial. Más allá de eso, uno de los objetivos del libro era narrar una historia tal como a mí me hubiera gustado leerla. En ese sentido, siempre me he preguntado si la literatura imita a la vida o si la vida imita a la literatura. Y es una pregunta incontestable. Pero lo que sí sé es lo que diferencia la ficción de la no ficción. Cuando escribís una ficción, el truco radica en lograr que ese texto parezca el relato de algo que en realidad ocurrió; en cambio, cuando escribís una crónica periodística, el truco consiste en lograr que ese texto parezca una novela.

Por el pulso narrativo, la documentación, el abordaje formal, es inevitable pensar en Walsh, pero también aparece, en ciertos procedimientos, un dejo borgeano en figuras literarias como la muerte, el coraje y la traición. ¿Estos autores fueron importantes en tu formación? 

Éstos y, desde luego, otros. Pero, en el momento de escribir, uno no es muy consciente de las influencias que arrastra. Porque en ese preciso momento uno está completamente solo, casi a la intemperie. Es como decía Bonavena sobre el boxeo: «Cuando suena la campana te sacan hasta el banquito».

Cuando describís el «Operativo Dorrego» señalás que la Juventud Peronista tenía intenciones de confraternizar con suboficiales de las Fuerzas Armadas para poner en duda la autoridad militar y así encarar una causa común de liberación. ¿Pensás que la izquierda fue víctima de su propia ingenuidad en el análisis político del momento? 

Eso ocurrió en la primavera de 1973 y -para que el lector entienda- se trató de una campaña conjunta de bacheo entre la Juventud Peronista (JP) y el Ejército. Y, en efecto, el propósito de la JP era cooptar a la oficialidad joven. Una estrategia que, a la luz de aquellos días, no dejaba de ser válida. Claro que por ese entonces era difícil imaginar que, en realidad, el «Operativo Dorrego» fue el espacio propicio para que la inteligencia militar hiciera el primer trabajo de campo desde el regreso de la democracia sobre una organización política de izquierda.

¿El trabajo del Batallón 601 de Inteligencia fue un factor clave para la llegada de los militares al poder? 

Al arrogarse el Ejército, según su propio léxico, la «responsabilidad primaria de la lucha contra la subversión», el Batallón 601 pasaba a ser el órgano rector del terrorismo de Estado ante el cual debía subordinarse el resto de los servicios de inteligencia.

¿Qué opinión te merece la postura oficial sobre el terrorismo de Estado? 

En lo conceptual, lo que hubo fue precisamente eso: terrorismo de Estado, y no una «guerra sucia», ‘Dirty war’, según los manuales norteamericanos. Un término que los jerarcas de la dictadura empezaron a usar en 1977, cuando -en el plano internacional- sus aberraciones represivas ya eran inocultables. Acá hubo un Estado terrorista y su única guerra fue contra la sociedad civil. Creo que se trata de un debate ya saldado por la historia.

¿Cómo ves la relación entre el Gobierno Nacional con los organismos de DDHH? 

Absolutamente vidriosa. Las postal más nítida es las solitarias siluetas de Obama y Macri el 24 de marzo en el Parque de la Memoria. No es un secreto que esta problemática no es uno de los asuntos que más preocupa al gobierno y menos como política de Estado. Prueba de ello son las recientes declaraciones presidenciales sobre la cantidad de desaparecidos. Un canto al negacionismo, en medio del festival de arrestos domiciliarios a represores y la restauración de atributos militares.

¿Qué lectura hacés del fenómeno editorial de este género de investigación, que nació como denuncia y hoy muchas veces responde a intereses corporativos? 

Esa ambigüedad de contenidos es fruto de las contradicciones propias de los medios de comunicación. De hecho, éstos son a la vez un servicio público, una industria y un factor de poder. Y creo que, las preferencias del «mercado» por las investigaciones periodísticas tienen que ver con cierta desconfianza hacia algunas instituciones, como la Justicia.

¿Qué es lo primero a tener en cuenta cuando se decide encarar una investigación periodística? 

Ni más ni menos que poner a punto la curiosidad.

 

*Por: Juan Rapacioli

Fuente Télam
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