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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

Puente Saavedra: Hombres mirando al norte

Centro de trasbordo de miles de porteños y bonaerenses, ubicado en las tierras que antaño pertenecieron a la familia de Cornelio Saavedra. 

Por Lucas Viafora
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puente saavedra puente saavedra

El cartel marca el 4900 de avenida Cabildo. Es la última cuadra antes de cruzar el umbral que separa Capital de Vicente López, el lugar donde confluyen innumerables vehículos, donde miles de personas van apuradas para un lado y para otro, donde Cabildo se convierte en Maipú. La frontera es la avenida General Paz, que en ese punto tiene un nombre popular: Puente Saavedra, uno de los mayores nodos de transportes de la ciudad.
Sobre la mano que va a provincia se divisan las últimas paradas de los buses interurbanos a unos metros del puente. “Acá está la parada del Chevallier que va a Campana, Zárate, Escobar. Mucha gente espera el colectivo. Compran los pasajes y algo para el viaje”, dice Valeria, empleada de un maxikiosco. “El movimiento fuerte empieza tipo cinco de la tarde”, asegura. En la última esquina porteña, en Vedia y Cabildo, una estación de GNC es el punto de reunión de taxistas que paran a cargar gas antes de seguir camino. Pegado a ella, una histórica bicicletería acompaña los refugios de las líneas 59, 60, 68, 71, 133, 152 y 168. Comienza la hora pico y todos vuelven a casa.
Pero el verdadero Puente Saavedra está bajo tierra: pasaba por sobre las vías del actual ferrocarril Belgrano Norte, que corren bajo nivel. La mayor parte de esas tierras pertenecía en el siglo XIX a los descendientes de Cornelio Saavedra y una buena parte de ellas fue expropiada para la traza de la avenida General Paz, terminada en 1941.
“Esta cuadra es mi casa.” Daniel es inspector de la línea 60 y hace siete años que trabaja todos los días en Cabildo al 4800. Se señala los dientes y cuenta: “Éstos son de plástico. Una vez se cortó el semirrápido y no me avisaron, porque no tenía el teléfono como ahora. La cola se hizo larga, vinieron dos pasajeros impacientes y la ligué sin aviso, me bajaron cuatro o cinco dientes”. Pero Daniel sigue firme: su horario es fijo, de 16 a 23.55, en punto. “Después está la gente que te conoce, viene y te trae algún caramelo, te dice gracias, te deja el teléfono, hay de todo, ¿viste?”, explica.
Son más de diez líneas de colectivos que paran en 300 metros. Al 4700 de la avenida, en la esquina de Pico, se junta la mayor cantidad de pasajeros. A unos metros, otro kiosco es atendido por dos mujeres que se llaman igual: Sol. De 15 a 21, fin de jornada laboral para la mayoría de los que llegan a Puente Saavedra, los kioscos trabajan a full. Sol, la mayor, está en el mismo lugar hace 17 años y sabe de memoria quiénes le compran. “Muchos te conocen de años y ya sabemos lo que llevan, pero también está aquel del que no nos acordamos y se enoja. Están los amables, los piroperos, los rompecorazones”, se ríe a dúo con su compañera. Su tocaya responde mientras despacha cigarrillos y caramelos fuertes para el fumador: “La mayoría de los clientes son buena onda como nosotras: muchos tacheros y gente grande tiran piropos para las dos, pero nos hace sentir bien porque nunca se pasan de la raya. Nos hacen reír. Te levanta un poco el día”.
En la fila más larga, Carlos espera ansioso el 57 con bolso en mano. “No ves la hora de llegar a tu casa porque estás laburando todo el día. Por ahí tenés la suerte de conseguir un asiento, pero lo más común es viajar parado. Mucho más los viernes, cuando salen las señoras que trabajan en servicio doméstico”, comenta mientras la cola se agranda. Moreno y Pilar son los destinos. A unos pasos, el 19, el 161 y el 184 llegan primero.
Durante el verano, arriba del puente, se extrañan los estudiantes que toman el 28 con destino a Ciudad Universitaria. Son los que trabajan y tratan de llegar al teórico de la noche. Suelen ser los últimos de la fila, cuando el ritmo de trabajadores empieza a aflojar. Ahora que no están, el 28 arranca casi vacío. Desde la parada la vista ofrece una buena postal urbana: la fuente de agua triangular sobre la derecha, la parroquia San Isidro Labrador al fondo y sobre Cabildo, partida al medio por un pequeño bulevar, la interminable repetición de semáforos y postes de luz que, junto a los vehículos y las líneas de la calle, se pierden en el horizonte camino al centro de la ciudad. 

Fuente Redacción Z
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