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Proyecto Kinsei: la experiencia japonesa

Jóvenes investigadores analizan el encuentro  cultural entre Japón y la Argentina.

Por Diego Oscar Ramos
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Watanake_Gavirati_Ishiwara Para Watanake, Gavirati e Ishiwara los cambios generacionales son vitales.

Es posible aprender a ser japonés en Buenos Aires. Formas de sentir como alguien nacido en Japón, y también cómo se esa sensibilidad ha cambiado con las distintas migraciones. Eso hacen quienes, siendo o no descendientes, se vuelven fans del manga, esa manera única de dibujar historias épicas, desmesuradas, con seres tan cotidianos como mágicos. Ya es muy común que gente muy joven aprenda la lengua original en la que están escritos estos relatos, tal vez para experimentar el universo a través de los ideogramas. Si de sensaciones se trata, la ciudad tiene su asociación de sumo –aquel antiguo deporte japonés donde dos personas enfrentadas deben sacar al oponente de un espacio circular–, y con un quinto puesto en el último campeonato mundial. Es posible aproximarse también a la danza butoh, donde cuerpos que parecen deslizarse en otra temporalidad, casi desnudos y sobre la tierra, remiten a épocas de guerras mundiales y a los sobrevivientes arrasados por la muerte reinante. Menos dramáticos, pero también intensos, los grupos de tambores taiko son una muestra viva de cómo el Japón puede lograr unir de un modo único música, ritual y espectáculo.

De estos temas hablamos con Melisa Watanabe (33 años), Pablo Gavirati (29) y Alfredo Ishikawa (28), estudiantes de Ciencias Sociales descendientes de japoneses y son miembros del Centro Universitario Argentina Nippon, –Ceuan–. Allí llevan adelante el “Proyecto Kinsei” (traducible como “persona relativa a Japón”), que estudia fenómenos culturales donde converge lo argentino con lo japonés. “Con la globalización a veces actúan los estereotipos, aparece la generalización y se suma la simplificación, por eso es importante impulsar estudios académicos sobre una sociedad como la japonesa, para tener idea de la complejidad que encierra”, dice Gavirati. Una primera necesidad es desvincular al japonés de los oficios de tintorero o floricultor, que sirvieron para la integración de los primeros inmigrantes, pero que cada vez eligen menos jóvenes. Ishikawa, por su parte, apunta a preconceptos positivos: “Lo bueno es que se ve al japonés como alguien honesto, sencillo, tranquilo, lo que vivimos gracias a los primeros inmigrantes, que fueron trabajadores y han transmitido sus valores”. Las generaciones actuales impulsaron fenómenos como el manga o incluuso el sushi, que pueden servir para despertar un interés mayor. “Mucha gente se siente atraída por algo totalmente diferente, pero suelen tener una mirada de Japón que no corresponde a la realidad que se está dando allá”, afirma Watanabe, señalando que lo japonés también se vio modificado por diferentes fases de occidentalización.

“Somos una generación que reflexiona, acepta las huellas de los inmigrantes, pero viene con otras visiones”, dice Watanabe y Gavirati apunta lo que les pasa al viajar a Japón: “Acá con cara japonesa no podés ser completamente argentino, pero allá sí se refuerza esa parte de nuestra identidad”. Esta complejidad, para Ishikawa, es positiva: “Tenemos la ventaja de potenciar cada parte, de lo japonés lo honorable y de lo argentino la calidez y tener ingenio”. Desde estos puntos de encuentro y transformación, los tres sienten que una vieja idea de ver como cerrada a la comunidad es apenas un prejuicio. La prueba, aseguran, está en que muchas antiguas generaciones no enseñaron japonés a sus chicos, para que no tuvieran problemas de integración. Muchos de estos hijos hoy analizan estas costumbres. Y se conocen más a sí mismos.

Fuente Redacción Z
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