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TEMAS DE LA SEMANA

Puiggrós: «No hay que evaluar la educación con criterio empresario»

La educadora Adriana Puiggrós opina que vivimos una época de transición. Los chicos leen todo el día, dice, y el aprendizaje clásico se desplaza a otros lenguajes y tecnologías.

Por Juan Carlos Antón
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Se doctoró en México, tiene “mil años de psicoanálisis encima” y ama caminar por el centro de la ciudad los días de lluvia. Adriana Puiggrós es pedagoga y diputada nacional. El 10 de diciembre termina el segundo período de su mandato y asegura que no quiere volver a postularse. Lo que sí piensa hacer, dice, es seguir militando a la cabeza de la Asamblea del Frente Grande “para que se profundice el proyecto del kirchnerismo”.
Su clásico Imperialismo y educación en América latina acaba de ser reeditado. “Le agregué 60 páginas y es casi un libro nuevo”, explica rodeada de imágenes de Néstor Kirchner, Cristina, Evita y Perón en su despacho del anexo del Congreso de la Nación.

Su militancia viene de familia y debió exiliarse durante la dictadura. Se pone seria cuando recuerda que entonces mataron a su hermano, pero se ilumina al rememorar su primer trabajo como maestra a los 18 años en una escuela del pueblo de Bárcena, en Jujuy. Ahí comenzó a desarrollar su pasión por la enseñanza. Pasión que la llevó a escribir libros, muchos de ellos hoy clásicos, y a constituirse en un referente a la hora de hablar sobre educación.

Más aún en los últimos meses, con las manifestaciones estudiantiles y la toma realizada en la ciudad por alumnos en contra de la Nueva Escuela Secundaria. En diálogo con Diario Z, Puiggrós va más allá de los problemas puntuales y brinda su mirada global sobre la educación porteña, las deudas de la secundaria, la deserción escolar y las famosas, y cuestionadas, pruebas evaluadores de calidad.

“La crisis educativa en la Ciudad –explica– tiene que ver con el modelo de política educativa del macrismo. Más que crisis, éstos son los resultados visibles de una política que clara y explícitamente busca la reducción de lo público. A veces pienso en las rejas alrededor de las plazas, que son un símbolo de que lo público tiene que ser restringido. Eso mismo pasa con la educación. El pensamiento genuino del macrismo es que la escuela pública sea una inversión hecha sólo para los que no pueden pagar la privada. La idea es un Estado chico que no le cueste al ciudadano dueño de la riqueza. De última, que pague algo para seguridad, que es lo que más les interesa. Y sí, que haya una mínima instrucción de los sectores populares, para que no los molesten. Esto es muy viejo, una discusión anterior a Sarmiento: cuánto deben pagar los ricos por la educación de los pobres y cuánto vale la pena invertir o gastar en la educación de los sectores populares”.

Muchas encuestas cuestionan la calidad del aprendizaje. ¿Esto se debe a los problemas presentes de lectoescritura o a los de comprensión de textos?
Desde el punto de vista más general estamos en una época de transición entre la lectura clásica, en papel y libro, y una forma de enseñar la lectoescritura. No es cierto que la gente no lea. Se está leyendo todo el día. El celular, los carteles, las pantallas. Por otro lado, esto se da con los chicos en las escuelas con las computadoras. Es decir, hay un proceso de aprendizaje de la sociedad en su conjunto. Es un aprendizaje de nuevos lenguajes, no se trata sólo de una nueva tecnología sino de un nuevo lenguaje. Son lecturas distintas y con una construcción del mensaje diferente. Todo esto es un cambio civilizatorio que no nos puede dejar de atravesar. Específicamente en la ciudad de Buenos Aires, el interés se vincula a la seguridad. No hay un interés del macrismo en que el pueblo acceda a la cultura. Es una política sumamente individualista que no apela a los vínculos, a las sociedades de fomento, a los clubes y por lo tanto es muy desintegradora. No digo en el largo plazo, sino en el mediano.

¿Esto cómo se traduce a las escuelas?
En primer lugar no hay una convocatoria político cultural que atraiga a los docentes. Acá el docente es un empleado y el alumno es un cliente. Si el docente es un empleado público más, y no se lo convoca con respecto a la tarea social que tiene, no se lo respeta, no se trabaja para su profesionalización, no se levanta su figura muy degradada, es lógico que trabaje para sí mismo. Es un laburante que va al trabajo y se vuelve a su casa como cualquier otro.

¿Y qué es lo que necesitamos?
Necesitamos que el docente lo haga de otra manera. Ellos reclaman una política educativa que le dé sentido a su trabajo. La educación siempre tiene que tener un sentido colectivo. La idea de que la educación es para cada individuo, no tiene como fin vincular a través de la cultura, de la lengua, de la ciencia. Se está pensando en una transmisión de conductas que permitan fijar a los individuos en determinados roles. No es ese el papel que ha cumplido la educación en la historia como transmisora de la cultura entre las generaciones.

¿Así todo queda en el heroísmo de algún docente que intente algo?
Claro. Hay muchísimos docentes heroicos, o que tienen propuestas, iniciativas, que solucionan problemas. El tema es en qué marco. Los sindicatos están a la cabeza de las propuestas y de las demandas. Ahora, la mayor demanda es una política educativa que contenga al conjunto.

¿Qué opinión tiene sobre la calidad de la educación?
Esa palabra en educación es muy complicada. Es un error si decimos “calidad” y la medimos con el programa de evaluación estudiantil PISA de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la de los países ricos, que mide con parámetros vinculados a una idea eficientista y meritocrática, en donde solamente pueden aprobar algunos que respondan a determinados requisitos culturales, de una cultura que es empresarial, la cultura de los buitres. Si son los buitres los que miden cuánto aprenden los chicos de la Ciudad, estamos en un problema. El gobierno de Macri ha propiciado que haya evaluadores externos; hubo un intento de instalar el bachillerato internacional.

¿Cuál sería el problema?
El problema es que la evaluación del rendimiento de los chicos estaría fuera de la Argentina, en un lugar que en general ni se sabe dónde es. Es un criterio elitista que lleva a que haya escuelas y alumnos de elites. Para el conjunto, deja apenas una cultura básica para que tengan modales y que puedan sumar y restar.

¿Aumentó la deserción escolar?
Es complejo. No me animaría a decir ni que en la Argentina ni en la Ciudad de Buenos Aires la deserción sea peor que en otros países. Acá, por ejemplo, la educación secundaria es obligatoria desde 2006 y la primaria tardó cien años en universalizarse. La secundaria no va a tardar cien, pero existen dificultades por superar. Hay que cambiar la concepción de la secundaria. El programa FINES, por ejemplo, tiene un éxito enorme. Y uno se pregunta por qué jóvenes que dejaron la secundaria hace dos o tres años prefieren ir al FINES y no volver a la escuela de adultos o a una escuela común. Si bien el programa tiene muchas cuestiones para mejorar, hay que tomarlo como experiencia en el sentido de que nuestra vieja secundaria resulta insoportable para quienes ya son adolescentes avanzados o para los adultos. Con lo cual hace falta una modificación profunda. Para los que por alguna razón tienen que dejar un año, volver es muy complicado. Deben regresar a un lugar de fracaso, estar en un grupo que no es el suyo, son señalados. Esto va más allá de la buena voluntad de los profesores. Tiene que haber modalidades diversas de la secundaria. Por ejemplo, a partir de cierta edad.

En la Ciudad la secundaria es de cinco años y en la Provincia es de seis. ¿Qué es mejor?
La Ciudad tiene la ley de educación más antigua. Ahora se dictó una nueva ley nacional y la Ciudad no tiene nueva ley. ¿Cómo puede ser que en ocho años no la hayan dictado? Yo digo “qué suerte”, ya que por la ideología del gobierno porteño tendríamos una ley de clientes y empleados. Pero debería haber una ley consensuada. Veremos qué hará Rodríguez Larreta. Ojalá que escuche un poco a los docentes. Hay mucho prejuicio con ellos.

Recurrentemente se vuelve con lo de la evaluación del docente.
Yo no digo que los docentes no tengan que mejorar. Por supuesto que sí. Y hay que garantizar la capacitación obligatoria y gratuita. La tiene que garantizar el Estado. En la época de Carlos Menem se instaló el shopping de cursos o cursillos que podía dar cualquiera y el Estado se desresponsabilizó de la capacitación. Esto es un grave error. El Estado tiene que estar presente, también en supervisar que los docentes de la educación privada sean idóneos. No se trata de reducir la educación pública y después quedarse sólo con una educación privada sin supervisión suficiente. De hecho, por un proyecto de mi autoría, ahora es ley una normativa para todas las instituciones de nivel inicial. Hasta que se dictó las instituciones privadas de nivel inicial se inscribían en la Secretaría de Comercio sin ninguna supervisión pedagógica.

DZ/ah

 

Fuente Redacción Z
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